Mostrando entradas con la etiqueta literatura latinoamericana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura latinoamericana. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de junio de 2012

Los viejos rokeros nunca mueren


En 'La sombra de lo que fuimos' la narración se apoya en un hecho cierto: el atraco de un banco de Chile por los jóvenes anarquistas Durruti Jover. Ambos españoles; uno de ellos,Durruti, figura mítica del anarquismo ibérico y de la guerra de los años 36/39 del siglo pasado. Efectivamente, la trama comienza con el recuerdo de ese robo por parte de Nolasco, uno de los personajes de la novela. Este se ha citado en un lugar de Santiago de Chile con cuatro antiguos militantes de izquierda, derrotados por la dictadura de Pinochet, quienes, tras años de exilio y desarraigo, han regresado a su patria y ellos quieren, y él también lo desea, continuar la lucha, seguir batallando por un Chilemás justo, por un Chile libre de la explotación capitalista y libre de los influencias de los seguidores del dictador. Antes de salir de casa, Nolasco se mira en el espejo y dice:

-Soy sombra de lo que fuimos y mientras haya luz existiremos.

Frase que indica la voluntad política de seguir en la brecha a pesar de la indiferencia general y de los cambios acaecidos durante ese tiempo en Chile.

Pero en el camino al lugar de la cita muere de 'forma grotesca golpeado por el destino ciego' ya que un tocadiscos lanzado por la ventana en medio de una furiosa riña familiar le aplasta la cabeza.

Los militantes esperan. Mas como, obviamente, no llega... uno del grupo dice: '¿Qué, nos la jugamos?' Y se la juegan. Es decir: continúan con el plan trazado y lo coronan triunfalmente.
A esa victoria contribuyen una pareja de policías haciendo la vista gorda. El autor utiliza a estos miembros de cuerpos represivos, creemos, por dos motivos: uno, porque ahora se muestra, en las novelas negras, a la policía como protagonista y hasta salvadora; la otra, para mostrar el cambio sucedido en Chile, durante los años de dictadura y de democracia, tantos que hasta la policía no es la misma de aquella que se involucró en la matanza contra el pueblo.

Bueno, pues si Luis Sepúlveda lo dice...

Está escrita con el lenguaje directo, limpio, claro, crudo, de las novelas negras, también chispeante, desprejuiciado y divertido en numerosas ocasiones. A lo largo de la narración se nos muestran algunos de los errores políticos cometidos en la lucha anticapitalista, así como se desnuda, sin crueldad, el ímpetu, la inocencia y la inexperiencia de la juventud revolucionaria.

Pero, por encima de esas reflexiones es un canto a los luchadores antifascistas, entre los que figura el mismo autor de la novela. Ya antes de empezar la novelita podemos leer la siguiente dedicatoria:

'A mis compañeros y compañeras
que cayeron, se levantaron,
curaron las heridas, cuidaron la risa,
salvaron la alegría y siguieron andando.'

Nosotros saludamos este cuento de factura honesta y además divertido; así como saludamos una obra que no reniega de la lucha revolucionaria, ni echa barro sobre esos luchadores antifascistas, como hemos vistos hacer a más de un renegado, que es como si lanzaran mierda sobre ellos mismos. Y si, además, fue Premio de Primavera de Novela 2009, convocado por Espasa Ámbito Cultural, cuyo jurado estuvo compuesto por Ana María Matute, Angel Basanta, Antonio Soler, Ramon Pernas y Ana Rosa Semprún, mejor que mejor.

martes, 19 de junio de 2012

JOSÉ MARÍA AMIGO ZAMORANO: poetisa cubana del exilio


Gladis Zaldívar; una poeta cubana del exilio, por JOSÉ MARÍA AMIGO ZAMORANO

"Viene el asedio" Gladys Zaldívar Ed. Publicaciones de la Asociación de Hispanistas de las Américas Colecc. Mester Miami, 1987

Nos envía dos libros, desde Miami, la escritora cubana Gladys Zaldívar, con el ruego de que le hagamos una crítica. No sé por qué ignotos cauces le ha llegado el conocimiento de una modesta revista como “Caminar conociendo”. Tampoco sé cómo llegó a manos de Ernesto Sierra, director de la Biblioteca Casa de Las Américas, en La Habana, hace varios años, cuando nos escribió, elogiándola; y mas tarde insistió para que le enviáramos más números, pues, según decía, era una de las más leídas en la sección en la que estaba.

Gladys Zaldívar (Camagüey-Cuba) pertenece a la que J. J. Arrom denominó “generación de 1954” que comprende los nacidos entre 1924 y 1953. Generación, amplia en el tiempo. Se exilió de su patria por los años 70 vía España.

Sus inicios en la poesía, sin embargo, no son producto del destierro: ya en 1958 aparece en la antología “Colección de poetas de la ciudad de Camagüey” y, dos años después, en otra “Lunes de Revolución”.

Sabemos, por el Conde de San Juan Jaruco, que la familia Zaldívar se instaló en Camagüey a mediados del XVIII, que llegaron hidalgos, y que preceden a la, tristemente famosa, aristocracia del azúcar; es decir: pertenece a una familia de rancio abolengo, sin que ella presuma de tal prosapia, ni mencione, en su escritura, estos pormenores históricos.

