jueves, 14 de junio de 2012

José Mª Amigo Zamorano: ¡Envidia y solo envidia!


 DOMINGO, 12 DE AGOSTO DE 2007
José Mª Amigo Zamorano: ¡Envidia cochina!


Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.

Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.

Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue, imparable, sin importarle qué garbanzo o pimiento, u otro semilla cualquiera, entre en la cocedura.

Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que el dicho asfalto se embriababa de de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble, porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, procedía del desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del riego por goteo, ¡qué risa!; agua que venía incrementado su caudal despilfarrador, calle abajo, desde los alcorques de los árboles.

Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Decimos irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, algunos se habían secado, quedando de planta a planta, claros o calvos demasiado evidentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.

Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños les importaría un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Por cierto, bien protegidos por muros de considerable altura. Así impedían que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían. 

Había salido a pasear.

Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…

Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?... ¡no!, ¡mucho más!, era tumbarse en una hamaca bajo el palmeral rumoroso de playas caribeñas; por ejemplo: las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento blandengue, cansado, mecidas por brisas con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) y el agua, claro, casi, en calma chicha…

-"Lo cierto es que, bueno, sí... -asentía con la cabeza- reconozco la bondad del pasear, sin necesidad de que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… Porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… Porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…" 

No. No lo han tenido en cuenta. 

-"Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, ¡oh!... me callo porque sino… la lío".
-"Pero… -y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche todo el camino. Y porque no me queda otro remedio... Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo como un gilipollas... Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo, de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y por el suave y húmedo césped…!".

Como esa que veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En esa especie de rascacielos verde. Enorme. Altísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión... 


-"Para envidia de los que vamos a ras de suelo, como gusanos" -pensó.

La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmayada: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden, por los tubos de escape... a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humaredas de un gris blanquecino, esos automóviles que pasan continuamente.

Respirando muerte lenta, pero muerte.

Y además, para mas inri, nos contemplan, desde los ventanales de sus palacetes, (porque algunos lo eran), ricachones que, a esas horas, levantan los culos de sus camas o poltronas. O incluso permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, con ansia, no sólo porque quisieran poseer la casa, sino poseer y yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.

-"Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!"

Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto alto como un rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae, alargándose, hacia un lado. Como si quisiera escurrirse. Una demostración palpable… 

-"¡Alto ahí!... -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible... de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, -para murmurar ya lo hace ella-, los mirones: como yo, que la contemplo alelado."

Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor... por no poder estar donde ella se encuentra: en posesión del dominio placentero de los sentidos; así, en plural...

No se puede aguantar más. Siente la irresistible atracción de ella. Coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puede permitir. Este sí. Un instrumento, además, que le hace volar de nido en nido, de ventana en ventana... Ahora lo ve todo perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo. 

¡Pobre! La cigüeña está muerta en lo que parece un abeto centenario. Altísimo. Como rascacielos. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…

-"Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría..."

José Mª Amigo Zamorano: Urbano Blanco Cea y sus amores


  
LUNES, 10 DE DICIEMBRE DE 2007
José Mª Amigo Zamorano: 'Sobre los amores de Urbano Blanco Cea'
En escrito anterior nos atrevimos a calificar a Urbano Blanco Cea, que acaba de publicar el poemario titulado 'El Alijar jara en flor', como emigrante en Madrid donde trabaja, por lo que trasluce la lectura de su libro.

Ya el sólo título nos orienta para adentrarnos en los recovecos de su almario, compuesto de recuerdos de la tierra que le viera nacer: su pueblo. Y más que las gentes, la naturaleza y sus pobladores: flores, árboles, pájaros...

Eso ha llenado su ser y lo ha convertido en poesía con su olor a pino, a jara que, antaño, embriagaran a Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso (o eso supone el poeta Urbano) Para los que no estén al tanto de estos pormenores poéticos, sepan que los poetas Dámaso Alonso y sobre todo Vicente Aleixandre, se iniciaron a la poesía por estos lugares allá por el año 1917.

Una parte, un fragmento del libro de Urbano (porque toca temas muy diversos) está colmado de referencias a ese mundo que nos rodea (la naturaleza) que nos marca de niños y que luego, ya adultos, cuando nuestro espíritu se llena de otras imábenes, vamos arrumbándolo, e incluso nos distanciamos de él, sin darnos cuenta que somos naturaleza y sigue influyéndonos fundamentalmente, aunque parezca que está en segundo plano. .

Pero en esa niñez que hemos citado se va moldeando nuestra escultura poética: árboles nevados, vuelo de golondrinas y vencejos, besos de lluvia, piedras convertidas en oro por el sol... Es el tiempo en que el murmullo del agua al caminar por el cauce del riachuelo nos hace escucharlo con arrebatada pasión (o eso creemos cuando somos maduros) que no se nos va del todo. El poeta navero ama todo eso y lo dice en un poema de dos versos: "más que quienes nos suponen / somos lo que amamos".

