Mostrando entradas con la etiqueta Racismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Racismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de junio de 2012

James Yates en la Brigada Lincoln


Libro: De Misisipi a Madrid. Memorias de un afroamericano de la Brigada Lincoln
Autor: James Yates
Editorial: LaOficina/BAAM
Año: 2011


'Escritos sobre España' de Langston Hughes (del que ya hemos escrito) y este de 'De Misisipi a Madrid. Memorias de un afroamericano de la Brigada Lincoln' de James Yates son los 2 libros que esta editorial nos promete que va a publicar cada año de autores norteamericanos de raza negra que apoyaron a la República española en su lucha contra el fascismo.

Libro editado por primera vez en 1986, nos lo vuelca ahora al castellano Didac P. Larriaga con una introducción de Mireia Sentís del consejo editor de esta editorial y que, según leemos en Internet, es especialista en estos temas afroestadunidenses y a quien, dicho sea de paso, no conocíamos. Dividido en 14 partes termina con un paginado índice onomástico que indica la seriedad de esta colección de libros.

En la introducción nos dice Mireia Sentís que 'la implicación de los voluntarios afroamericanos en nuestra contienda es un fragmento histórico que permanecía -y aun permanece- oculto, tanto en Estados Unidos como en España'. 

Los miembros de las brigadas internacionales procedentes de USA fueron unos 3.000, de los cuales 1.000 era judíos yanquis y un centenar de norteamericanos de raza negra. De todos ellos, los supervivientes, para mas inri, cuando volvieron a casa, a su país, fueron fichados y perseguidos por el FBI, les convirtieron la vida en un infierno negándoles un puesto de trabajo (James Yates tuvo que autocolocarse abriendo un taller para arreglar electrodomésticos) y muchos de ellos tuvieron que responder ante el tribunal presidido por Joseph Raymond McCarthy, senador republicano, acusados de actividades antiamericanas. Fueron una época denominada 'Tiempo de canallas' o de 'caza de brujas'.

'Pero la cohesión de que hicieron gala -escribe la introductora- los mantuvo firmes en su línea política. Permaneccieron en contacto con los prisionerros republicanos; se implicaron a fondo en la lucha contra el nacismo, primero, y en los derechos civiles en al década de 1960; se opusieron a la guerra de Vietnam, a las intervenciones militares en Latinoamérica y al aparheid de Sudáfrica. El excombatiente judío Mosses Fishman, secretario vitalicio de la asociación de veteranos de la Brigada Lincoln, ayudó y asesoró eficazmente a muchos de sus compañeros'.

'No cabe duda -termina diciendo en su introducción Mireia- que la Guerra Civil resultó dura, pero al mismo tiempo enriquecedora y hasta liberadora para quienes participaron en ella'. Como ejemplo: James Yates, quien nos narra como en París no se atrevió a entrar en un bar por miedo a que lo echaran los blancos del local por ser negro. Así de interiorizada tenía la discriminación. Luego, armándose de valor con otro compañero negro que se dirigía como él a España a enrolarse en las Birigadas Internacionales, entraron en un establecimiento a tomarse un coñac sin que nadie les llamara la atención por ello. Y ya en España, en la España republicana, comprobaron que no había racismo alguno. Es mas, incluso varios miembros negros de las Brigadas Internacionales fueron ascendidos a puestos dirigentes.

Pero lo que nosotros quisiéramos resaltar de estas memorias es su plena actualidad de vida. Y es que, salvando las distancias de tiempo y de discriminación racial, vemos en Yates a un emigrante de siempre, como hemos visto a muchos de nuestros padres y hermanos españoles que emigraron hacia otras tierras, hacia otros países, buscando una vida mejor. Y allí les dejaban los peores trabajos, los peores barrios, las peores viviendas, los salarios mas bajos. Con todo y con ello reciben la paga y, ahorrando aquí y allá, van reuniendo un dinero para casarse, comprar una casa y vivir como uno mas de la comunidad. Y en esto llega la depresión, la crisis económica, el crac de 1929, cierran las empresas, cierran los bancos, los echan al paro. Y se quedan sin nada, sin casa y sin los cuatro cuartos que habían ahorrado. 

Eso le ocurre a James Yates. Casi como ahora, donde muchísimos españoles habían planificado, como Yates, su vida y se ven arrojados a la calle, sin casa, sin salario. Esto, decimos, le pasó a James Yates y otras cosas muchísmo mas graves. Pero al mismo tiempo va tomando conciencia política y se rebela contra ese orden de cosas. Tanto que se aventura a combatir al fascismo con las armas en la mano. En España. En las Brigadas internacionales. Lejos de su tierra. A la que volverá para encontrarse, de golpe, con la discriminacción, nada mas llegar al puerto de Nueva York. Y tuvo que seguir luchando.

De momento los trabajadores de España, y de otras partes del mundo, no ven la necesidad de tomar las armas. Pero si sigue profundizándose la crisis (ojalá no sea así) las masas -ya han empezado los movimientos de los 'indignados' en varios puntos de la tierra- se verán en la tesitura de aguantar como un Tío Tom o rebelarse como los James Yates. Y si no... al tiempo.

Lean este libro rotulado 'De Misisipi a Madrid'. Les puede aportar mucho. Sin duda. Sobre todo memoria. Memoria histórica. Muy necesaria siempre por aquello que nos repiten los historiadores: 'Pueblo que olvida su Historia está condenado a repetirla'.

martes, 19 de junio de 2012

José Mª Amigo: Los yanquis encapuchados del Ku Klux Klan


Acabo de leer 4 obras, a saber: 'Ku Klux Klan, los americanos encapuchados 1865/1965', de David M. Chalmers; 'La esclavitud en los EEUU', de Kenneth M. Stampp; 'La sombra de lo que fuimos', de Luis Sepúlveda y 'El sueño del celta', de Mario Vargas Llosa. Las dos primeras son obras de los años 60 del siglo pasado y las releo; las 2 últimas son novelas de ahora: una del 2009 y la otra de 2010.

Las dos primeras pertenecen a mi interés por la cultura y la historia del mundo negroafricano. Y son las que voy a comentar aquí y ahora brevemente.

Ku Klux Klan, los americanos encapuchados 1865/1965

Una de ellas, la primera, es la historia del Ku Klux Klan. Libro, yo diría, compuesto de dos partes (aunque los capítulos son 48): una primera, de cerca de 40 páginas, más o menos, que nos presenta lo que fue la organización racista y terrorista, cuando surgió, cuando desapareció y su renacimiento  -tras el estreno de la película 'El Nacimiento de una nación' de D. W. Griffith, film basado en la novela de Thomas Dixon The Clansman- y su actividad entre los años 1915 y 1921. Luego, la obra detalla la vida y milagros del Klan estado por estado de USA. Terminando con algunas pinceladas de los últimos coletazos y su minúscula expansión a otros países. El libro maneja numerosos datos: nombres de personas o personalidades que estuvieron vinculadas con el Klan o le fueron contrarias , acciones, bagaje ideológico, ciudades, congresos. Si alguna pega le pongo es que el primer Klan está bastante bien definido, no así el que nace de su resurgimiento. El Klan inicial se le ve venir a las claras: evitar que los trabajadores negros adquieran confianza, se fortalezcan y se liberen del miedo; es decir: fue un arma de los latifundistas para seguir dominando a esos trabajadores y cortar la unión de ellos con los blancos pobres, cosa que comenzó a cuajar al terminar la Guerra de Secesión en el periodo denominado La Reconstrución y que en la película 'Lo que el viento se llevó' -y en la novela homónima- aparece como una época negativa (se le ve la patita racista) con negros y blancos, descarados, corruptos y malencarados unidos. Sin embargo, no está claro en la obra de Chalmers este segundo brote del Klan. Porque no puedo entender que, por el hecho de estrenarse una película, pueda brotar tan fresco y potente un nuevo movimiento social esclavista tan amplio. Por los acontecimientos en los que se mete, por sus acciones, se aprecia una lucha nítida contra el movimiento obrero. Si. Pero el autor lo envuelve en la hojarasca de motivaciones ideológicas, quizás sin intención de oscurecer su línea antiobrera, sino porque está convencido de que son otros motivos los que les mueven: la defensa del 'norteamericanismo cien por cien', el privilegio de la América blanca, anglosajona, el enriquecimiento de sus dirigentes, su rechazo a judíos, católicos, y emigrantes. Ya se ve, por sus obras y por su ideología, que es un movimiento racista y clasista. Su blanco no son los ricos sino los pobres y dentro de estas los más débiles: negros y emigrantes.