Ya hablando del primer poemario “Viene el asedio”, libro de 90 páginas, hay que decir que consta de una introducción y de cuatro grupos de poemas, separados, los dos primeros de los dos últimos, por un poema central; es decir, está estructurado en sistema binario, del que nos referiremos mas abajo; las ocho últimas páginas se reservan a notas, comentarios y bibliografía.

Los dos primeros “De las ínsulas muertas” y “Del espejo y sus bestias” son contrapuestos en contenido: en el primero, parte de una niña ausente: doblemente ausente, pues vive donde no debe vivir y anhela ascender, buscar el cielo: desaparecer. Sus poemas suenan como una moderna danza de la muerte, pero, al contrario que Quevedo, logra que la muerte se convierta en fuerza vital, “amo la vida con saber que es muerte”.

En el segundo presenta tres arquetipos: el loco, el ángel y el mago. Algo así como el Mal (“su muerte será poca para el furor de los atardeceres”), el Bien (“alza de nácar su jardín herido”) y, la esencia de la poesía, el Mago (“sueña que es el instante de un pájaro”).

Ya se sabe que la magia y la poesía quedaron soldadas desde que Baudelaire, que leía a Swedenborg, nos metió en estos andurriales. Pero no solo él sino Joyce, Eliot (ambos tuvieron inicios teosóficos)... Yeats leía a Blavatsky y Paul Valery escribió sobre Swedenborg. Zaldívar recrea los ritos tropicales de meigas y santos.

Antes de saltar al otro par, reposa en “Los epígonos del cuervo”, poema único, solitario en el centro del libro, rodeado de espacios blancos, que corta, como un cuchillo, las dos mitades opuestas: “dad aire a la muerte que de sus cuencas brotará un gesto de piedra”.

Los dos últimos grupos de poemas, “De las pálidas cuerdas alzándose” y “Del huésped de los dones”, son una binaria contraposición de poesía popular y culta (sigue el dos imperando); en la primera, los rótulos de los poemas están subtitulados entre unos paréntesis muy significativos: bolero, canción, danzón, guaguancó, seguidilla, saeta, escritos en versos de arte menor: “muda ceniza / cayendo sobre voz / de ausencia y llama”, “el alba ausente / del gélido azahar / que alza su puente”.

Se adentra de esta manera en la música para que oigamos su palabra.

Zaldívar termina desplegándose por su universo literario, dándonos su visión, en un homenaje particular, de sus (se supone) escritores favoritos: Cervantes (“la mano ausente ajustando una visera de aire”), La Avellaneda (“ínsula en desdicha tu silencio”), José Martí (“en cojines de sombra transportan mi palabra”), Antonio Machado (“estela inscrita en el desnudo pie del sueño”), Mariano Brull (“instante asido de fulgor como la muerte”), Borges (“sólo se abre para esta milonga el eco del silencio”), Miguel Hernández (“socorrer los filos del azul y no la herida es el cuidado de tu gesto”) y Lezama Lima (“asciende con nosotros como una prodigiosa floración de llaves”).

Uno de los fundamentos básicos de esta poesía es la acción binar. Está en el esqueleto de los versos, en los títulos, en el andamio del libro; eso sí, poniendo un puente (un poema) en la mitad del libro. El yo del principio se divide entre muerte y resurrección. Luego, en la siguiente, la palabra se esconde en la magia; en la segunda, se refugia en la música. Resumiendo: todo pensado en base dos, como lenguaje de ordenadores: 1. lírica recóndita de la muerte y 2. lírica de la realidad externa.

Aunque su poesía no está comprometida de militancia anticastrista, sí hay algunas alusiones claras a la patria perdida y un halo de nostalgia circunda algunos poemas: “no sé donde he escondido mi país; / un puente de pájaros fabrico para encontrar su azul amanecido/ y sólo viento, como un negro áspid, se levanta”.

Si pusiéramos un ejemplo de su postura contraria al régimen actual, correspondería, claro, a la última parte que hemos denominado “lírica de la realidad externa”; concretamente, en el poema dedicado a José Martí “Pequeña sinfonía para sordos” que comienza así: “En las aguas mitrales de la castración me han sumergido / y con mis genitales han adornado sus sueños / y con mis dientes han ataviado sus atroces muñecos de odio”..., para terminar esperanzada: “Pero crecen desde mi cráneo las espigas...” .

Aludimos a esto porque resulta curioso que, tanto castristas como trasterrados, nos envíen sus misivas, a nosotros, que somos, prácticamente, un cero a la izquierda en la cultura poética de España.

La verdad aparece meridiana: están solos los cubanos y quieren que el mundo les escuche. Escuchémosles.

Pequeña sinfonía para sordos

(del poemario “Viene el asedio”)

Bajo la yerba Yo también creceré (José Martí)

“En las aguas mitrales de la castración me han sumergido Y con mis genitales han adornado sus sueños Y con mis dientes han ataviado sus atroces muñecos de odio. En cojines de sombra transportan mi palabra, En pinos calcinados inyectan esta sangre que padezco Y al fondo de la mar sus buzos ciegos Si van tras mis peces de luz y mis ventanas. En las tierras lustrales de la muerte me han castrado Y con mis huesos fabrican una arquitectura clavileña Y con mi recuerdo engalanan la casa de miedo y de ceniza. Pero crecen desde mi cráneo las espigas, Se asoman por el blanco enrejado de mi pecho Y en la pelvis fragmentada se agolpan verdinegramente, Se hacen fuertes en la memoria del amor Y rompen hacia arriba como un canto y abrazan Fronteras innombrables, cisternas ensangrentadas y castillos. Bajo la yerba, yo también creceré, seré el verdor Que abriga de estatura la montaña y viajaré hasta el extrremo De la yerba para ver un sol verde y luna verde”.