Por supuesto, lo que ama no está en las calles de Madrid abarrotada de coches, de luces, de ruidos, de trajines, de humos... está al amanecer "cuando nacen los colores", cuando el alba toca con su varita de mágica luz y resucita todo ese mundo que recordábamos antes: escarchas, rocíos, trinos, pinos, jaras... Colores que Madrid no guarda. El poeta, en la urbe, se convierte en avecilla: "se me ha escapado un pájaro del nido de los anhelos olvidados". Y vuela al campo a recobrar esos anhelos. No es que Urbano lo escriba así. Es una licencia que nosotros nos tomamos.

Desde que nosotros saludamos su primer libro, el poeta ha madurado adquiriendo un estilo propio. Sin embargo, el poso machadiano sigue y, suponemos, seguirá siempre en su almario urbaniano, dado que sus amores hacia el campo castellano, hacia Las Navas, hacia su pueblo, lo une a la concepción de Castilla que Machado tenía y se refleja en uno de los poemas más largos dedicado a ella. Esa Castilla que se va muriendo abandonada por sus hijos y los que se quedan "dormitan al calor de la lumbre", recordando tiempos jóvenes, recordando la faz pedregosa, las espigas, la primavera que anuncian los amendros en flor...
Son, como dice el poeta "El beso de lluvia que cava / en el fondo de mi pozo seco".

Mas con toda esa muerte anunciada, presentida, o quizás por eso, el poeta que es Urbano Blanco Cea declara como una condición testamentaria: "Llevadme al campo cuando ya no vea / cuando esté cansado y no pueda andar".

Castilla, escribe en el poema que le dedica, "te amo con la misma mansedumbre", lo que nos hace recordar el poema ya mencionado: "Mas que quienes nos suponen / somos lo que amamos". Amén.

José Mª Amigo Zamorano: Por desgracia... se le olvidó


JUEVES, 4 DE MARZO DE 2010
José Mª Amigo Zamorano: El cepillo de dientes

1. El Atadijo

Era la primera vez que tomaba posesión de una escuela, después de haber aprobado las oposiciones brillantemente.

A pesar de haber preparado, concienzudamente, la maleta, se le había olvidado el cepillo de dientes. Había mirado y remirado entre las prendas que se apilaban encima de la cama; había hurgado en los bolsillos; y nada, no aparecía el cepillo.

Y este hecho, aparentemente anodino, le había producido un malestar del que no podía liberarse fácilmente a pesar de los esfuerzos que hacía; no era por el cepillo en si, que también, sino porque no encontraba explicación a su descuido.

Recordaba haber cogido el lápiz y escrito, uno por uno, todos los utensilios que necesitaba para vivir en ese pueblo; recordaba igualmente el cuaderno; lo recordaba porque había dudado entre comprarse uno nuevo o hacerlo en el que, desde que estudiara el bachillerato, siendo una joven pipiola, había destinado para volcar sus inquietudes; y que finalmente se decidió por esa especie de diario que guardaba, celosamente, y que, de vez en cuando, palpaba y hojeaba con cariño. Y es que allí recogió los sentimientos que le embargaron al morir su padre; y que mas natural sería que guardara recuerdos también de este acontecimiento -como los guardó de aquel- que, con el paso tiempo, iba a ser decisivo en su vida -qué duda cabe- hasta el momento en que, el Misericordioso Alá, la llamara a su seno como lo había hecho con su padre, que en gloria esté.

2. La Cuerda

¡Ah, su padre!: su muerte fue un golpe duro, terrible, para ella; cómo decirlo, como una losa gigantesca que se le vino encima; de repente se dio cuenta lo inerme que estaba ante la vida; esa vida que había pasado dulcemente, sin las mordidas que da a los más humildes, esos que ella había llamado pobres, con una mezcla de conmiseración y de desprecio...; y de repente ¡zas! comprende que ella se encontraba entre esa misma franja de la sociedad que tiene que ganarse el pan atada a un trabajo, a un sueldo, como el resto de pobres de la tierra.

Se rompió el paracaídas que era su padre y se encontró al raso. Debía de cuidar de ella misma de lo contrario nadie la iba a cuidar. Y el olvido del cepillo no era un buen augurio.

Su padre, militar de profesión, no era una persona rica; de manera que al morir, la paga que le quedó a su madre viuda, no llegaba, o llegaba a duras penas, para pasar el mes, por lo que, a ella, su madre, la envió con la abuela...; además su padre había sido un pilar básico para todos ellos; más que un pilar, todo un paracaídas como ya se ha dicho, que les protegía de cualquier adversidad; es mas, si algún contratiempo se abatía sobre la familia, no llegaba a ninguno de los hijos; o cuando se enteraban, si se enteraban, la tormenta ya había pasado.

Verdaderamente fue todo un sólido paracaídas.

Eso de paracaídas era una palabra que siempre utilizaba su padre que había servido en el arma de aviación; bien es verdad que en servicios auxiliares y jamás había subido a un avión y menos, claro está, se había lanzado en paracaídas; pero le parecía muy apropiado usar esa palabra para hacer ciertas comparaciones y, a decir verdad, que en este caso le venía como anillo al dedo; su padre fue, para ellos, un pilar y un paracaídas y su muerte se dejó notar en la casa que, a partir de entonces, ya no fue la misma.