Según iba releyendo la obra de David M. Chalmers me venía a la cabeza las similitudes de este movimiento con el Tea Party (de hecho una de sus Klavernas se llamaba así) de la era de Obama. Iba pensando que este Tea Party sería como una actualización o modernización de aquel Klan de las cruces llameantes y los desfiles de encapuchados. Un remozamiento de la carcundia yanqui. Pues, obviamente, no se puede presentar con el mismo bagaje ideológico, ahora, así, no en vano el poder negro es evidente -hasta el presidente Obama es de raza negra- y a nadie le pasa desapercibido que, con el presidente Bush, Condoleezza Rice, de raza negra, fue Secretaria de Estado y Colin Powell, también de origen negro, fue general en el Ejército de los Estados Unidos y Presidente del Estado Mayor Conjunto durante la Guerra del Golfo. Uno de los miembros más destacados de la administración de George W. Bush. No se puede presentar en sociedad una tal organización con una descarnada faz tan racista. Pues 'norteamericanos cien por cien' son los más arriba citados. De modo que no será lo mismo, pero recoge, creo yo, ese espíritu reaccionario que dejó el Klan en herencia para estos cavernícolas de principios del siglo XXI. Tal vez deliro, pero eso pienso.

La esclavitud en los EEUU

El segundo, 'La esclavitud en los EEUU' es una obra, casi un ensayo histórico, dividida en 10 capítulos donde se recoge, con todo detalle, el día a día de los 4.000.000 de esclavos, de sus relaciones con los amos y sobre todo de la visión de los esclavistas, del cuerpo ideológico formado en torno a la defensa de la esclavitud y de su desarme, punto por punto, por parte de señor Stampp.

En la obra se contempla, además, el comercio de esclavos, sus fluctuaciones de precios y de los lugares de aprovisionamiento, los alimentos, horario de trabajo, enfermedades, mortalidad, protestas de los trabajadores negros, sus bailes, sus cánticos, alguna rebelión como la de Nat Turner, amén de otros temas, vivienda, calzado, vestidos, uniones sexuales de blancos y negros. relación de los esclavos con la religión y las posturas de las diferentes sectas religiosas con la esclavitud y con los esclavizados.

El autor describe las haciendas como empresas donde se detalla minuciosamente las ganancias y los gastos, el haber y el debe. También se analiza y se compara, diferenciándola, con la de trabajadores libres. Así mismo se muestran sus  similitudes. Sin olvidarse de que, en sus luchas contra los abolicionistas, los esclavistas se defienden explicando su punto de vista sobre su 'institución particular' (lease esclavitud) en la que los amos y los esclavos viven una vida en armonía cada uno en su puesto, sin friciones destacables, al contrario que en la sociedad del Norte donde los obreros blancos libres continuamente amenazan a los empresarios con las huelgas.

Todo este montón de palabras, más o menos hermosas, sobre la servidumbre de los negros, lo va derribando el autor -como se lee en la contraportada del libro- 'con una objetividad absoluta, en tono suave y a ritmo pausado... mediante una técnica de citas y comentarios breves tomados de casi 150 serie de manuscritos (cartas, libros de contabilidad de las plantaciones, memorias) conservadas en una veintena de archivos y bibliotecas de diferentes ciudades de la Unión, de docenas de periódicos y revistas de la época, sin olvido de las síntesis generales, ni de las monografías particulares que los historiadores han dedicado a tema tan debatido'.

El libro comienza asi: 'Ningún otro problema social tan hondo y vergonzoso como el que la esclavitud planteó en los Estados Unidos'. Y termina este primer párrafo con las siguientes palabras: 'Siendo para el historiador artículo de fe el que la clave para comprender el presente solo se la proporcione el conocimiento del pasado, así, opino yo firmemente, que habrá de conocerse primero lo que fue la esclavitud para el negro y cuáles fueron sus reacciones, para poder llegar a comprender sus tribulaciones más recientes'. (El autor escribió la obra en 1956)

viernes, 15 de junio de 2012

José Mª Amigo: 'Merienda de negros', título que suena mal


 José Mª Amigo: Merienda de negros, ¿racismo de Waugh?

Libro: Merienda de negros
Autor: Evelyn Waugh
Editorial: Anagrama
Barcelona, 2008

'Merienda de negros' se publicó por primera vez en la colección 'Panorama de narrativas' en 1985 y luego en 'Compactos' en 2008. El título de la edición original fue 'Black Misehlef' del año 1932. Yo la leo ahora, en febrero de 2012. Está nevando. Hace un frío que pela. Tanto, que mis manos las tengo enguantadas. En la calle me dicen que hay 7'5º bajo cero. Dentro no sé... 10 u 11º grados. Entra un fresquillo por la parte izquierda donde están los ventanales que me deja la nalga temblando. La nieve se pega a los cristales.

En fin, 'Merienda de negros' si no me ha dejado tan frío se ha acercado un tantico. La culpa es mía que no recibo este humor inglés con las venas abiertas. Se me cierran los conductos formando una barricada al gracejo de Evelyn Waugh. El hombre hace esfuerzos para llevarme hasta su sentido de las agudezas. Pero no llego a la meta. El ingenio, el gracejo, la gracia, el chiste, el humor que a mi me llega, a lo mas hondo, es aquel que sorprende provocándome tempestades de risas, vendavales de carcajadas. O brisas de ironías donde aflore la sonrisa a mis labios. Aunque sea timidamente. Sin embargo, estas salidas, estas ocurrencias del inglés, del novelista inglés llamado Evelyn Waugh son tan... tan... tan desangeladas (para mi) que me deja solo con la pura razón. Descarnado. Sin que atraviese o recorra el trayecto de la burla por todo mi cuerpo. Y lo convulsione. No. En el cerebro queda. Y de ahí no sale. La carcajada no asoma, la risa se oculta, la sonrisa no aparece. Los músculos se quedan quietos. El cuerpo no interviene. De modo que puedo decir que no me he meado de risa. El intelecto no orina. Destila puros conceptos. 

Y solo desde ahí, desde ese castillo inmaterial, desde mi coco, percibo una ácida comicidad, que si que corroe a las sociedades que pinta y a los personajes que retrata. Son sociedades y personajes de desorbitada insustancialidad. Muñecos en grotescas situaciones que, a la molondra, divierten. Como, por ejemplo, cuando una remesa de botas llega a los soldados. Soldados descalzos. Y en lugar de ponérselas se las comen. Son tropas de africanos. Por supuesto. Hay un poso, nos parece, un tanto racista. O antiafricano. O para ser mas benévolos con el autor: una visión pesimista de esa Africa que, para él, no es mas que salvajismo, barbarie y brutalidad. En lo que disiento, cordialmente. 

Si bien reconozco su maestría en el escribir, en saber transmitir esa visión abyecta de los pueblos africanos. Peor para los africanos. Y afortunadamente para ellos porque ya murió.

De Evelyn Waugh leí, y me gustó, 'Un turista en Africa' (debo de tenerlo en Santa Clara de Avedillo) Libro donde narraba -el titulo lo declara- un viaje por la parte oriental de Africa. Del Africa colonial. Posiblemente por las mismas fechas en las que ideó 'Merienda de negros'. Lo digo porque en el prefacio dice: 'Escribí 'Trapisonda africana' (título que le pusieron a una edición latinoamericana) después de haber pasado un invierno en Africa Oriental y Central'. Creo recordar que en 'Un turista en Africa' decía, al principio, mas o menos, que se iba a pasar el invierno a Africa para librarse del frío, la nieve y la niebla. ¡Qué cosas, como no me encuentro a gusto me voy de gira por ahí! Es de suponer que Waugh sería una persona acomodada... No lo sé... Deduzco esto... No conozco su biografía hasta esos detalles.

Me viene a la memoria otro libro del inglés que me citó el escritor navero Tomás García Yebra, 'Noticia bomba'. Entonces no caí en que también la tenía. Por Avedillo debe andar. Comencé a leerla y la dejé. Me aseguró, entonces, García Yebra que la novela citada era un ataque demoledor a los periodistas, o al periodismo, o ese mundo. 

No estoy seguro de que lo vaya a leer si se trata del mismo tipo de humor... De lo que si estoy convencido es de que 'Merienda de negros' le gustaría a Tomás García Yebra. Él escribe con ironía, con sorna, con chispa. Aunque el humor, el retintín del amigo Tomás tiene mas sal (para mi) que el de Waugh. No estoy comparándolos, ni haciendo un juicio de valor, ni coloco en una lista a uno por encima del otro, literariamente hablando. De hecho Waugh ya pasó a la Historia y Tomás está por ver si será acogido por ella. Por eso repito el latiguillo 'para mi'. Porque a mis entrañas le resultan más cómicas las situaciones narradas por Tomás García Yebra. A mi. Y no os apuntéis porque podéis salir perdiendo.

Para finalizar copiaré el texto de la contraportada del libro que, aunque son palabras de propaganda del editor, viene a dar una visión general del libro y contraresta así mi opinión:

"Seth, el nuevo emperador de Azania, 'tirano de los mares y licenciado en Oxford', ofrece a su antiguo condiscípulo Basil Seal -insolente, sofisticado y amoral, una perfecta garantía contra la estabilidad y el orden- el cargo de 'Ministro de la Modernización' de su africano país. A partir de ahí se emprenden las mas descabelladas innovaciones y las iniciativas mas quiméricas, prococándose un sin fin de intrigas tribales y diplomáticas que desembocan en la anarquía y el caos, y en un auténtico festín canibal.
Esta novela, que en palabras de Waugh, 'trata del conflicto entre la civilización, con sus correspondientes y deplorables perversiones, y la barbarie', es una feroz y destructiva farsa que ataca simultáneamente a los salvajes de la jungla y a los de las ciudades modernas, sin dejar títere con cabeza, y en la que abundan personajes, gloriosa e inovidablemente cómicos, como el inepto y petulante embajador inglés o las dos damas que se presentan para observar el tratamiento dado a los animales en ese país 'bárbaro'."

jueves, 14 de junio de 2012

José Mª Amigo Zamorano: Preguntamos a Jorge Valdano



LUNES, 19 DE FEBRERO DE 2007

José Mª Amigo Zamorano: ENTREVISTA A JORGE VALDANO'

__________________--
Jorge Valdano, entrenador de un conocido equipo de fútbol, el llamado Real Madrid, acaba de incursionar en la literatura publicando un libro que está en todos las librerías. Une así, a su buen hacer como técnico del deporte más popular hay en día, su inquietud por la república de las letras. 