Gloria Zaldívar

(tomado de: http://www.editorialcelya.com/esdcdetalle.asp?ID=333)

Socorro a poetas en peligro


Título: Omisión de socorro a poetas en peligro

Título original: Non assistance à poètes en danger

Autor: René Depestre

Edita: Fundación Sinsonte

Depósito legal: AS-4594/2008

ISBN: 978-84-935337-3-1

Con fecha de 2008 la Fundación Sinsonte, esa pequeña editorial radicada en Zamora, ha publicado el libro de poemas Omisión de socorro a poetas en peligro del poeta haitiano René Depestre. Magnífica labor la de esta editorial que ya por el hecho de ofrecernos en primicia estas creaciones de escritores de paises pobres merecería ser elogiada. Empeño más meritorio aun cuando no obedece a fines lucrativos ni oportunistas. Por la fecha se aprecia que no es producto del sismo que hundido todavía más a Haiti en la pobreza. Los que alientan la labor de la Fundación Sinsonte no quieren recrearse en el dolor del desdichado pueblo haitiano, ni de ningún otro pueblo, sino que muestran en el pentagrama del idioma castellano las notas poéticas de excelsos escritores caribeños, dejando patente ante el lector que la poesía, la auténtica, no tiene marchamo de mundo rico o pobre. Otra cosa es que los asuntos que salen a la luz en los poemas sean motivados por un origen de clase determinado o por el momento histórico en el que surgen.

Con un extenso prólogo de Joëlle Guatelli-Tedeschi, Omisión de socorro a poetas en peligro, es una traducción colectiva que dirige ella misma y Adoración Elvira Rodríguez. Ese colectivo pertenece al Seminario de Traducción Literaria Colectiva, Departamento de Traducción e Interpretación, Departamento de Filología Francesa, Universidad de Granada. Y como en una labor colectiva todos aportan su grano de arena nombraremos a todos los miembros del Seminario de Traducción: Zahira Carles Navarro, María domínguez Gómez, Lorena Garía Moros, Antonio Pérez Ordoñez, José Antonio Ramos Pérez, Francisco Javier Rodríguez Cantueso, María Ruiz Velasco y Francisco Salas Cañizares, capitaneados, claro, por las dos más arriba mencionadas.

Omisión de socorro a poetas en peligro es un poemario compuesto de tres partes denominadas movimientos; a saber: 1º, ¿Quién teme a la historia sin fin?; 2º, Odas a lo real maravilloso femenino y 3º, Mitos sin norte. Es el testamento poético de René Depestre porque la edad le dice que tiene los años contados. Testamento que, como no podía ser de otro modo, termina en epitafio: Cuando vuelva su canto al polvo / de los caminos, plántenle un jardín / con frutas mañaneras de un abril imposible.

Nuestro Depestre

No sabemos si René Depestre leería a Machado (D. Antonio) Cabe esa posibilidad. Lo mencionamos porque ese epitafio nos ha recordado a nuestro poeta. La reivindicación de Toussaint Louverture, en este poemario del poeta haitiano, nos ha llevado también a parar mientes en que el poeta de Campos de Castlla, poco antes de morir, elogió a Enrique Lister, Comandante del V Regimiento durante nuestra Guerra Nacional Revolucionaria de 1936/39. Y su ternura también es la ternura del poeta español. Nos gusta imaginárnoslo así, que se le va a hacer. Advertimos que cualquier parecido con la realidad de todo lo que se dice a continuación tal vez no sea mas que mera coincidencia.

Omisión de socorro a poetas en peligro, ya casi en el mismo frontispicio del libro, se abre con un canto a Toussaint Louverture, al huevo fresco de su rebeldía (*), al capitán rebelde que tañó las primeras campanas de la curación para el desdichado pueblo haitiano. ¿Por qué ese canto ya al principio? Bueno, pues porque después de haber recorrido buena parte de su vida militando por la independencia de los paises colonizados, por la libertad y contra la dictadura, primero por libre y luego haciéndolo dentro de partidos marxistas leninistas en numerosos paises del mundo como Checoeslovaquia, Argentina, Brasil, Chile, Cuba... Y luego de haberse dado de bruces con la burocracia, de haber asistido a la desunión de dirigentes revolucionarios, ahora, ya libre de mitos y utopías de presa (según sus palabras) su cuerpo, cuando piensa que eso por lo que luchó se ha esfumado, transformándose en ceniza, en polvo; materia en la que pronto se convertirá él mismo; ahora, precisamente ahora, que aun le hierve la sangre adolescente se queda con lo que dio resultados fehacientes: la rebelión negra dirigida por Toussaint Louverture que consiguió liberar al pueblo haitiano de la esclavitud e independizarse del imperialismo francés como país.

De modo que reivindica, vota por eso, por la rebelión. Armada, claro está, si no fuera posible otra vía; rebelión para evitar el eterno retorno del látigo; rebelión para lograr el arte de vivir en democracia, en libertad, junto a otros, aunque su pensamiento tenga matices diferentes al nuestro; vota por eso: por la rebelión contra las infamias de la fe y la nación; que es votar contra los mercaderes blancos o negros de la globalización.