Y no fue porque la madre, débil de carácter, no supo seguir con la disciplina que el padre había implantado, quizá como un reflejo de la milicia; los hermanos se rebelaban a menudo; y la madre no sabía, no podía o no quería enfrentarse a ellos y los dejaba a su libre albedrío; mas de una vez, ella, había tenido que llamarles la atención; a pesar de no convivir con sus hermanos, sino, como ya se ha dicho, en casa de la abuela, le sublevaban la indisciplina y falta de respeto a su madre.

--¡Si padre viviera!, exclamaba.

Tenía verdadera fijación por el difunto padre; ya en vida la había tenido igualmente; y todos los valores del progenitor se habían vuelto a reencarnar en ella.

Por eso, el olvido del cepillo de dientes, le había afectado tanto; a su modo de ver era un ultraje a la memoria de su padre que, acostumbrado al trabajo de los servicios auxiliares, le había inculcado la meticulosidad en todas sus tareas, la labor bien hecha y sin un fallo, según él la entendía; el secreto está en la organización rutinaria, solía decir; y se enfadaba si ella dejaba algo a la improvisación.

Por ello había organizado su marcha, casi militarmente; entendida la milicia igual que su padre; de manera que ese fallo absurdo le había desequilibrado; sabía que había otras cosas de mayor entidad que el cepillo de dientes; pero, sin ser vital, resultaba imprescindible para prevenir un montón de enfermedades que comenzaban en la boca; su padre, sin duda, habría censurado su imprevisión; imprevisión no era la palabra exacta, ya que figuraba en la lista del cuaderno, como se ha apuntado, sino atolondramiento; se había dejado llevar por la emoción de ser libre por primera vez; por la emoción de ganar su primer sueldo.

Decididamente, no se lo iba a perdonar mientras viviera.

3. El Ahorcamiento

Miró un momento la habitación, por ver si en algún rincón de la misma lo había dejado abandonado; la señora de la casa, donde había encontrado alojamiento, mirando al esposo, se había apresurado a ofrecerle el cepillo de su hijo.

--"No se preocupe, señorita, cuando venga mi hijo del campo le dejará el suyo".

No supo contestarle con una negativa rotunda; es mas, no supo qué contestarle; y para ella, tan generoso ofrecimiento, era una amenaza de muerte.

Amenaza que se haría realidad en cuanto viniera el hijo de arar con las mulas, ¡El Altísimo lo remedie!; lo terrible es que no tendría escapatoria, ni paracaídas con que cubrirse, ¡Oh, Jehová, el de Suprema Bondad!, puesto que el lavabo común, no había otro, estaba en la cocina; una cocina amplia que tenía, en su frente, un hogar con chimenea y, a ambos lados, dos escaños; uno de ellos servía para poner las comidas del día; ahora no recordaba si a la derecha o a la izquierda estaba el fregadero; pero, al lado, había un lavabo con palancana o jofaina; allí tendría que lavarse los dientes, ¡El Señor del Universo no lo quiera!, a la vista de toda la familia, con el cepillo del hijo; solo de pensarlo le daban mareos; el techo se le vino encima y se tuvo que agarrar al respaldo de la silla, ¡Dios le perdone sus pecados!...

Había cenado sin ganas, siempre pensando en el cepillo de dientes del hijo de la señora; su corazón le había latido con bastantes pulsaciones; el hijo, para más inri, era tonto perdido; tenía la boca oscura cual noche de lobos, y dientes igualmente oscuros, amarillentos y carcomidos, como madera podrida; se lo había presentado el marido de la señora, poco antes de la cena.

--"Si, si, maestra, maestra", "buena, buena", -le había dicho él, pasándole su enorme manaza por la espalda.

Un estremecimiento de asco le corrió de arriba a abajo; estremecimiento del que ya se estaba recuperando al comprobar, como comprobaba, el paso del tiempo hablando de mil cosas insulsas y vanales, sin que recordaran u ofreciesen el dichoso cepillo de dientes. ¡Alabado sea Yavé!.

Se levantó para irse a la cama.

Estaba muy cansada del viaje y las emociones. No aguantaba mas.

--"Hasta mañana, si dios quiere; y que ustedes descansen", dijo despidiendo a los dos comensales.

--"Buenas noches, señora", añadió a la que estaba fregando.

La aludida se limpió las manos con la rodilla. Se dio la vuelta y, con la sonrisa en los labios, pronunció obsequiosamente:

--Tome, señorita.

Y le alargó el cepillo de dientes de su hijo.

La maestra de escuela, desbocado el corazón por mil latidos, emitió un sonido gutural, puso amarillenta su cara, cayendo al suelo, fulminada, todo lo larga que era.

El tonto, asustado por los gritos de su madre, con lagrimones en los ojos, repetía:

--"Maestra buena, buena".

Y se la quedó mirando con su oscura, podrida y desvencijada boca.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

El caso del yerno del rey... ¿la punta de chanchullos reales?