Amablemente contestó a nuestras preguntas de la siguiente manera:

Caminar Conociendo: Ya sabe usted que en los primeros años… Por cierto, ¿cuántos años tiene?

Jorge Valdano: Tengo 39 años

C. C.: Le decía que en los primeros años de nuestra vida las cosas, los hechos, se nos gravan con muchísima fuerza y difícilmente se olvidan. ¿Guarda en su recuerdo de la niñez algún libro que le haya impresionado sobremanera? ¿Dígame cuál?

J. V.: Pues si, El Principito, de Antoine de Saint Exupery.

C. C.: Siguiendo con los recuerdos: Sr. Valdano, ¿qué poesía, copla o canción se le ha quedado prendida en su corazón? ¿Podría decirnos algún trozo?

J. V.: Del poemario ‘Veinte poemas de amor y una canción desesperada’, aquello de ‘Puedo escribir los versos, más tristes esta noche, escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y titilan, azules, los astros a lo lejos…’ Estos versos de Pablo Neruda los tengo muy adentro.

C. C.: Ya que he mencionado a la niñez, sería muy oportuno preguntarle dónde nació.

J. V.: En un pueblo de Argentina que se llama Las Parejas.


C. C.: Como puede ver, esta revista nace del seno de la biblioteca, ¿iba por la biblioteca de Las Parejas?

J. V.: En mi pueblo no había, entonces, biblioteca, ni en mí casa libros. Pero ante la pasión por la lectura estos son problemas menores.

C. C.: Hace varios años en España estuvo de moda la literatura hispanoamericana: García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, Borges, Octavio Paz… Todavía hoy muchos de ellos están en los primeros puestos del ranking de ventas. ¿Qué opina de ello? ¿Tiene especial interés por alguno?

J. V.: Algunos han sido devaluados por el tiempo y otros prestigiados, pero todos son admirados. Si tuviera que elegir uno sería Borges. Pero entre tantos grandes es muy difícil tener razón. Casi me siento culpable por haber elegido uno.

C. C.: Entre ciertas personas hay la opinión de que para ser futbolista no hace falta estudiar. Convénzales de lo contrario.

J. V.: Conviene saber que el fútbol comienza en la cabeza y luego pasa a los pies. En el Madrid da gusto ver a Zamorano tomarle la lección a Raúl. Cuando mayor es la preparación, mejor es el futbolista.

C. C.: ¿Recomendaría alguna lectura para los jóvenes que quieren ser futbolistas?

J. V.: Las mismas que recomendaría a aquellos que no quieren ser futbolistas. El error está en creer que el futbolista es un ciudadano distinto.

C. C.: ¿Nos podría decir un libro de la literatura americana y otro de la literatura española que haya leído últimamente?

J. V.: De la americana: ‘La balada de Johnny Sosa', de Mario Delgado Aparain; de la española: los cuentos de Ignacio Aldecoa.

C. C.: Conoce el señor Valdano nuestro pueblo de Las Navas del Marqués. Aquí nuestro Premio Nóbel Vicente Aleixandre se lanzó a la poesía allá por el año 17 y pasó algunos veranos Butragueño.

J. V.: Tengo referencias por el mismo Emilio, pero no lo conozco.

C. C.: Zamorano, el señor Iván, y Zamorano yo mismo, ¿seremos parientes? En relación con el parentesco y las sangres, ¿qué opina de los conquistadores, el 5º Centenario y todas esas cosas?

J. V.: Opino que cuando llegaron los españoles ya estábamos ‘descubiertos’, pero creo que el patrimonio cultural que dejó la conquista es inmensamente superior a sus excesos (que los hubo)

C. C.: Zamorano, un servidor; y Zamorano, el señor Iván. Siguiendo con la sangre tan de actualidad en estos tiempos, ¿se ofendería si le llamaran sudaca?, ¿nota esa xenofobia de la que nos hablan los medios de información?

J. V.: Sudaca es un término despectivo. Un neologismo que de alguna manera indica un triste repunte de la xenofobia. Los hombres populares nos sentimos más defendidos de la discriminación. Francisco Umbral dijo (para mi gusto con razón): ‘el racismo es la lucha de clases en colores’.

C. C.: ¿Cuánto tiempo se quedará con nosotros? Se lo pregunto por aquello de la nostalgia.

J. V.: Mi nostalgia tiene dos filos: si estoy en España tengo nostalgia de Argentina; y si estoy en Argentina de España. No hay remedio para el desarraigo.

C. C.: Referente a la nostalgia, ¿se siente nostálgico leyendo a Martín Fierro?

J. V.: Cuando leo el Martín Fierro siento nostalgia de mi escuela primaria porque fue donde lo leí por primera vez.

C. C.: Por último, dígame qué le ha parecido la revista ‘Caminar Conociendo’.

J. V.: Me pareció estupenda, como todas las revistas que pretenden ser un lugar de encuentro.

Textos: José Mª Amigo Zamorano

(Esta entrevista se halla en las páginas VIII y IX del suplemento ‘Fontana Sonora’ del nº 4 de la revista ‘Caminar Conociendo’ de mayo de 1995)

lunes, 27 de junio de 2011

Iswe Letu: Cara de cocodrilo


Lo llevó el Encargado de Obras del Ayuntamiento a esa calle donde está ahora y le dijo:

-Rellenas la zanja y luego colocas los cantos y piedras, de ese montón, encima de la tierra. Que encajen y queden como antes. 

Después de dar dar unos pasos, el encargado se volvió y advirtió:

-¡Ah! Y no te entretengas con esos emigrantes cara de cocodrilos. A muchos de ellos los he tenido que echar con cajas destempladas porque le estaban dando palique a tipos como tu que...

Y se marchó sonriente, ufano, altivo, un poco soberbio.

Y allí quedó Abel Leizarán, quien, tras de veinte años, ininterrumpidos, de trabajo de encargado en una empresa ladrillera, lo echaron y ha estado en paro pasándolas canutas mucho tiempo. Ahora ha vuelto a trabajar. El alcalde de su pueblo necesitaba votos para volver a ser elegido y lo ha colocado. Un contrato de 6 meses para el ayuntamiento. Pero, menos es nada.

Y ahí sigue. Lleva varios días. Ya ha rellenado la zanja. Ahora viene lo mas difícil: colocar el montón de pedruscos y guijarros.

Mira el montón y se pregunta por cual empezar porque... ¡quién coños sabe cómo estaban puestos antes!... 

-Es un lío -masculló- Lo mejor es empezar a ponerlos encima de la tierra. Luego... ya verá. 

Y fue lo que hizo durante un buen rato.

Se paró para contemplar su tarea. Y, la verdad, no quedó muy satisfecho. Los huecos entre piedras y guijarros eran numerosos. El trabajo hecho parecía un queso gruyere de tantos buracos como tenía la superficie de la zanja. Se desanimó. Miraba al queso y miraba al montón dando señas de impotencia. Su vista se enturbiaba. 

Por fin se decidió: cogió una piedra y la acercó a uno de los huecos; nada; no cuadraba. Cogió un  guijarro y lo mismo: tampoco encajó. Sudaba. Se puso nervioso. Se cabreó consigo mismo. Y ese nerviosismo y ese cabreo se incrementó porque hacía un rato que un hombre no hacía mas que mirarlo. Y sonreía. Como si se estuviera descojonando de él. Lo miró hecho una furia e iba a mandarlo a freir espárragos, cuando el individuo se acercó al montón y con uno ojo geométrico desde el montón lanzó 4 o 5 piedras y cantos hacia el queso gruyere de la superficie de la zanja  y se ajustaron al caer en los espacios vacíos como anillos a dedos o tornillos en sus tuercas. Se quedó asombrado. Y le sonrió. Mas para no sentirse tan inútil se acercó a los espacios recién cerrados los movió un poco y le dio dos o tres golpes con un martillo.

Siguió colocando encima de la tierra guijaros, cantos o piedras sin orden ni concierto. Pero el del ojo geométrico terminaba tapando los espacios vacíos a las mil maravillas. Y continuó demostrando su exactitud geométrica sin desmayar. Y el ex encargado ladrillero, primero lo dejó hacer como si no se enterara; luego simulaba enojarse por semejante intrusión en su labor.