Este mestizo del golfo y de raices de Jacmel reivindica además, porque es descendiente de esclavos, la Negritud, piragua llevada por los poetas Senghor y Cesaire; pero no una Negritud exclusiva, racial, étnica; sino una Negritud universal sin escala en la sal racial de las tormentas; en ella entrará Neruda, con su olor a flores y a pan recién cocido; un Neruda que va contando la aventura rota de los sueños; con él y con un numeroso grupo de amigos, menos famosos que los poetas Senghor, Cesaire o Neruda, y con las mujeres que tanto amó, mujeres que saben dar al hombre, a su júbilo, la ligereza del colibrí; con todos y con todas formará una bando de ruiseñores de la libertad; banda dedicada a sembrar, regar y recoger los trigos fraternos; banda con la que no temerá a bancas mundiales ni a los yanquis de la globalización.

René Depestre en el otoño de sus días reivindica también los poemas de los años de infancia porque él es un niño. Y así se retrata: niño poeta maravillado.

Un retorno a la niñez que es natural, espontáneo, a la mayor parte de los viejos. Solo que en él nace de la reflexión poética. René Depestre se ve niño y viejo al mismo tiempo. Niño-Anciano. Viejo-Niño. Si. Todo eso. Pero un viejo verde como se puede leer en el segundo movimiento: Odas a lo real maravilloso femenino. Viejo verde; es decir: un hombre reverdecido como alegre otoñada; viejo verde que aun se empalma como toro al soñar en otra llama; que no gris, agrietado y caduco. Un rebelde donde el ocaso haitiano enciende su quinqué en la frente desolada.

Su vida llevada por el flujo imanado que regula sus días y sus viajes retorna a la sangre rebelde adolescente. Y una vuelta a la niñez de poeta maravillado en verdecida vejez. Es una alegre otoñada, tierna, luminosa, como la de Machado, que nos lega en herencia y que resume en su epitafio; un epitafio que bien pudiera expresarse así: Cuando retorne su cántico a la polvareda de los caminos, hacedle unas exequias de labores y esperanzas plántándoles todos vosotros unos jardines con frutos aurorales de un abril imposible.

Es como si escribiera, o nos escribiera: yo he vivido, he luchado, me he rebelado y se me han ido, como humo, las utopias y los mitos; a mi se han esfumado; son, en mis viejos días, estrellas muertas; aquellos esquemas de antaño se me han hecho cenizas, polvo, a mi; tengo ya el cuerpo cerrado a utopías; pero vosotros, los que seguís ahí, rebeldes, hacedme un duelo de labores y esperanzas; es más: tratar de materializar esa primavera por la que luché para que brille el sol largo tiempo en mis cenizas; a cada ofendido, como hermano, ofrecedle mi fuego; a cada humillado, como amigo, ofrecedle la alegría de vivir de aquel último aro de mi infancia: el júbilo de un volver a empezar .

Algo así como Machado nos dejó escrito: vivid, la vida sigue, los muertos mueren y las sombras pasan; lleva quien deja y vive el que ha vivido: ¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y René Depestre nos ha dejado su poesía y su vida rebelde; su teoría y su práctica de negro cimarrón, que en Omisión de socorro a poetas en peligro queda escrito para los años venideros. Amén.

___________

(*) La mayor parte del escrito está compuesto con versos del poemario citado.

lunes, 18 de junio de 2012

Leyendo una antología de Nancy Morejón


Libro: Peñalver 51
Autora: Nancy Morejón
Editorial: Fundación Sinsonte
Zamora, 2009

Peñalver 51. Así se titula este libro de Nancy Morejón. Poetisa cubana. Supimos de esta escritora por una revista que, en tiempos de la llamada Revolución Sandinista, publicaba el Ministerio de Cultura, por aquel entonces comandado por el gran poeta Ernesto Cardenal. Revista cuyo papel aspero y un tanto arrugado parecía ese que se dice de estraza. Llevaba una cuerdecilla para sujetar las páginas. Revista que nos regaló un amigo, un camarada, quien, con una delegación del partido en el que antaño militábamos, acudió a solidarizarse con aquel gobierno revolucionario. 'Poesía Libre' se rotulaba. Revista entrañable. Algunos de cuyos números aun conservamos. El tema de la poesía de Nancy, que mencionábamos mas arriba, era la esclavitud.

Bueno, pues mira por donde, hace poco tiempo, la editorial zamorana Fundación Sinsonte ha publicado este librito. 2009 fue el año. Lo hemos leido varias veces, pues no es facil hacerse con el decir poético de otras latitudes así de repente. No, no es fácil hallarse a gusto con un nuevo estilo. Uno se hace a unas sonoridades y cuando otros acordes arriban al oído a veces raspa el timpano. Ocurre muy a menudo. Pasa como con el vino: se hace a uno y luego cuando nos dan de otras viñas no nos gusta. Contaba un antiguo camarada que, estando en la cárcel condenado por la dictadura franquista, fue a la biblioteca y allí tenían el libro de Marcel Proust 'En busca del tiempo perdido'. De él le habían dicho que no había quien se lo tragara. Efectivamente, comenzó a leerlo y varias veces estuvo a punto de abandonarlo. Pero siguió erre que erre y antes de la mitad del libro consiguió hacerse a su modo de decir terminando por gustarle. Recordamos nosotros a un compañero que era tan aficionado al chiquiteo, es decir a tomar vinos por las tabernas en cuandrilla, y tanto se hizo al vino peleón que cuando, por un azar, alguien pedía un buen vino de Rioja o de Toro o de Ribera del Duero prefería el vino corriente de los bares. Así nos pasó a nosotros con la poetisa cubana: tardamos en cogerle el gusto.