A todas horas dándonos con la matraca del yerno del monarca: Urdangarín, Urdangarín, Urdangarín... Empero, ¿a quién le importa este personaje? A nadie. Cuando alguien habla o escribe de este vasco se está refiriendo, sin duda, a la Casa Real, a la Monarquía.  Y cuando se habla o se escribe de su suegro, Juan Carlos I, las ideas están apuntando a la Casa Real, a la Monarquía. Porque, vamos a ver, ¿a quién le importa la persona como tal de Juan Carlos de Borbón educado por el odiado dictador F. Franco y puesto por él de rey? ¿A quién le importa ese Borbón que vino a España, traído por el dictador, con una mano adelante y otra atrás, es decir sin un duro, y ahora ha amasado una fortuna limpiamente u oscuramente? A nadie del pueblo le importa nada. Pero si están preocupados los poderes fácticos y los políticos que han construido este tinglado monárquico de las autonomías, donde ellos y la banca y las grandes empresas y la Iglesia Católica y el Ejército... hacen y deshacen a su antojo. Les quita el sueño... no porque Juan Carlos I sea, según un artículo reciente de Martinez Inglés,  'de la banda de borrachos, puteros, idiotas, descerebrados, cabrones, ninfómanas, vagos y maleantes', que puede que lo sea, si bien al común de los mortales nos ha llegado transformado, quizás por la propaganda interesada, en un cachondo, simpaticón, mujeriego, campechano, bebedor... y esas facetas, incluso, ante un sector del pueblo, lo hace popular.

-Es un macho. Todo un hombre. Con muchos cojones -dicen queriendo vivir opíparamente como el tal monarca.

No. Esto no les preocupa lo mas mínimo mientras la máquina del Estado funciones bien aceitada.

Ahora bien, en este momento de crisis, con tantos parados, pequeñas empresas y pequeños comercios cerrándose, que venga ahora un urdangarín cualquiera, yerno del Jefe del Estado, del Rey, y se le descubran presuntamente cobros de millones de euros, enriqueciéndose, así, sin dar palo al agua, por ser quien es, usando su pertenencia a esa Casa Real para sus negocios privados, no debe de verse, ante la gente, con buenos ojos. 

Gente que se hace preguntas: ¿cómo es que la Casa Real no se ha enterado de esos chanchullos? Parece increible. Porque esa real casa cuenta con instrumentos, con herramientas, con agentes mas que suficientes, para indagar en la vida y milagros de todos sus miembros. Entonces, ¿por qué lo ha consentido? ¿no es el Rey, Jefe del Estado, Jefe de los Ejércitos, responsable de la Casa Real? Y si lo sabía; ¿por qué no le paró los pies, o lo denunció? ¿Tiene esa Casa (con mayúscula) algo mayúsculo que esconder? Las preguntas se van sucediendo, las dudas se amontonan: ¿Por qué, si el Rey era pobre (suponemos que relativamente, claro, por un respeto a los pobres de verdad), se ha hecho tan rico? ¿De dónde le han venido las riquezas?...

Nadie se se hace rico trabajando honradamente! -sentencia el clamor popular.

Que el pensamiento del pueblo se les vaya de las manos, a esas fuerzas económicas, eclesiásticas o militares, cuando al fondo aparece una alternativa de luminosa esperanza llamada República, no pueden consentirlo. Y para mas inri les hace temblar porque la República, en España,  siempre ha sido cosa del pueblo. Ya lo dice, además, la etimología de la palabra: república: cosa del pueblo. 

Hay sin embargo, lo reconocemos, dentro del mismo pueblo ciertos personajes que preguntan ensuciando el porvenir republicano:

-¿Qué república? Porque hay repúblicas y repúblicas y monarquías y monarquías.

Es pregunta legítima. Aunque, aquí y ahora, es una manera de echarle una  mano a la monarquía, heredera del franquismo; de darle oxígeno a un estado monárquico que hace aguas por la parte que mejor parecía que tenía taponada las grietas: el Monarca, la Casa Real, el Juancarlismo. Ya conocemos esos argumentos en los que nos hablan de las monarquías escandinavas. Y sabemos quienes son esos bufones, esos desorientadores dentro del pueblo español, y de su curriculum, primero revolucionario y luego auspiciadores de vejestorias monarquías. No hace falta decir nombres. Y para esos razonamientos tenemos aquella frase del gran Bergamín (D. José):

-Hacerse el sueco (Monarquía, Suecia) es hacerse el sordo.

Y esos poderes fácticos (con unos cuantos políticos) se hicieron los suecos poniéndonos una monarquía, con un monarca educado por un dictador fascista, escamoteándole de paso al pueblo el referendun monarquía / república con otra consulta engañosa, un  rey que es, según la Constitución Monárquica, jefe de estado y jefe de los ejércitos de tierra, mar y aire, ¡ahí na, y nos dicen que es solo pura fachada!; un rey, al principio, nada querido por proceder de donde venía pero que lavándole la cara durante años han querido popularizarlo transformándolo en un borrachín, simpaticón, campechano, bonachón... 