Llegó la hora de desayunar y se sentó en la acera. Abrió el macuto y sacó la fiambrera, pan, tenedor y cuchillo. Miró al del ojo geométrico y le ofreció parte del desayuno porque, al fin y al cabo, se lo había ganado. El otro aceptó con la cabeza, se sentó también en la acera y comió con ganas. Tanto, que daba gusto verlo. Le ofreció vino, que no quiso. Pero, si agua.

-¿De dónde eres?

-Maruecos.

-¡Ah, Marruecos!... ¿No tienes trabajo?

-No trabajos para mi.

Al marroquí se le nubló la cara. Era de baja estatura, delgado, de cara alargada, un poco ovalada, moreno de tez y cara arrugada por muchos surcos. Los ojos se le movían inquietos en sus órbitas. No sabía el castellano apenas. Pero un poco por monosílabos y otro poco por muecas, visajes, gestos llegó a entender, el ex-encargado de la ladrillera venido a menos, algo de su vida y el por qué de su ojo tan geométricamente exacto. Al parece era un campesino recién casado y con una hija al que la sequía hundió sus planes de vida esperanzada. De modo que cogió su ato y se largó de su tierra, de sus montañas, de su mujer y de su hija con el ánimo de salvar ese bache y volver cuando hubiera ahorrado un poco de dinero en España. 

Y llegó en el momento peor: cuando la crisis lanzaba al paro a miles de albañiles y otros trabajadores relacionados con la construcción. Según le contó se arrimaba a obras por si le daban trabajo. La respuesta siempre era la misma:

-Ahora no necesitamos obreros.

O a lo bestia:

-¡Moros de mierda! Iros a vuestra casa.

-Son racistas. Temen que ocupéis su trabajo y los echéis.

-Racistas. Si. Racistas. Tu no eres racista.

-No, no. Yo no -y le pasó la mano por el hombro.

En cuanto a la exactitud de su mirada para captar la piedra adecuada a cada espacio vacío, que tanto le había asombrado, se debía, por lo que pudo colegir, a que desde pequeño había tenido que tapiar las tierras con su padre. Y en sus montañas había muchos cantos y piedras.

A veces se callaba mirando algún pardal que, brincando, se acercaba a comer algunas migas que se les caían del desayuno. O se ensimismaba en sus pensamientos.

El antiguo encargado de la industria ladrillera, a su vez, le contó cómo había sido encargado, un jefe en su empresa, que es como... imán, sultán, rey... muchos nombres utilizó a fin de hacerse entender por su interlocutor... y de que ese era un puesto de responsabilidad en su empresa, que se había quedado sin trabajo, que había estado en el paro y que tenía mujer y una hija.

-¿Tu encargado, tu jefe?

-Si, si.

Se levantó. Recogió su fresquera, su tenedor, su cuchillo, su pan. Y continuó con su tarea.

-¡Abel, hoy tienes un ayudante! Así cualquiera -le voceó un vecino.

-Ya ves. Se me arrimó y no hay quien lo despegue.

-Mucho ojo, Abelito. Al menor descuido ese moro te echa del curro. Y si no... al tiempo.

El día era soleado. El sol cada minuto que pasaba se hacía notar mas su presencia. Los vencejos chillaban en el cielo azul en vuelo aparentemente anárquico. Un grupo de marroquíes pasó por su lado saludando al ayudante espontáneo de Abel:

-Salam aleikun.

-Aleikun salam -contestó.

-¿No te vas con ellos? -preguntó Abel.

-No. Yo, solo.

-Pero son marroquíes... Arabes...

-Si. Si. Yo, bereber.

-¿Bereber? ¿Qué es eso?

El del ojo geométrico se quedó pensativo. Sin saber que decir. De pronto el rostro se le arrugó más y una sonrisa iluminó su rostro deformando los surcos de su cara:

-Yo vasco.

Con eso bastaba. Era suficiente. Se había entendido. Era de una parte de Marruecos que tenía su cultura, lengua y costumbres propias. Recordó Abel que hacía unos años, en Argelia, la policía había matado a un cantante bereber. Y él, cuyo apellido era de procedencia vasca y lo sabía, por mas que no hubiera pisado nunca Euskadi, contestó:

-O sea que eres vasco como yo -se echó a reir- ¿No serás borroka?

-¿Borroka, borroka?... No sé.

-Yo soy borroka.

-No entiendo.

También, él, ahora, se quedó reflexionando para hallar algo por lo cual se hiciera comprender. Y no se le ocurrió otro ejemplo comparativo que semejarse a un personaje histórico de Marruecos.

-Soy borroka, como Abd el-Krim... ¿comprendes?

-Se quien fue Abd el-Krim. El, muy alto. Yo, bajo. 

Aquí se acabo la charla y se pusieron a trabajar como dos compañeros de toda la vida. Hombro con hombro y codo con codo. Abelito seguía poniendo piedras y mas piedras, cantos y guijarros, guijarros y cantos. Donde caían allí quedaban. Continuando así, en la cubierta de la zanja, la labor de transformarla en gruyere térreo. Pero los agujeros duraban poco porque el bereber, con su ojo geométrico, con su geométrica exactitud de mirada, los cubría de inmediato. Muchas veces tirando las piedras o los cantos directamente desde el montón. 

Pero a Abel Leizarán no se le olvidaba lo que le había dicho el vecino. Y de cuando en cuando le decía que se fuera a dar una vuelta y que lo que quedaba ya lo hacía él. Pero el bereber no se separaba del tajo. Y para el borroka vasco era ya un poco pesado el bajito montañés. Le acababa de decir que se largara con viento fresco por cuarta vez.

-Mira. Ves ese bar de enfrente. Vete a tomar una cerveza. Dentro de un poco voy yo y la pago.

-Yo, te.

-Vale, pero márchate.

-No, yo contigo.

-¡Joder! ¡Vete, hostias! ¡Me tiene hasta los huevos, moro de mierda! -gritó.

Se había vuelto iracundo al ver acercase al Encargado de Obras del Ayuntamiento 

-¿Te está molestando este moranco?

-No.

-¿Cómo que no, si te he oído gritarle?

-Bueno, si.

-¿En qué quedamos? Mira, mira, Abelito: tu a lo tuyo. Déjate de moros de mierda que, a lo mejor... y me callo. Algunos, los que no son vagos, pocos, dicen, que son muy buenos trabajando.

-Este no. Es un patoso.

-O sea  que te ha ayudado.

-No, no.

-En fin... ¡Y acaba ya la zanja, ¡hostias!, que el patoso pareces tu. Y mas que este moro de mierda, de cara de cocodrilo... Al que he echado ya de varias obras. Pero, como quien oye llover. Tendrían que ahogarlo en el mar de donde vino!

El encargado, sonriendo, altivo, ensoberbecido, se alejó en dirección al bar de enfrente, donde pensaba tomarse una copa, que ya saboreaba en sus labios, con otros empleados del ayuntamiento que, a esa hora, tenían una media de descanso.

Pero el bereber, con su ojo geométrico, le cortó el camino en seco tirándole un canto a la cabeza que lo derribó en tierra todo lo largo que era.

El bereber le habló a Abel Leizarán que lo contemplaba alelado:

-Tu, no encargado; no jefe; no borroka. Tu, español mierda.

Le dio la espalda y se marchó corriendo.

-Un poco mierdica si que soy -se decía para él- La verdad.

domingo, 13 de marzo de 2011

Make (*): HIJOS DE NINGUNA PARTE




Que existe gente buena y mala, es un hecho, que existen negocios lícitos e ilícitos, también, pero eso sí, seamos serios, existen sin denominación de origen.

Hablemos de la inmigración, legal o ilegal, pero de la buena, de esos seres humanos que no viene a robar, a violar o a matar, la verdadera y dura inmigración, la de la gente valiente que abandona todo por un futuro mejor, la que viene a trabajar y a vivir en comunidad.

Estoy cansada de oír barbaridades como “a estos inmigrantes se lo dan todo”,”les ponen casa”, “nos quitan el trabajo”,“les dan ayudas a fondo perdido para montar sus negocios”, “esos, esos si que viven bien”. ¿Quién no ha escuchado alguna vez una de estas frases (o todas)?

Pues bien señores, estoy harta, cansada de la terrible deshumanización de la sociedad en la que me ha tocado vivir. Cuando oigo este tipo de afirmaciones me debato entre la tristeza y el desánimo, y no voy a entrar en los tintes xenófobos a los que se tienen que ver expuestos día tras día, incluso a la hora de tomar un café en un bar, dónde en ocasiones se les pide que enseñen antes el dinero, ni voy a hablar de los sinvergüenzas que abusan de estos y les cobran alquileres astronómicos por viviendas infrahumanas. Y no deseo, que el individuo que habla sin saber, se ponga en el pellejo de un inmigrante hoy en día, aunque sinceramente, algunas veces, sería deseable.

Tal vez no estemos informados de lo que acontece en nuestras ciudades, quizás, sólo nos dejemos llevar por una idea preconcebida y ciertamente de derechas que da por sentado todas las falsedades que se cuentan, falacias que van creando callo y endurecen así nuestras almas.