En Peñalver 51 viene un currticulum y una foto de la escritora. Por la foto comprendimos el porqué del tema de la esclavitud. Es negra. Y la inmensa mayoría de los escritores de esta raza tiene a eso, a la esclavitud, quemándole, doliéndole. Lo expresó en verso uno de ellos así: 'Como astilla en la herida'. En Nancy Morejón, sin embargo, le inquietan muchos temas. No es monocorde. Y este libro, muestrario breve de su quehacer, es un ejemplo. La Universidad de Salamanca ha publicado buena parte de sus creaciones. Y es amplia: mas de 20 títulos. Entre ellos: 'Where the Island Sleeps Like Wing (antología bilingüe, 1985); Piedra pulida (1986); Botella al mar (antología, 1997) Elogio y paisaje (1997); Richard trajo su flauta y otros poemas (2000); La Quinta de los molinos (2000); Cuerda veloz (2002); Looking Within / Mirar adentro (2003); Antología poética 1962/2000 (2006). Es Premio Nacional de Literatura 2001, miembro del jurado del Premio Carbet del Caribe, miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua. Así mismo  premio La Corona de Oro de Macedonia, premio Rafael Alberti y la condición de Escritora Gallega Universal. La Universidad Cergy-Pontoise de París le otorgó el doctorado Honoris Causa.

Por lo que nosotros hemos podido sacar, este poemario Peñalver 51 nos deja ver o entrever la humanidad de la cubana. En los primeros poemas (que son los últimos escritos) asoman, sin cendales, las protestas como gritos iracundos contra la guerra de Irak, contra los invasores. Los pájaros heridos, sucios, muertos, las alfombras raidas, la indignación por las muertes de inmigrantes ahogados en el mar cuando, embarcados en pateras, iban a trabajar a un mundo que creían mas justo, son sus imágenes. Y todo se le vuelve negro. Negrísimo. Mas se contraresta con la alabanza y celebración de los logros de la Revolución Cubana. Luego poemas intimistas... Pero mejor que nosotros lo dice la misma autora:

"Peñalver 51 no tiene explicación como no la tiene tampoco un solo poema ni la poesía. Sin ser devota de Lautreamont, digo que la poesía no nos pertenece. Escribo poemas en cualquier circunstancia. Luego los agrupo en familias sin que me importe la marca del tiempo, puesto que en una familia conviven diversas generaciones. Los que quisieron integrar este poemario son tan entrañables como lo es para mi todavía la memoria de mis padres y el espacio de mi primera infancia en el corazón de La Habana... Hay poemas del siglo XXI, de los noventa, de los ochenta y setenta, mientras que el último data de 1964. Como el amor es la flecha que recorre mi vida este poema pone fin a una suerte de cancionaro capitalino, cubano y mío hasta la saciedad".

Para terminar queremos mostrarles un poema. Sin que ello quiera decir que tenga símbolo de preeminencia. 'Momento perpetuo' se titula:

Una mañana de pronto es una noche.
La madera del bosque es de pronto una hoja de papel.
El arroyuelo entre los valles es poco a poco
un océano profundo y azulado.
Una fragua de fuego es mañana, de noche,
una brillante fuente de cristal.

Sobre cualquier desierto grávido
sólo encuentras arenas
únicamente removidas por el viento ligero de los aires.

¿Quién te asegura que no llegará un día
el próspero aguacero?
Tanto se mueven las cosas a tu alrededor.
Hasta tu país cambió. Lo has cambiado tu misma.
No es ya la Isla en el Golfo
reverberando entre cañas
sino reverberando entre fusiles.
El Tiburón, con su espantosa lágrima,
fue arponeado para siempre en la Isla
y la Sardina acude al funeral.

La tierra de la tembladera
no es solo barro contrahecho
sino que continúa su curso,
devoradora de todo lo animado.

Ayer, a pleno sol, el hueso de la muerta
engendró yerbabuena.
Para su ensoñación mejor,
el buey apacentado
lame el estiercol de los gorriones.

Qué fría la luna.
Qué sol fosforesente.

Y el alma, ¿cambiará?
Has de cambiarla tú.
¿Será inhóspito el tránsito?
¿Habrá de ser palpable,
sin una gota de violencia?
Mientras sea la de hoy
siendo con creces la de ayer,
serás la de mañana.
Serás la misma y serás siempre,
al mismo tiempo, otra
la que vive y que muere
para vivir así.

(págians 61, 62 y 63 de 'Peñalver 51'

domingo, 17 de junio de 2012

Acerca del libro 'Radiografía de la Pampa'


Esta inmensa Argentina de tres millones de kilómetros cuadrados a donde se han refugiado miles y miles de españoles, italianos, judíos, alemanes… que ha producido a Evita Perón, al Che Guevara, a los ‘gorilas’, ‘montoneros’, ‘piqueteros’ y al ‘corralito’, entre otras muchas cosas, atrae como un imán y más, ahora, cuando, su máximo gobernante, parece plantarle cara a las multinacionales con el ‘buche’ a la cabeza.