-Y ahora nos llega un gilipollas, un yerno demasiado ambicioso, vasco para mas señas -maldice uno.

-Puede que sea un separatista. De casta le viene al gallo siendo su padre del PNV -dice uno.

-Hasta un submarino de ETA -señala el de mas allá.

-Todo podría ser -añade un cuarto.

-Le diremos a Su Majestad que lo estudie -determinó el primero.

-Cualquier cosa antes de que se abra la veda; y jueces, prensa, radio y televisión indaguen en la Casa Real desestabilizando nuestra querida corona. 

Y es que se dan cuenta que de seguir así las cosas ya no se podrá sostener que los miembros de esa real casa sean intangibles, intocables ante la miseria reinante: el paro, los deshaucios, el desasosiego, las estrecheces... No es de recibo.

El pueblo, decíamos, se ha puesto a hacerse preguntas y no para: ¿No será el Caso Urdangarín la punta del iceberg?... ¿No se haría la Casa Real ignorante a sabiendas?... ¿Por qué tantos meses sin dercir nada?... ¿Por qué ahora aparta al yerno de los actos oficiales?... Y sobre todo, ¿por qué en estos momentos dicen en la Casa Real que quieren ser transparentes con sus cuentas?... ¿Por qué antes eran opacas?... Y si quieren ser claros como el agua, ¿por qué no hacen públicas sus cuentas desde el origen?... ¿Tienen algo que ocultar?... Preguntas y mas preguntas.

El Caso Urdangarín está haciendo tambalear, sin duda, el prestigio de esta Monarquía. Una Monarquía heredada del franquismo. Una Monarquía, como Estado, que permite a un partido, el PP, tener mayoría absoluta con solo el 30 % del electorado. Una Monarquía que ha aglutinado a franquistas y partidos de la oposición en su marco antipopular. Una Monarquía de la clase burguesa, donde utiliza las instituciones para enriquecerse y empobrecer al pueblo. Una Monarquía que despilfarra el dinero en aventuras militares por varios paíse del mundo con tal de tener contento al Ejército, mientras hunde a millones de trabajadores en el paro.

El que los trabajadores se hagan preguntas, despierten, y deriven su pensamiento hacia senderos difíciles de controlar les preocupa a los poderes fácticos. Eso les tiene en un sinvivir. Y es que el pueblo posee, es verdad, en el horizonte del amanecer a la República. Eso si les preocupa. Por eso, como un solo hombre, están apoyando al monarca pensando en la Monarquía. Los urdangarines y juancarlos les importan un bledo. 

¿Urdangarines y juancarlos? No les importan al pueblo. Ni a esos poderes. Se buscan otros. A rey muerto, rey puesto. Y solucionado. Lo malo, para ellos, es que, antes, el pueblo, tome conciencia de la inutilidad y perjuicio de la Monarquía y proclame la República. Como en el 1931. 

Y la República, en España, para desgracia de los ricachones, de siempre, históricamente hablando, es cosa del pueblo y no de unos pocos.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Rubén Darío: Elogio del Amor (*)


He leído 'El hombre de oro y otros relatos' del poeta nicaragüense Rubén Darío. Nada del otro mundo. He destacado estos párrafos, por resaltar algo. En ellos se compara la idea de Pablo de Tarsis acerca del Amor con la que tenía, según el autor, Varo, un poeta romano. 

Estas son las palabras:


... 
Vos pensáis en el Amor como fiebre de la sangre y trabajo del cuerpo: yo os digo que el que fornica, contra su cuerpo peca.

Y Varo había murmurado suavemente delante del trueno:

-Mas mirad cómo la omnipotencia del Amor que procrea y fecundo se siente sobre todas las cosas, y todas las cosas están sujetas a ella. 

¿Por qué vos, elocuente y sabio, predicáis en contra de la Naturaleza? ¿Iréis a ecir esas palabras a las palomas de los nidos y a los tigres de Hircania? ¿Las diréis a los peces del mar, a las semillas de la tierra y a las parras fragantes que dan coronas a los poetas? 

Yo soy un poeta, señor, y vuestro Dios, os confieso, si me quita los labios de las mujeres y los cálices de las rosas, me da tristeza y me da miedo.

Luego proseguía manifestando sus desfallecimientos subitáneos y su deseo de encontrar ayuda.
...



__________
(*) Rubén Darío en 'El hombre de oro'. El título es nuestro.

lunes, 27 de junio de 2011

Iswe Letu: Cara de cocodrilo


Lo llevó el Encargado de Obras del Ayuntamiento a esa calle donde está ahora y le dijo:

-Rellenas la zanja y luego colocas los cantos y piedras, de ese montón, encima de la tierra. Que encajen y queden como antes. 

Después de dar dar unos pasos, el encargado se volvió y advirtió:

-¡Ah! Y no te entretengas con esos emigrantes cara de cocodrilos. A muchos de ellos los he tenido que echar con cajas destempladas porque le estaban dando palique a tipos como tu que...

Y se marchó sonriente, ufano, altivo, un poco soberbio.