Pregúntenselo al panadero, al barman, a la peluquera, seguro que en su calle conocen algún inmigrante con el que tienen confianza e incluso, por que no, al que quieran, aunque seguramente, sabrán de sobra su historia y ni siquiera lo considerarán ya, un inmigrante, será la excepción. ¿No les parece sumamente estúpido pensar que unos sí y otros no? ¿Quién conoce a algún inmigrante con piso regalado, sueldo y sanidad gratuita por el simple hecho de serlo? Les reto a que me lo presenten y les estaré escribiendo versos de amor y desengaño hasta que me muera, sin volver a opinar sobre ningún tema.

Para optar a cualquier tipo de ayuda es obligatorio un mínimo de un año de empadronamiento. Asuntos Sociales hace un estudio exhaustivo de los ingresos, el número de individuos del núcleo familiar y las necesidades de estos y no se dedican a hacer donaciones como “hermanitas de la caridad”. Además, se hace un seguimiento puntual de sus circunstancias económicas y sociales, dando por terminada dicha ayuda en el momento que cualquier norma, conducta o necesidad no se adecue a las normativas. Pero claro, si ustedes no saben esto, tampoco sabrán que nosotros tenemos ese mismo derecho. ¿Porqué culpar a los más débiles, a los más necesitados, cuando tal vez la culpa la tengan las instituciones que no son capaces de informar a su comunidad?

¿Qué tipo de sociedad estamos creando para negarle cualquier derecho a otro ser humano? ¿Qué parámetros sociales nos mueven? ¿Quiere alguien acercarse a un inmigrante y escuchar su historia? Yo lo he hecho, muchos de ustedes también, y para el que todavía dude, plantéense la posibilidad de abrir un poco sus mentes.

Para Claudia, Juliano, Tucker y muchos otros, valientes y hermosos seres humanos, que han emigrado al centro de mi corazón.

********
(*) Make Martín o M.M. es una ex alumna que tiene en su haber ya numerosos artículos publicados en la prensa. Me ha enviado este sin publicar y, yo, José Mª Amigo Zamorano, orgulloso de ella se lo voy a poner en este blog. No te ofendas mucho.

viernes, 29 de febrero de 2008

Bernard Wolfe: Delirio en negro (negro bailarín y cantor) (*)

Un texto contra el racismo

*


Extasis en negro.

por Bernard Wolfe

Toda comunidad exige de sus miembros sones y movimientos 'gratuitos'. En esos rituales colectivos de la voz y del cuerpo podemos hallar todo el estado subjetivo de un pueblo, sus realizaciones y sus frustraciones. Esas prácticas 'no utilitarias' son doblemente reveladoras en las Estados Unidos, porque allí han venido a ser, a la vez por el contenido y por la forma, extraordinariamente 'negroides'. 'Las canciones satíricas y las endechas de un pueblo oprimido -observa un antropologista- se han convertido en el fondo sobre el que destacan sus placeres y las distracciones de toda la sociedad.' Y según nuestro crítico más eminente, el negro 'nos dio al menos la base, sin ninguna duda, de todas nuestras danzas populares'. Curiosamente, ese comercio 'estético' se ejerce por encima de las rígidas barreras de castas. En dos sectores clave de nuestra cultura colectiva, por lo menos (la música y la danza), la búsqueda del deleite se reduce, poco más o menos, a una búsqueda de lo negro; se convierte, de hecho, en un contacto colectivo con el intocable, en una caricia del intocable... ¿Quién es, exactamente, el negro que canta esas ‘canciones satíricas’ y esas ‘endechas’ para el consumo blanco, y que danza esas danzas 'sin co-acciones'?... ¿Tenemos que entendernoslas, aquí, con una manifestación del ‘verdadero’ negro, del negro esencial, entusiasta y poseído, emocionalmente hipertenso, espontáneo, cuyo yo 'no europeo' se nos revelaría a través de un medium ‘natural’, de pies frenéticos y de cuerdas vocales estremecidas?...

Nos complace pensarlo así. Nos enorgullecemos de conocer al ‘verdadero’ negro, al negro ‘auténtico’, y desde hace largos años hemos venido a igualarlo a uno de nuestros primeros héroes populares extraeuropeos: el bailarín y cantor estático. ¿Pero acaso el negro ‘da’, da tan libremente como suponemos, por sus músculos, y por su boca, y por el simple hecho de que él es así?... ¿No será más bien la nación blanca, en su necesidad devoradora de una canción y de una danza que no puede engendrar por si misma, quien suplica, ardientemente, que se ‘de’ en esa forma? ...

Adivinamos un trasfondo cultural más general detrás de ese negro bailarín y cantante: es toda la búsqueda de la alegría norteamericana, sistematizada e institucionalizada. La persecución de la felicidad, con toda claridad, es mucho más que una garantía política abstracta; en términos de vida, es una querencia colectiva que se ensancha para abrazar, finalmente, todo aquello que persiguen los norteamericanos. Casi por doquiera, en las esferas ‘no utilitarias’, ‘desinteresadas’, de nuestra cultura, la imagen, la postal, el icono, del negro brota con la obstinación de una marioneta que obedece a sus hilos, brincando alegremente las bardas de las castas.

Nuestras industrias del ocio determinaron siempre al negro un lugar de prerrogativa, y casi siempre hicieron de él el icono mismo de la felicidad. Desde la época post-colonial hubo un gran componente negroide, no solo en nuestras canciones y nuestra música de danza, sino también en nuestro teatro popular, nuestro ‘drama’, nuestros cartoons, el gracejo del vulgo. Y hoy se refleja en el cine, los best-seller, los salones de baile y esas máquinas tocadiscos. Pero esa negrofilia cultural se extiende mucho más allá de las industrias recreativas. Si los empresarios de esas industrias se sirven del motivo negro, ello se debe, necesariamente, a que existe en la masa una fuerte corriente de interés por él, y ese interés debe también hacerse sentir en otros sectores.

Es lo que pasa. Aun prescindiendo de toda cuestión de jolgorio, los EE.UU. están inundados de cantidad de productos más palpables, a los que se asocia una estampa negroide tradicional. Una mirada a las tiendas nos permitirá traer en la retina un fardo grande de ellas: etiquetas de productos alimenticios, papeles pintados, servilletas de mesa, medias de nylon, fragancias, pañuelos de cuello, brazaletes, aros, sweaters, shorts, veladores, ceniceros, figurines, afiches y paneles publicitarios con toda suerte de víveres y bebidas. Buena parte de la ornamentación ‘standard’ en que vivimos, la moderna como la tradicional, está dominada, de hecho, por el asunto negroide. Todo ello, naturalmente, no hace más que sumarse a la presencia atractiva del negro en los diversos best-sellers, libros para niños, muñecas, juguetes, máscaras, en tarjetas postales y tarjetas de felicitaciones.

La mayoría de esas mercancías son utilitarias, es cierto, pero la imagen del negro no entra en ellas por su ‘valor de uso’. No satisface, por así decirlo, de una manera no funcional; nos entretiene, nos enardece, nos hechiza. Es, en cierto modo, esencial, a alguno de nuestros placeres y de nuestras distracciones; añade a los demás un nuevo estupefaciente. Y cuando un asunto, como ese, se mete, con tal perseverancia en la cultura de una nación, podemos alardear que viene de muy adentro, de las profundidades del espíritu colectivo, y de ‘su sentido del placer’. Tras esa manifestación continua debe de haber algún mecanismo profundo.

Aquí se pone sobre el tapete un urgente problema metodológico. Las formas, cualesquiera que sean, de esa demostración del paria –el lindy hop crazer, por ejemplo, o el tío Remus, el minstrel-show, el jazz- no pueden explicarnos gran cosa si no vemos la marcha general que se desarrolla tras ellas. A la mayoría de quienes, en mi país, sufren la atracción de los elementos negroides de nuestra cultura, los empuja su entusiasmo por lo inmediato. Ello es tan cierto del ama casa, que adquiere esas atrayentes servilletas con una resplandeciente mammie negra, como del inclinado al jazz, del simpatizante de Katherine Dunham o del Savoy Ballroom, del admirador de Amos y Andy, del componente de los Kiwani y Rotary Clubs que, todos los años, toca en los minstrel-show desde su palco, del discípulo de Lilian Smith, del lector de Richard Wright o del público culto europeo, cada vez más numeroso, que gusta, por ejemplo, de los poetas negros de lengua francesa analizados por Jean Paul Sartre.

Escasamente vemos que nuestra búsqueda de este u otro icono del negro es parte de una búsqueda más extensa y duradera. Preocupados por nuestras ‘demandas’ propias, no nos interrogamos por qué pedimos lo negro, generalmente en la forma de una imitación de la menos válida.

Tenemos ya gordos libros sobre jazz. La mayor parte (tenemos que declararlo) sufren de una real miopía por todo aquello que sobrepasa lo local y específico. Los escritores, alegando, con fervor, por esta o aquella forma de jazz, pasan, casi siempre, sin percibirla, a la vera del verdadero asunto. No ven sino las cosas que aceptan o rechazan, y quienes así hacen son empujados en un proceso cultural muy complicado y en continua transformación. Podría ser definido como la producción y consumo en serie de ciertas imágenes tradicionales del negro en la cultura del ocio de la mayoría blanca. El negro, como bailarín y cantante, es, por supuesto, una de nuestras postales. De una punta a la otra, un interés intenso por el negro mantiene ese proceso; un atractivo que raya, por instantes, en la manía. Y ello tiene lugar dentro de un sistema de castas cuyas hipótesis son todas que, el negro, como pelagatos que es, no merece ser ni siquiera mirado.