Y a mi me ha atraído, personalmente, desde cuando la revistaÍndice reprodujo un párrafo, allende el tiempo de ‘mi juventud más joven’, del ensayo ‘Radiografía de la Pampa’ de Ezequiel Martínez Estrada. Recuerdo que esas líneas me produjeron una fuerte impresión. Semejante a cuando, en el Museo del Prado, vi por primera vez unas pinturas de maestros holandeses. Han pasado bastantes años y aún lo tengo grabado en la memoria: iba yo contemplando las salas de los pintores clásicos españoles GoyaVelázquez… cuando, de pronto, recibí como un golpe de luz que me… no sé cómo decirlo… hizo casi daño, daño en el sentido de que me extrañó. No me eran familiares. No que no fueran reales, sino que no eran de mi tierra, de lo que yo mamaba a diario. Comprendí, de golpe, bien joven, que cada pueblo se hace, a lo largo del tiempo y en un lugar concreto de la geografía del mundo, su propio estilo. Va creándose así mismo. Nada extraño por otra parte, pues el arte como la literatura es un reflejo de la realidad. Lo mismo que esas mujeres coloradas, bien comidas y bebidas, que aparecían en los cuadros, eran una copia de las mujeres holandesas que trajinaban por su país.

De modo que, ahora, acicateado por la actualidad política decidí, por fin, un poco tarde, leer ese libro con la intención de conocer algo Argentina y, de paso, ver el por qué de mi juvenil extrañamiento.

Llanura inmensa, la pampa desafía nuestro entendimiento. Hay que verla para creerla. Y los hielos antárticos y la altísima cordillera de los Andes, para más INRI, a los lados. La vista se pierde en la lejanía, los ojos se marean, se empequeñece y se anonada el espíritu. Solo queda aguzarlo y apoyarse en el testimonio que dan sus vestigios, las huellas del pasado en el personaje más importante: El Tiempo Inmemorial. O las reflexiones de los que participaron activamente en la construcción de su edificio, ante la imposibilidad de recorrerlo personalmente; no solo por no poder ir sino porque, aunque pudiéramos acercarnos físicamente, siempre quedarían rincones, pequeños o grandes, lugares recónditos, ciudades, veredas, microclimas,… que se nos pasarían inadvertidos. Repetimos: no en vano, son tres millones de kilómetros cuadrados. Así planteado, no hay más remedio que comenzar la andadura por lo primero, por la descripción de la tierra desnuda, lo que, en el ‘Canto general’Neruda, el poeta chileno,‘navegante que volvió de los mares’, denominó ‘América sin nombre’. Pues eso… Argentina sin bautizar primero, luego su posesión por el hombre, su colonización y, finalmente, el intento de descubrir las caras y las aristas de la cristalización hecha durante el proceso histórico, con el objetivo de que se nos revele el alma colectiva del pueblo con sus defectos y virtudes. Sobre todo sus defectos.

Eso es, a grandes rasgos, lo que hace Martínez Estrada en su ‘Radiografía de la Pampa’. Introducirse en las páginas es como meterse en Argentina: ver desfilar, ante nuestros ojos, plantas y animales, cosas y personas; tantas y tales, que, a veces, nos extrañamos de lo que pasa y tenemos que alzar la vista y mirar alrededor, para no perdernos, ante el cambio de perspectiva: lo que antes era casi aérea, baja de pronto a ras del suelo. No es que haya descripciones así, ni nada por el estilo, da esa impresión; quizás porque, inmersos en espacios colosales, nos sorprendemos, a nosotros mismos, repentinamente, contemplando a una mujer que sale de casa dirigiéndose al trabajo; al tahúr, jugándose el poco o mucho dinero que tiene a la lotería; al rico, mandando construir una mansión enorme en medio de casas miserables o rascacielos enormes; o mirando un microcosmos de calles, casas y fachadas singulares; aquí, nos pone la carne de gallina el manejo del cuchillo y su arte del degüello; y no bien hemos dejado al guapo del barrio, con su navaja, nos damos de bruces con el compadre y el guarango; acá, nos encontramos con el jesuita que aprende guaraní para transformarse en agitador incitando a los indios a la rebelión; ahí, acudimos a la catedral, recargada de ornamentos, pura fachada que esconde los miedos bajo toneladas de pinturas, esculturas y bajorrelieves, ajenas al misticismo y la oración recogida con el dios de cada cual; allá, asoma el funcionario sin cortapisas, el militar salvapatrias haciendo de su capa un sayo, porque sí, porque le sale de los cojones; acullá, el obrero uncido a la máquina que apenas sabe manejar; o, como si de un parque jurásico se tratara, vemos a los dinosaurios pastando en la pampa; para, a continuación, dar un salto de millones de años entre rebaños de caballos y vacas, camino de los pastos o del matadero, guiados por gauchos; en fin, niños, chacareros, banqueros; comerciantes, estancieros; emigrantes, jornaleros; pobres, ricos; indios, mujeres; políticos… Todos tristes, infelices, sin fe, sin proyectos, sin pasado… solos.