Y allí quedó Abel Leizarán, quien, tras de veinte años, ininterrumpidos, de trabajo de encargado en una empresa ladrillera, lo echaron y ha estado en paro pasándolas canutas mucho tiempo. Ahora ha vuelto a trabajar. El alcalde de su pueblo necesitaba votos para volver a ser elegido y lo ha colocado. Un contrato de 6 meses para el ayuntamiento. Pero, menos es nada.

Y ahí sigue. Lleva varios días. Ya ha rellenado la zanja. Ahora viene lo mas difícil: colocar el montón de pedruscos y guijarros.

Mira el montón y se pregunta por cual empezar porque... ¡quién coños sabe cómo estaban puestos antes!... 

-Es un lío -masculló- Lo mejor es empezar a ponerlos encima de la tierra. Luego... ya verá. 

Y fue lo que hizo durante un buen rato.

Se paró para contemplar su tarea. Y, la verdad, no quedó muy satisfecho. Los huecos entre piedras y guijarros eran numerosos. El trabajo hecho parecía un queso gruyere de tantos buracos como tenía la superficie de la zanja. Se desanimó. Miraba al queso y miraba al montón dando señas de impotencia. Su vista se enturbiaba. 

Por fin se decidió: cogió una piedra y la acercó a uno de los huecos; nada; no cuadraba. Cogió un  guijarro y lo mismo: tampoco encajó. Sudaba. Se puso nervioso. Se cabreó consigo mismo. Y ese nerviosismo y ese cabreo se incrementó porque hacía un rato que un hombre no hacía mas que mirarlo. Y sonreía. Como si se estuviera descojonando de él. Lo miró hecho una furia e iba a mandarlo a freir espárragos, cuando el individuo se acercó al montón y con uno ojo geométrico desde el montón lanzó 4 o 5 piedras y cantos hacia el queso gruyere de la superficie de la zanja  y se ajustaron al caer en los espacios vacíos como anillos a dedos o tornillos en sus tuercas. Se quedó asombrado. Y le sonrió. Mas para no sentirse tan inútil se acercó a los espacios recién cerrados los movió un poco y le dio dos o tres golpes con un martillo.

Siguió colocando encima de la tierra guijaros, cantos o piedras sin orden ni concierto. Pero el del ojo geométrico terminaba tapando los espacios vacíos a las mil maravillas. Y continuó demostrando su exactitud geométrica sin desmayar. Y el ex encargado ladrillero, primero lo dejó hacer como si no se enterara; luego simulaba enojarse por semejante intrusión en su labor.

Llegó la hora de desayunar y se sentó en la acera. Abrió el macuto y sacó la fiambrera, pan, tenedor y cuchillo. Miró al del ojo geométrico y le ofreció parte del desayuno porque, al fin y al cabo, se lo había ganado. El otro aceptó con la cabeza, se sentó también en la acera y comió con ganas. Tanto, que daba gusto verlo. Le ofreció vino, que no quiso. Pero, si agua.

-¿De dónde eres?

-Maruecos.

-¡Ah, Marruecos!... ¿No tienes trabajo?

-No trabajos para mi.

Al marroquí se le nubló la cara. Era de baja estatura, delgado, de cara alargada, un poco ovalada, moreno de tez y cara arrugada por muchos surcos. Los ojos se le movían inquietos en sus órbitas. No sabía el castellano apenas. Pero un poco por monosílabos y otro poco por muecas, visajes, gestos llegó a entender, el ex-encargado de la ladrillera venido a menos, algo de su vida y el por qué de su ojo tan geométricamente exacto. Al parece era un campesino recién casado y con una hija al que la sequía hundió sus planes de vida esperanzada. De modo que cogió su ato y se largó de su tierra, de sus montañas, de su mujer y de su hija con el ánimo de salvar ese bache y volver cuando hubiera ahorrado un poco de dinero en España. 

Y llegó en el momento peor: cuando la crisis lanzaba al paro a miles de albañiles y otros trabajadores relacionados con la construcción. Según le contó se arrimaba a obras por si le daban trabajo. La respuesta siempre era la misma:

-Ahora no necesitamos obreros.

O a lo bestia:

-¡Moros de mierda! Iros a vuestra casa.

-Son racistas. Temen que ocupéis su trabajo y los echéis.

-Racistas. Si. Racistas. Tu no eres racista.

-No, no. Yo no -y le pasó la mano por el hombro.

En cuanto a la exactitud de su mirada para captar la piedra adecuada a cada espacio vacío, que tanto le había asombrado, se debía, por lo que pudo colegir, a que desde pequeño había tenido que tapiar las tierras con su padre. Y en sus montañas había muchos cantos y piedras.

A veces se callaba mirando algún pardal que, brincando, se acercaba a comer algunas migas que se les caían del desayuno. O se ensimismaba en sus pensamientos.

El antiguo encargado de la industria ladrillera, a su vez, le contó cómo había sido encargado, un jefe en su empresa, que es como... imán, sultán, rey... muchos nombres utilizó a fin de hacerse entender por su interlocutor... y de que ese era un puesto de responsabilidad en su empresa, que se había quedado sin trabajo, que había estado en el paro y que tenía mujer y una hija.