Podemos argüir que este panorama global mezcla una serie de cosas que no tienen concordancia alguna entre sí. Los aficionados al jazz consentirían, probablemente, que, como la estampa del negro surge siempre en las postales de felicitación y en las etiquetas de productos de alimentación, o en el cine y la radio, ese icono logra que lo apreciemos con mesura. Evidentemente, es el blanco quien la construye, para el consumo del blanco, y no se orienta al negro. El blanco ‘dramatizaría’ lo que hay de ambiguo en su propia idea del negro, del negro puro, o emplearía negros vivos para dramatizarlo en lugar de él. Pero, se nos dirá, no ocurre lo mismo con el jazz, el jitterburg, el zoot y el jive. Cuando se da, así, ‘espontáneamente’, el negro actuaría como inventor libre y emancipado; voluntariamente, y sin que se le sugiera la cosa, enseñaría y haría escuchar su música, su danza, sus costumbres, su jerga. Por una vez, el negro sería él mismo, en vez de adaptarse a un arquetipo que le propone el blanco. Y los blancos, transijan o repudien con esas creaciones ‘culturales’ francas, no mediarían totalmente en la marcha creadora, en la personalidad negra ‘auténtica’ y libre que tal desarrollo manifestaría.

Hay en nuestra cultura de entretenimiento, se nos dice, ciertas zonas en que el negro se crea su propia postal. El negro danzarín y cantante es saludado como una autocreación de esa naturaleza; se procura que sus palabras, sus aires y sus movimientos sólo reflejen su propia ‘intimidad’. Cuando se muestra este ser estático, sin provocación, según se asegura, los blancos no son más que espectadores pasivos, y apuntan sus libres expresiones para luego servirse de ellas.

Sin embargo, entre ese trueque entre el paria y la élite, el tráfico emocional no se hace siempre en un sentido único. Pasa, a veces, que, el ‘espectador’, sea verdaderamente la atracción del espectáculo (por proyección, por delegación). Lo más corriente es que, a pesar de los deseos de los blancos a una suerte de omniciencia racial misteriosa, su concepción del ‘negro tal cual es’ sea una inventiva de su imaginación, concebida para superponerla al negro tal como lo ve el mundo blanco, y tal como lo obliga a ser. Por una especie de ironía interracial, el negro ‘creador’, lejos de ser su propio yo veraz, podría muy bien ser la encarnación del icono que el blanco se hace del negro ‘espontáneo’, ‘tal cual es’. Las libres demostraciones podrían ser, también, hábilmente insinuadas; el éxtasis, el deleite, mismo, o lo que pasa por tal, puede ser perfectamente una reacción aprendida.

En el negro bailarín y cantante, lo que tomamos por autoretrato puede ser un retrato heterogéneo que, el mundo blanco, ha dibujado, rápidamente, tomados de su propia experiencia emocional y proyectados sobre el negro. Acaso creamos, por intermedio del negro, lo que no podemos crear en nuestras propias personas. De modo que el estático, ‘radiante y feliz’, al que buscamos con tanto ardor, quizá esté mucho más próximo a nosotros de lo que imaginamos. Quizás sea nuestro propio yo fantasma: en negativo.

Cada vez más, nos acercamos a la idea de que, en todas las sociedades de castas, el paria es, en buena medida, modelado por la estampa que su amo se forma de él. Es el antisemita, dice Sartre en otro lugar, quien crea al judío.

El intocable de la India creía a pies juntillas ser intocable. ‘Sabía’ que todos los bramanes, sus amos, puestos en relación con su persona quedarían contaminados, quizás letalmente. Lo mismo que el australiano primitivo ‘sabía’ cuan funestamente era dejar volar su ojos por el objeto tabú que era su suegra; estaba seguro que si la miraba, aunque fuera por casualidad, caería fulminado en ese mismo instante. He aquí una forma poderosísima y muy eficaz de ‘conocimiento de si’, extraída de una mirada resuelta del ‘yo’ en el espejo de la cultura, y basada en una fe absoluta en ese espejo.

El paria intocable hindú no vacilaba más que el bushman de Australia en la evidencia del espejo, pero lo que uno y otro veían en él no era de la clase. Todos los miembros aceptados de una comunidad saben que, quienes los clasifican, los tienen como una proyección de sí mismos, y los aceptan mientras sigan semejándose a esa proyección. El espejo actúa, de esta índole, en dos senderos: el espejo y la imagen reflejada están unidos por siempre jamás amén. El intocable observa que quienes lo definen lo consideran como la negación de lo que estiman en sí mismos: un objeto de conmiseración. Allí donde se recibe a los primeros con los brazos abiertos, donde sus camaradas les aseguran hacerse cargo de ellos, el otro es apartado por la elite como un apestado.

La actitud del intocable medio no era, quizás, de pausada conformidad. Simplemente, se consideraba como fabricado para siempre de una cierta clase de barro: si, sin querer, involuntariamente, un brahman lo rozaba, él quedaba no menos espantado que el de la casta superior por esa ‘violación’ de su personalidad. Y, ello se comprende muy bien, jamás osaría ofrecer sus canciones y sus bailes a un brahmán, porque sabía que sus manifestaciones culturales estaban infectadas, como su propia persona, y que las relaciones culturales originaban tanto miedo como los roces físicos y sociales. El negro también debe ser, por una parte, como un ‘ser reflejo’ –lo que Gunnar Myrdal nombra una ‘personalidad reactiva’- empujado por la cultura en la que vive, a meditar que es, después de todo, ese individuo rastrero y lameculos que sus amos ven en él. Pero el orden de castas nunca se apoderó tan enteramente del inconsciente estadounidense como, por largo tiempo, del inconsciente de la India. De otra manera, jamás el jazz, ni el jitterburg, ni el jive, podrían sustraerse a la interdicción, al ghetto cultural. De ahí la conclusión: hay, también, en el caso concreto del negro yanqui, un proceso más consciente, al nivel de la personalidad, un género de ‘deformación’ completamente distinto.

Quizás durante dos mil años, y tal vez más, el paria de la India no se portó simplemente como si fuera un centro de envenenamiento; se rigió, como lo hizo, porque era tal centro, porque se ‘conocía’ como tal. Los Usa no han sido capaces de convencer al negro, ni así mismos, de su identidad de paria, por lo menos en forma tan absoluta. Aunque no hubieran aparecido otras contradicciones, nuestro infatigable interés cultural por el negro habría, por si mismo, puesto en tela de juicio nuestros principios de casta. Si el paria es, verdaderamente, tan despreciable, ¿por qué lo miramos embelesados y por qué lo teatralizamos con tanta obstinación?... ¿Por qué, aun haciendo caer sobre él las maldiciones sociales, multiplicamos nuestras ‘caricias culturales’ al negro?... El paria que se siente cortejado mientras ve que se le mantiene al margen, que se siente a la vez invitado y expulsado, no puede salir de su confusión, y ello es explicable.

El negro debe comprender también, en alguna medida, que no se asemeja a la descripción que su amo hace de él, y de la que depende toda la estructura del sistema de castas. Comprende que, lejos de ser simple y llanamente un asco, es también en cierto modo, un objeto de admiración y de envidia. Pero, en un mundo controlado por los blancos, debe disimular las transgresiones que comete clandestinamente contra las normas oficiales que se le han fijado, y que lo desvalorizan; si no es absolutamente una ‘personalidad reactiva’ debe fingir que lo es. Cuando el reflejo se disipa, es necesario ponerse la máscara.

A menos que el blanco tolere tales ‘errores’ de personalidad. Es lo que pasa con ciertos casos muy especiales: cuando, por ejemplo, el jazz de New Orleans, que es, en una amplia medida, una adaptación a la máscara, se desencadena bruscamente y se convierte en el be-bop, que es, por una parte, la sátira del jazz de New Orleans. Asistimos a un intercambio complejo entre la imagen, la personalidad reactiva y la máscara, por encima de la delimitación de castas. Ese intercambio condena a muerte a toda verdadera espontaneidad. Ello no es tan evidente como en el caso de las actividades recreativas que representan al negro como ‘espontáneo’. Es comprensible: por doquiera se exige del negro que desempeñe un papel, que sea un reflejo y lleve una máscara; pero en los sitios de placer se le paga por su talento de histrión.

Sin duda, leemos a Richard Wright, y escuchamos el be-bop; pero, en conjunto, los blancos, salvo cuando se encuentran en ciertas disposiciones masoquistas efímeras, no irán a buscar a actores negros que saqueen sus postales raciales favoritas. El goce ya no es tal cuando la psiquis del cliente, en vez de ser mitigada, es exacerbada por el artista. De una manera general, anteponemos las agresiones enmascaradas de Brer Rabbitt a los ataques abiertos de Bigger Thomas.