‘Radiografía de la Pampa’ es uno de esos libros al parecer completos. Abarca desde la geología hasta los estados del alma. Quizás un poco repetitivo, reiterativo, circular, pero sin monotonía. Aparentemente caótico, encierra, sin embargo, una estructura con voluntad de síntesis y análisis. Y el hecho de estar dividido en 6 partes y cada parte en 3 capítulos sugiere, a algunos lectores, una construcción matemática cuya expresión literaria adquiriría la forma de una asociación de la lógica con la poesía; poesía encarnada en él mismo que es la norma, la regla y el cedazo con que criba lo ve.

Y ahí radica, creo, su debilidad como ensayo científico y su grandiosidad como ensayo literario. Efectivamente, puede que no esté uno de acuerdo con toda la explicación que da de la historia argentina; y menos con su planteamiento ideológico, un tanto irracionalista. Por algo su filósofo preferido fue Simmel. Pero eso es lo de menos cuando de una obra de literatura se trata y no de un manual de filosofía. En cambio, de su manera de escribir, de sus frases alargadas y apretadas como ‘la vegetación se aprieta en una solidaridad de rebaño abandonado’, de sus párrafos enormes, de su estilo, lleno de chispazos como el del cuchillo que ‘exige el recato del falo’, ¿qué se puede decir?… A pesar de que el idioma es el mismo: el castellano; y las palabras las mismas: las de Castilla…; algo hay, en él, que nos revela, por las formas y los engarces de los vocablos utilizados, y por las mismas palabras, que, aunque el idioma, originalmente, haya venido de España, como vino, ha adquirido ya otros valores, calores, olores… ‘maderas combustibles que se evaporan en fuego, como los ríos en aire’. Por eso choca. Choca esta inmensa y densa ‘Radiografía de la Pampa’. Junto a ‘Facundo’ y ‘Martín Fierro‘ constituye, según afirmaGregorio Weinberg‘uno de los libros fundacionales de la literatura argentina y latinoamericana’. No por casualidad terminó Martínez Estrada viajando a Cuba, alabando su revolución y escribiendo una biografía monumental de José Martí otro de los grandes poetas continentales.

En fin, Ezequiel Martínez Estrada, desde su ‘corralito’ argentino, fue un gallo que lanzó, en 1933, este amargo y pesimista canto al alba americana y hoy resuena en todo el mundo. Lo hemos leído con gusto y desde luego nos ha ayudado a entender un poco su más reciente historia protagonizada, sangrientamente, por ‘gorilas’ asesinando ‘montoneros’ y hasta robándoles sus hijos.


José María Amigo Zamorano es escritor y maestro.


(COPIADO DE LA PÁGINA WEB 'EL GRITO' DE LA EDITORIAL 'CELYA')

viernes, 15 de junio de 2012

José Mª Amigo Zamorano: Aimé Césaire, protagonista del relato


 MARTES, 27 DE MAYO DE 2008

Aimé Césaire en el recuerdo: José Mª Amigo Zamorano

Un relato ciertamente antiracista

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía, por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola. 

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste. 

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos. 

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra: 

-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño. 

Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba: 

-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:

-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre. 

No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?... 

Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:

-Traigame un café, por favor.

-Perdone... quería preguntarle...

-¿Si?

-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...

-Pregunte.

-Ya... pero... es que me da miedo...

-¿Miedo?

-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...

-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, ya, joder!

-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cruzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar:

-'Que bien habla... a pesar de ser negro'.

La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:

-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.

-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos. 

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraídos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..

-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, áspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eran... eso si, de clases diferentes, pero... eran negros... lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legítimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecía un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París, hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella. 

-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!

-¡¿Qué será de ella!? -se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia. 

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes. 

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traído desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama. 

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es difícil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raíz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:

-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).


Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuando deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales. 

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.

De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.

Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'

Respondió él riendo: '¡Hideputa!'

Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas. 

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad, con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu.

Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción, por muy sonora o sangrienta que hubiera sido, no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial. 

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.

-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o tal vez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...
___________
(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire. Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Rubén Darío: Elogio del Amor (*)


He leído 'El hombre de oro y otros relatos' del poeta nicaragüense Rubén Darío. Nada del otro mundo. He destacado estos párrafos, por resaltar algo. En ellos se compara la idea de Pablo de Tarsis acerca del Amor con la que tenía, según el autor, Varo, un poeta romano. 

Estas son las palabras:


... 
Vos pensáis en el Amor como fiebre de la sangre y trabajo del cuerpo: yo os digo que el que fornica, contra su cuerpo peca.

Y Varo había murmurado suavemente delante del trueno:

-Mas mirad cómo la omnipotencia del Amor que procrea y fecundo se siente sobre todas las cosas, y todas las cosas están sujetas a ella. 

¿Por qué vos, elocuente y sabio, predicáis en contra de la Naturaleza? ¿Iréis a ecir esas palabras a las palomas de los nidos y a los tigres de Hircania? ¿Las diréis a los peces del mar, a las semillas de la tierra y a las parras fragantes que dan coronas a los poetas? 

Yo soy un poeta, señor, y vuestro Dios, os confieso, si me quita los labios de las mujeres y los cálices de las rosas, me da tristeza y me da miedo.

Luego proseguía manifestando sus desfallecimientos subitáneos y su deseo de encontrar ayuda.
...