-¿Tu encargado, tu jefe?

-Si, si.

Se levantó. Recogió su fresquera, su tenedor, su cuchillo, su pan. Y continuó con su tarea.

-¡Abel, hoy tienes un ayudante! Así cualquiera -le voceó un vecino.

-Ya ves. Se me arrimó y no hay quien lo despegue.

-Mucho ojo, Abelito. Al menor descuido ese moro te echa del curro. Y si no... al tiempo.

El día era soleado. El sol cada minuto que pasaba se hacía notar mas su presencia. Los vencejos chillaban en el cielo azul en vuelo aparentemente anárquico. Un grupo de marroquíes pasó por su lado saludando al ayudante espontáneo de Abel:

-Salam aleikun.

-Aleikun salam -contestó.

-¿No te vas con ellos? -preguntó Abel.

-No. Yo, solo.

-Pero son marroquíes... Arabes...

-Si. Si. Yo, bereber.

-¿Bereber? ¿Qué es eso?

El del ojo geométrico se quedó pensativo. Sin saber que decir. De pronto el rostro se le arrugó más y una sonrisa iluminó su rostro deformando los surcos de su cara:

-Yo vasco.

Con eso bastaba. Era suficiente. Se había entendido. Era de una parte de Marruecos que tenía su cultura, lengua y costumbres propias. Recordó Abel que hacía unos años, en Argelia, la policía había matado a un cantante bereber. Y él, cuyo apellido era de procedencia vasca y lo sabía, por mas que no hubiera pisado nunca Euskadi, contestó:

-O sea que eres vasco como yo -se echó a reir- ¿No serás borroka?

-¿Borroka, borroka?... No sé.

-Yo soy borroka.

-No entiendo.

También, él, ahora, se quedó reflexionando para hallar algo por lo cual se hiciera comprender. Y no se le ocurrió otro ejemplo comparativo que semejarse a un personaje histórico de Marruecos.

-Soy borroka, como Abd el-Krim... ¿comprendes?

-Se quien fue Abd el-Krim. El, muy alto. Yo, bajo. 

Aquí se acabo la charla y se pusieron a trabajar como dos compañeros de toda la vida. Hombro con hombro y codo con codo. Abelito seguía poniendo piedras y mas piedras, cantos y guijarros, guijarros y cantos. Donde caían allí quedaban. Continuando así, en la cubierta de la zanja, la labor de transformarla en gruyere térreo. Pero los agujeros duraban poco porque el bereber, con su ojo geométrico, con su geométrica exactitud de mirada, los cubría de inmediato. Muchas veces tirando las piedras o los cantos directamente desde el montón. 

Pero a Abel Leizarán no se le olvidaba lo que le había dicho el vecino. Y de cuando en cuando le decía que se fuera a dar una vuelta y que lo que quedaba ya lo hacía él. Pero el bereber no se separaba del tajo. Y para el borroka vasco era ya un poco pesado el bajito montañés. Le acababa de decir que se largara con viento fresco por cuarta vez.

-Mira. Ves ese bar de enfrente. Vete a tomar una cerveza. Dentro de un poco voy yo y la pago.

-Yo, te.

-Vale, pero márchate.

-No, yo contigo.

-¡Joder! ¡Vete, hostias! ¡Me tiene hasta los huevos, moro de mierda! -gritó.

Se había vuelto iracundo al ver acercase al Encargado de Obras del Ayuntamiento 

-¿Te está molestando este moranco?

-No.

-¿Cómo que no, si te he oído gritarle?

-Bueno, si.

-¿En qué quedamos? Mira, mira, Abelito: tu a lo tuyo. Déjate de moros de mierda que, a lo mejor... y me callo. Algunos, los que no son vagos, pocos, dicen, que son muy buenos trabajando.

-Este no. Es un patoso.

-O sea  que te ha ayudado.

-No, no.

-En fin... ¡Y acaba ya la zanja, ¡hostias!, que el patoso pareces tu. Y mas que este moro de mierda, de cara de cocodrilo... Al que he echado ya de varias obras. Pero, como quien oye llover. Tendrían que ahogarlo en el mar de donde vino!

El encargado, sonriendo, altivo, ensoberbecido, se alejó en dirección al bar de enfrente, donde pensaba tomarse una copa, que ya saboreaba en sus labios, con otros empleados del ayuntamiento que, a esa hora, tenían una media de descanso.

Pero el bereber, con su ojo geométrico, le cortó el camino en seco tirándole un canto a la cabeza que lo derribó en tierra todo lo largo que era.

El bereber le habló a Abel Leizarán que lo contemplaba alelado:

-Tu, no encargado; no jefe; no borroka. Tu, español mierda.

Le dio la espalda y se marchó corriendo.