En cuadro y en la orquesta, por ejemplo, el negro modelo, fundamento experimentado de su ‘raza’, mantiene su careta. Simboliza un alegre débil mental cubierto de un conjunto de gestos orales y motores de lo más atrayente. Y muestra ese modelo con una franqueza y una facilidad tan falsa, que el público de raza blanca vuelve convencido de haber contemplado al negro ‘tal como es verdaderamente’. El negro, igualmente, por lo demás, numerosas veces, queda convencido; pero el real creador de esa ‘espontaneidad’ es el público blanco.

Ello es cierto de los blancos que se maravillan y frecuentan al negro, como de aquellos otros, más numerosos, que lo subestiman. Esos negrófilos, no menos que los negrófobos, tienen sus pequeñas ideas sobre lo que es ‘realmente’ el negro, y se enfadan cuando el negro real, de carne y hueso, las hiere. Prueba de ello es el cabreo de los seguidores blancos de jazz ‘primitivo’ de New Orleans, cuando jóvenes negros del ghetto apartan violentamente el tipo del negro folkórico del sur, para construir esa música supersofisticada que es el be-bop, o bien su desdén cuando el levee stomper de pies descalzos consigue zapatos de ballet y se apunta a las clases de Martha Graham.

El negro, el ‘esencial’, aprende rápido la lección. Tenga o no la sensación de coincidir con la postal que el blanco se hace de él, le interesa obrar ‘como si’; por lo menos, cuando se aventura ante un público blanco, tiene interés en ‘conformarse al tipo’. Aun el esclavo que establecía los underground railways (‘ferrocarriles subterráneos’, cadenas de evasión con postas de ciudad en ciudad, que permitían, en la época de la esclavitud, emprender la huida del sur hasta el norte, o a Canadá) o fomentaba revueltas, parecía, a menudo, superficialmente, un tío Remus o un tío Tom demasiado obediente: el negro buen chico, alegre, que los blancos gustan de representar en la escena de los minstrels. Y todos los que han visto a los ‘aficionados’ negros distenderse al fin del espectáculo, cuando quedan entre si y la máscara profesional ha caído, saben con qué finura o con qué virulencia se ríen en privado de las personalidades ‘tipo’ que asumen al representar en público. Pero, en toda esta hipocresía habitual, el actor negro no hace más que repetir la experiencia de su pueblo. La mayoría de los negros, en nuestra cultura, ‘representa’, casi continuamente; la mirada de la sociedad blanca, en contadas ocasiones, los dejan en libertad. Todo negro es, en cierta medida, un actor.

Como la mayoría de las creaciones culturales del negro, el jazz se movió, tradicionalmente, entre ambos extremos: reacción verdadera o reacción simulada. Existen, sin embargo, gentes que realizan una devoción de este o aquel ‘negroidismo’, sin ver esta lanzadera rápida entre el automatismo real y el automatismo simulado del cómico negro; y creen que el objeto de su interés, sea formal o calculada su reacción, es el ‘negro tal y como es verdaderamente’.

¿No ignorarán la verdadera cuestión?... En vez de tratar de comprender el fenómeno que transcurre bajo los ojos, ellos mismos se convierten en parte del fenómeno, porque son sus ojos quienes ‘sugieren’ la representación. Cuanto más gustan ellos como ‘auténtico’ al negro que tienen delante, cegándose sobre la parte de cálculo que hay en la representación, más el actor negro debe adoptar la máscara que ocultará su faz real. Poco importa que se sienta o no cómodo bajo esta careta. Esas relaciones que se establecen, por encima de las candilejas, no son entre sujeto y sujeto, sino entre sujeto y objeto.

Myrdal resume esta ironía de la situación con una fórmula feliz: la dictadura del que espera. Lo que el hombre de raza blanca espera ver, el icono que se forma por anticipado, es el dictador que obliga a la personalidad del paria a ser lo que es realmente en una situación de castas: un autómata o una careta. Pero quienes no ven la tenue línea separadora entre la reacción y la máscara, que descuidan el momento en que el porqué se transforma en como si, el momento en que, del interior de la representación, brota la intención consciente, cierra los ojos al sentido real de la mayor parte de las formas de arte negras. Al mismo tiempo, hacen que el negro siga creándose según los otros, y no según él mismo.

La verdad sobre el autor negro es que se le pide que haga de negro. Esta verdad públicamente expuesta, y hasta se ha convertido en tema clásico de humor en nuestra cultura popular: por más de un siglo cada vez que un negro ha sido, por casualidad, autorizado a representar en un minstrel-show, él también debía ensuciarse la cara con corcho quemado y blanquearse los labios con almidón. Peo una vez más, lo que es una broma en la cultura popular, refleja un hecho que no tiene de gozoso en la experiencia de las masas. Ese mismo principio ha sido codificado largo tiempo en la etiqueta sudista de casta. Ese reducción, de una raza entera, a un modelo no solo se efectúa en el sur, sino que también numerosos nordistas no titubean en nombrar, con el nombre genérico de ‘George’, a todos los cargadores y a todos los limpiabotas negros.

Myrdal cita más de un caso en que los sudistas blancos no podían, efectivamente, reconocer a los negros, como tales, cuando estos abandonaban su careta. Y los negros conscientes de esa ironía se burlaban, a veces, de tal situación en su conducta social. A fines de 1948, por ejemplo, los diarios publicaron, en portada, el relato de un estudiante negro del norte que, con un extraño peinado oriental y un turbante, recorrió, todo el sur, comiendo en los restaurantes Jim Crow y charlando, libremente, con los servidores blancos. Podríamos comprender mejor la música be-bop si recordásemos que algunos artistas negros de be-bop se han convertido al mahometismo: toman nombres árabes, estudian el Corán, hacen sus plegarias hacia la Meca a la puesta del sol, y hasta, a veces, se presentan en público con turbante, para que el blanco los tome por una cosa distinta al negro norteamericano ‘típico’. La estratagema, a menudo, da buenos resultados.

En el momento en que la representación se transforma en un como si, el actor negro pasa del estado receptivo al estado activo: el objeto se muda secretamente en sujeto. La obra es ahora factible, y el negro lleva su canon particular al efecto final, por lo general en forma de retocador. Añade señales satíricas a la postal de confección, y le basta con permitir que asomen, un poco, los escarnios que lanza bajo la careta. Estos arreglos, cada vez más atrevidos, proclaman que está brotando una cultura fundamentalmente nueva.
Porque se esfuma más y mas el rasgo esencialmente quieto, maleable, reactivo del negro; cada vez mas se usa, conscientemente, la careta como elemento de una farsa pactada. Expresado de otra manera, el negro nota, cada vez menos, ser lo que el blanco cree que es, y cada vez más aparenta ser esto o aquello para lograr algunos resultados sobre ciertos grupos de blancos. Y es, en este oscuro territorio interior, en que lo espontáneo se transforma en voluntario, donde nacen la mayoria de las formas de arte negras. Si alguna vez la evolución se completa, la máscara caerá totalmente, y brotará, de repente, una prodigiosa cosecha de formas de arte nuevas: el be-bop y la danza nueva que pertenece a él, el apple jack, revelan ya ese sendero. La marioneta lucha desesperadamente por llegar a ser su propio animador.

La Lena Horne que luce en la pantalla su sonrisa cálida, como un día borrascaso, presenta, sin duda, pocos parecidos con la Lena Horne adusta y solemne que manifiesta a un periodista: "En otro tiempo he odiado tanto a los blancos como me odiaban a mi. Me habría gustado ser como todo el mundo, y no un monstruo. Me indignó el tener que ser anormal." Y de hecho los artistas negros, como ella, comienzan a revelarse ariscos con los papeles 'típicos' que se le proponen, aun con el peligro de arriesgar su carrera. La rebelión contra la estampa tiránica adquiere fortaleza: es elocuente que el actor negro indolente haya desaparecido poco a poco de la escena y la pantalla.

Todo se sintetiza en esto: la sociedad de castas norteamericana, que jamás había dominado demasiado bien al espíritu nacional, está ahora en el filo de abandonar, por entero, su preeminencia sobre la vida interior del negro. Este sigue realizando los ademanes del ceremonial de castas, en el teatro y en la vida, pero ya es una maniobra más que un reflejo, y esa maniobra se hace con toda una suerte de interpolaciones delicadas, no metidas en el guión. Esas interpolaciones ocupan un espacio, cada vez más amplio, en lo que los negros dan a sus amos en esta etapa de transición. Los canticos y los bailes sacan ya, de esta circunstancia, un innegable colorido especial, aun cuando no rehuyan, pura y simplemente, la careta.

Los elementos que forman la 'personalidad' negra -sumisión a la postal tiránica del blanco, amoldamiento aparente a ese icono, pero activa y perfectamente acordado, todo ello cada vez más repleto de sátira- esos ingredientes se transformaron rápidamente a lo largo del siglo. Ante nuestra propia mirada, y sin que lo notásemos, han logrado una valor decisivo: Li'l Black Sambo dejó su lugar a Joe Louis, Louis Armstrong a Dizzy Gillespie, Bill Robinson a Pearl Primus, Bessie Smith a Marian Anderson. Y estamos a punto de ver aparecer, aquí y allá, alguna cosa nueva: una revuelta contra la 'personalidad reactiva' y al mismo tiempo contra el antifaz, una negativa rotunda de la imagen del hombre blanco.