__________
(*) Rubén Darío en 'El hombre de oro'. El título es nuestro.

lunes, 20 de junio de 2011

José Mª Amigo Zamorano: Seeber Bonorino (*), una mirada desde las entrañas

Los diez relatos negros de 'Un paquete para el mánager' (*) le sirven de pretexto a su autor, Arturo Seeber Bonorino, para lanzar una mirada  a su tierra argentina, tras veinte años de vivir en España, para recordar su niñez, su juventud, su vida de estudiante en colegios religiosos de los que fue expulsado, para acordarse de su afición por el boxeo y traer al teatro de su memoria personajes de ese deporte que conoció: Pascualito Pérez, "Mono" Gatica, Abel Laudonio, "Ringo" Bonavena, Accavallo... y su entrevista con el escritor Borges.

Relatos que -afirma el autor- 'tratan de parecer historias verosímiles'. De hecho, casi todos los recuerdos que hemos mencionado, aparecen en los relatos. Los boxeadores, escritos más arriba, se citan colocándolos, la mayor parte de las veces, como así sucedió en la realidad, en la miseria después de haber acariciado la fama y el dinero. Como una de las excepciones se cita a Accavallo que al retirarse del cuadrilátero invirtió bien su dinero. La mayoría, como Pascualito Pérez, borracho y andrajoso pidiendo limosna cerca de Luna Park teatro de sus triunfos o "Ringo" Bonavena al que le descerrajaron un tiro en Las Vegas.

Diez relatos de gente humilde, de los pobres de 'villa miseria', de sus sueños de gloria, de dinero, de lujos, de felicidad, lejos de la calle 'que es lugar para andar pero no para vivir', ilusión por 'una casa de uno, esposa y unos hijos bien vestidos, que van al cologio, estudian y despues son abogados o médicos', como se lee en uno de los relatos.

Mas ¿qué podemos decir de los relatos desde el punto de vista literario? 'Desde el punto de vista literario', ¿qué quiere decir?... ¿la relación de forma y contenido?... ¿eso se mide?... ¿cómo?... En fin, no sabemos que es eso o si alguien lo tiene en cuenta. De lo que estamos seguros es de esto: si un texto nos gusta o no nos gusta. Y si, a nosotros nos gusta. Pero los gustos son tan diversos y dispares que todo lo demás entra en el terreno de lo puramente objetivo. Y la pureza no se da en parte alguna. O si se halla, es tan limpia, aséptica, fría, neutral que a nadie se la levanta. De modo que uno lee un texto con todo lo que uno lleva dentro de impurezas: simpatía o desprecio por el autor, la editorial, el tema... y no se puede uno ver libre de todo ese bagaje; de modo que, como decía Bergamín, uno es sujeto y no objeto. 

Algunas veces, a pesar de odios o animadversiones, también llegamos a intuir que hay fuera, de esas toneladas de barniz que tenemos, una belleza ajena a nuestro ser más interior; pero se da pocas veces; por ejemplo: reconocemos que no nos atraen los betseller, pero en alguna ocasión hemos pensado que no todos son malos: leimos 20 páginas de 'Los pilares de la tierra' y llegamos a la conclusión de que el autor combinaba muy bien los elementos; no seguimos leyendo; otra vez leímos, por nuestra afición al mundo negro, una beselerada novela entera sobre Kenia y la revuelta del Mau Mau y era malísima y mas falsa que una mula.

Señalada esta contradicción, volvamos a Seeber Bonorino: de él nos atrevemos a decir que resuelve con honesta factura los relatos, sin falsear la realidad, pero si, tal vez, apaciguando su fría e inmisericorde brutalidad; así, después de un hecho horrible, un relato termina de esta manera: 'comenzaba a acampar y por un ventanuco vio aparecer la silueta del sol, como burlándose'. Y punto. Sin regodearse con la muerte. Con lo macabro. Un acierto. Y otra virtud, quizás la mas meritoria: el reflejo de la vida, de la realidad de Argentina o de Buenos Aires, desde esos seres pobres, marginados, que viven para sus anhelos, para sus sueños, que miran y parece que sus ojos están vueltos a sus entrañas, sin que lo que está fuera atraiga su atención: ni política, ni ideología, tampoco el paisaje urbano, pues nadan en él como el pez en el agua, y menos la vegetación o los fenómenos atmosféricos. La cita última sobre el sol, o la lluvia, los charcos y algunos árboles en otro, son la excepción.

Con todo, en estos diez relatos, sobre esta reducida población bonaerense, casi un microcosmos, se dan todos los elementos de la relación humana: los amores, los celos, el encornamiento, la amistad, la bondad, la ira, la venganza, la mansedumbre, el sexo, las drogas, el machismo, el maltrato hacia las mujeres...  la corrupción de la policía, las torturas en cuarteles y calabozos como efectos de una dictadura... Que, suponemos, todos ellos completan los recuerdos de Seeber Bonorino, junto a los que mencionábamos al comienzo. Y que, nos imaginamos también, sus relatos le han servido de pretexto, además, para repasar parte de su vida.

__________

(*) Obra: Un paquete para el mánager. Relatos negros de boxeo
Autor: Arturo Seeber Bonorino
Editorial: Ediciones El Garaje S. L.
Primera Edición: Mayo 2011
Colección: Garaje Negro