-Un poco mierdica si que soy -se decía para él- La verdad.

lunes, 20 de junio de 2011

José Mª Amigo Zamorano: Seeber Bonorino (*), una mirada desde las entrañas

Los diez relatos negros de 'Un paquete para el mánager' (*) le sirven de pretexto a su autor, Arturo Seeber Bonorino, para lanzar una mirada  a su tierra argentina, tras veinte años de vivir en España, para recordar su niñez, su juventud, su vida de estudiante en colegios religiosos de los que fue expulsado, para acordarse de su afición por el boxeo y traer al teatro de su memoria personajes de ese deporte que conoció: Pascualito Pérez, "Mono" Gatica, Abel Laudonio, "Ringo" Bonavena, Accavallo... y su entrevista con el escritor Borges.

Relatos que -afirma el autor- 'tratan de parecer historias verosímiles'. De hecho, casi todos los recuerdos que hemos mencionado, aparecen en los relatos. Los boxeadores, escritos más arriba, se citan colocándolos, la mayor parte de las veces, como así sucedió en la realidad, en la miseria después de haber acariciado la fama y el dinero. Como una de las excepciones se cita a Accavallo que al retirarse del cuadrilátero invirtió bien su dinero. La mayoría, como Pascualito Pérez, borracho y andrajoso pidiendo limosna cerca de Luna Park teatro de sus triunfos o "Ringo" Bonavena al que le descerrajaron un tiro en Las Vegas.

Diez relatos de gente humilde, de los pobres de 'villa miseria', de sus sueños de gloria, de dinero, de lujos, de felicidad, lejos de la calle 'que es lugar para andar pero no para vivir', ilusión por 'una casa de uno, esposa y unos hijos bien vestidos, que van al cologio, estudian y despues son abogados o médicos', como se lee en uno de los relatos.

Mas ¿qué podemos decir de los relatos desde el punto de vista literario? 'Desde el punto de vista literario', ¿qué quiere decir?... ¿la relación de forma y contenido?... ¿eso se mide?... ¿cómo?... En fin, no sabemos que es eso o si alguien lo tiene en cuenta. De lo que estamos seguros es de esto: si un texto nos gusta o no nos gusta. Y si, a nosotros nos gusta. Pero los gustos son tan diversos y dispares que todo lo demás entra en el terreno de lo puramente objetivo. Y la pureza no se da en parte alguna. O si se halla, es tan limpia, aséptica, fría, neutral que a nadie se la levanta. De modo que uno lee un texto con todo lo que uno lleva dentro de impurezas: simpatía o desprecio por el autor, la editorial, el tema... y no se puede uno ver libre de todo ese bagaje; de modo que, como decía Bergamín, uno es sujeto y no objeto. 

Algunas veces, a pesar de odios o animadversiones, también llegamos a intuir que hay fuera, de esas toneladas de barniz que tenemos, una belleza ajena a nuestro ser más interior; pero se da pocas veces; por ejemplo: reconocemos que no nos atraen los betseller, pero en alguna ocasión hemos pensado que no todos son malos: leimos 20 páginas de 'Los pilares de la tierra' y llegamos a la conclusión de que el autor combinaba muy bien los elementos; no seguimos leyendo; otra vez leímos, por nuestra afición al mundo negro, una beselerada novela entera sobre Kenia y la revuelta del Mau Mau y era malísima y mas falsa que una mula.

Señalada esta contradicción, volvamos a Seeber Bonorino: de él nos atrevemos a decir que resuelve con honesta factura los relatos, sin falsear la realidad, pero si, tal vez, apaciguando su fría e inmisericorde brutalidad; así, después de un hecho horrible, un relato termina de esta manera: 'comenzaba a acampar y por un ventanuco vio aparecer la silueta del sol, como burlándose'. Y punto. Sin regodearse con la muerte. Con lo macabro. Un acierto. Y otra virtud, quizás la mas meritoria: el reflejo de la vida, de la realidad de Argentina o de Buenos Aires, desde esos seres pobres, marginados, que viven para sus anhelos, para sus sueños, que miran y parece que sus ojos están vueltos a sus entrañas, sin que lo que está fuera atraiga su atención: ni política, ni ideología, tampoco el paisaje urbano, pues nadan en él como el pez en el agua, y menos la vegetación o los fenómenos atmosféricos. La cita última sobre el sol, o la lluvia, los charcos y algunos árboles en otro, son la excepción.

Con todo, en estos diez relatos, sobre esta reducida población bonaerense, casi un microcosmos, se dan todos los elementos de la relación humana: los amores, los celos, el encornamiento, la amistad, la bondad, la ira, la venganza, la mansedumbre, el sexo, las drogas, el machismo, el maltrato hacia las mujeres...  la corrupción de la policía, las torturas en cuarteles y calabozos como efectos de una dictadura... Que, suponemos, todos ellos completan los recuerdos de Seeber Bonorino, junto a los que mencionábamos al comienzo. Y que, nos imaginamos también, sus relatos le han servido de pretexto, además, para repasar parte de su vida.

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(*) Obra: Un paquete para el mánager. Relatos negros de boxeo
Autor: Arturo Seeber Bonorino
Editorial: Ediciones El Garaje S. L.
Primera Edición: Mayo 2011
Colección: Garaje Negro