Es como si el intocable hindú, rompiendo dolorosamente la costra de su cultura, comprendiese, de pronto, que, desde hace dos mil años, es un sonámbulo que pone fuerza de vida a una gran mentira y la transforma en verdad irrefutable. Si resolviese seguir la comedia, por razones demasiado prácticas, o simplemente porque aún no tiene una cara verdaderamente suya, en reserva, para circunstancias similares, ello ocurriría, en adelante, a partir de como si, más que a partir de un por qué. Y, sin dudarlo, metería en su representación algunos clavos satíricos por cuidados de 'decoro'.

Lo que ocurrió con el negro norteamericano es que nunca ha sido, totalmente, capaz de coger por verdad innegable de lo que veía en el espejo de su cultura. A partir del día en que, el primer negrero, arribó, su cargamento humano, a las costas norteamericanas, la existencia del negro llevó siempre ciertos ecos de como si. No hay duda de que, esa realidad a medias de su experiencia diaria, ha contribuido bastante a plasmar el sentido de lo absurdo, francamente insaciable, que tiene el negro, y su propensión por el puro disparate. Desde el primer momento puede oirse un son burlesco que se prepara en la historia de la danza negra: desde el arrastrar de pies de las plantaciones y el cakewalk hasta el triple lindy y al apple jack. Había un fermento de risa irreverente en el jazz de New Orleans, desde los primeros blues; y el be-bop es, ante todo, una música satírica.

"Los efectos sociales del arte parecen cosa tan casual -observa Ortega y Gasset-, tan lejos de la esencia estética, que no se ve muy bien cómo, partiendo de ésta, podríamos penetrar nunca la estructura interna de los estilos". Pero cuando se puso a estudiar la música europea que comienza en Debussy, Ortega advirtió que no podía sacar nada de la 'esencia estética' sin alnalizar con antelación sus 'efectos sociales'. "El problema era estrictamente estético, y sin embargo el camino más corto para abordarlo consistía en partir de un hecho sociológico: la impopularidad de la nueva música".

¿Cómo lograr la esencia de la múcica negra, y de la danza que la acompaña, de los spirituals y los stomps, hasta el estilo New Orleans, el swing y el be-bop?... Quizá debiéramos, aquí también, partir de un hecho sociológico: la popularidad de esta nueva música y de esta nueva danza. Porque esos cánticos y ese movimiento son más populares en aquellos que, precisamente, evitan a sus creadores en la vida diaria. Ese hecho paradójico, tan hondamente metido en las costumbres norteamericanas, no puede escapar a la sensibilidad negra. Debe tener una inmensa influencia sobre la naturaleza de esos cantos y de esos movimientos; bien podría ser, de hecho, que formen el esqueleto y la 'estructura interna del estilo'. Cuando una elite bebe, por años y años, en las fuentes culturales de sus parias, puede pasar que los efectos sociales de las creaciones del paria refluyan sobre ella y penetren sus esencias estéticas. Que lo sociológico axfisie totalmente lo estético.

En la danza y la música negras, seguramente, las verdades profundas son a menudo sociológicas antes que estéticas. Tales son, precisamente, las fronteras de toda cultura negra, en concreto la que está destinada a la exportación más allá de los límites de castas. Porque su contenido es, a fin de cuentas, la creación del público a que está destinada, y el creador aparente no es mas que un intermediario entre el blanco, despótico empresario psíquico, y ese mismo blanco como cliente pasivo.

Es evidente que el núcleo de los apasionados de jazz ha sido compuesto siempre por blancos muy ligados a lo 'estético', que prefieren cerrar los ojos a los hechos, sin duda más opacos, más prosaicos, que les presenta la sociología. En muchos casos su obcecación por lo negroide es, justamente, una huida más allá de las realidades sociales incómodas que, si creemos en sus manifestaciones de víctimas, ocupan y sofocan su vida diaria. Los círculos mágicos del 'negroidismo' en nuestra cultura -Harlem, la calle 52, el jazz, el jitterburg, la devoción de la marihuana, de la cocaína, de la heroína, de la bencedrina, del seconal- constituyen, para esos blancos, una escapada de la realidad; escapan a la realidad social, pero aun más hondamente a su propia apreciación, desacertada y perversa, de esa realidad. En sus sociedades, sólo se acoge a los 'estáticos' empedernidos, a quienes unas grandes riquezas interiores de alegría espontánea les permite tomarle el pelo a la sociología.

En esos 'sectores de alegría', muy especiales, el negro es una píldora de 'estetismo' puro, y se prescinde, cuidadosamente, de las púas de la circunstancia exterior. ¿Cómo el negro, abrumado por las lamentables condiciones sociales, podría ser el único norteamericano totalmente a salvo de las circunstancias?... Resulta dificil entenderlo. Lo que buscan, aquí, los negrófilos es una prueba, tan evidente como fuera posible, de la conquista de lo social por lo subjetivo. Sintiéndose ellos mismos abrumados por la circunstancia, los blancos negrófilos prefieren ver en el negro un ser pre-social, en el que domina lo subjetivo más rebelde. Si se afirma que el negro debe ser definido 'desde dentro', es porque uno mismo se siente convertido, demasiado completamente, en marioneta, y llevado desde afuera. En teoría parece ser que, el negro, tiene la ventura de ser paria: arrinconado a las fronteras de la comunidad, esquiva las presiones y porrazos a que se exponen quienes están en el centro del sistema, y que atentan, gravemente, contra 'el fuego interior'.

Desde este punto de vista, lo estético, que no significa, aquí, otra cosa que emotividad, liberación de los instintos, nostalgia, en suma, las formas clásicas del deleite, es un lujo superficial. Es una actitud despreocupada de búsqueda del placer, que el hombre abandonará, sin lucha, cuando venga a ser 'serio', y penetre en la vida de la comunidad trabajadora. En nuestra geografía social, lo estético vive en los bordes. El blanco esteta, o que se pretende tal, está, pues, alborotado; hasta tiene la sensación de haber sido traicionado cuando ve la frente alegre de su negro excéntrico llena de preocupaciones prosaicas: entre otras cosas, la danza 'seria', y la música 'seria'. A su juicio, ello equivale a vender una herencia sin precio, canjear el éxtasis por la responsabilidad, el amor por el prestigio, la espontaneidad por la técnica, el vigor popular por los 'buenos modales', el plexo solar por los lóbulos frontales.

Hay en todo ello una grandiosa ironía social que se le escapa al esteta blanco. No ve que este trabajo por sustraerse a lo sociológico en el culto del jazz es, en si mismo, un hecho sociológico de primordial importancia, y que hace aun más imposible esa huida para su supuesto héroe, el negro. Esta disposición antisociológica encamina a encerrar más profundamente al jazz en la trampa de contingencia social. Volviéndose hacia las formas de arte negras, para esquivar los imperiosos 'problemas sociales', el blanco, ansioso de alegría, contribuye a eternizar una postal del negro que lo presenta como un ser 'naturalmente' proclive al canto y la danza, y que escapa, por completo, al asedio de las fuerzas sociales. Busca al negro mítico, ídolo y símbolo de esa eternidad acorazada que se alimenta exclusivamente 'desde adentro', que ríe y goza de lo que la vida le ofrezca, y 'a quien nada abate'. Y para el músico de jazz negro, la presencia de este esteta, en la vanguardia de su público, es un hecho sociológico que él no puede ignorar. Hay que proveer a las necesidades de este esteta, so pena de frustrar su trance de alegría pura, e inducirlo a irse.

Es una aventura de esa índole la que le ha pasado a los entusiastas blancos del estilo New Orleans. Hoy han sido naturalmente ofendidos por el be-bop, cuya intransigencia y cuyos acordes ruidosos tienen ecos sociológicos evidentes: reflejan el combate del ghetto ansioso. Los aficionados añoran la satisfacción pre-social y pacífica de la música levee, la indolencia del mansurrón vagabundo de los algodonales. Y el be-bop, a medida que su público blanco se extiende, es desviado, progresivamente, por los blancos, que habían recibido con una mueca de enfado sus preocupaciones 'prosaicas'. El be-bop, que, originariamente, era una rebelión contra la circunstancia social, y expresaba, en el ghetto, la sed de una cultura 'seria', parecida a la reservada a la comunidad blanca ordodoxa, se siente cada vez más forzado a enmascararse, con la mayor premeditación, en espasmo de éxtasis. Si consideramos las bufonerías en que cae, no imaginaremos nunca que, lo que hace el dinamismo del be-bop, es un ferviente deseo de respetabilidad.

El hecho 'irreductible' es que el jazz, obra estupenda del paria norteamericano, ha sido objeto de un real culto por parte de la élite blanca. Y la estética de toda forma de jazz, como de todas las danzas que concibe, seguirá siendo misteriosa mientras no sepamos encontrar, en la 'estructura de los estilos', las relaciones entre el icono, la personalidad reactiva y el antifaz, que son permanentes en el sistema de castas norteamericano.

(*) El título en nuestro