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lunes, 18 de junio de 2012

Duros relatos de boxeo


Los relatos de Seeber Bonorino

Libro: Un paquete para el mánager. Relatos negros de boxeo.
Autor: Arturo Seeber Bonorino
Editorial: El Garaje Ediciones S. L.
Primera Edición: Mayo 2011
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¡Qué cosas tiene el boxeo! 

En el transcurso de la lectura recordé a Cestona, a Urtain, a su tímida esposa y a su hijo. A Iraeta, el barrio de Cestona donde vívía el boxeador. La chuleta que cenamos mi compañero y yo aquella noche en el bar de Iraeta. Allí estaba el campeón cenando con su cuadrilla. 

Esa lectura, que acabo de terminar, es 'Un paquete para el mánager. Relatos negros de boxeo' de Arturo Seeber Bonorino. Título de la primera de las narraciones. Dies relatos con prólogo y un 'Glosario', componen el índice de estas 159 páginas. 


Y un glosario, ¿para qué?, preguntará, sorprendido, el lector de estas letras. Pregunta muy pertinente y respuesta necesaria: los relatos están redactados en el castellano particular de Buenos Aires y hay palabras, pocas, pero las hay, que son desconocidas del  público lector de las Españas, como por ejemplo: 'ababatar' (avergonzar), 'colectivo' (autobús), 'garpar' (pagar)... 

Redacción porteña de un escritor bonaerense afincado, aquí, en España, hace ya mas de veinte años y al que prometí, en Facebook, escribirle unas palabras sobre su obra. Sin que él me las pidiera. De su vida, algo se trasluce en la introducción, pues además de darnos una explicación del origen de estos relatos negros, a veces negrísimos, que surgen de ganar un premio literario... 

(ojeo la introducción y... no... no es aquí donde lo dice)... 

Sigo: de esa presentación saco que nació en Buenos Aires, que fue aficionado al boxeo, que participó en peleas, que conoció a Bonavena (de quien yo, que no tengo ni puta idea de boxeo, oí hablar antaño) y a otras figuras de Argentina, que estudió en colegios religiosos católicos de los que fue expulsado, que de su educación religiosa le ha quedado una rebeldía contra ella (o eso extraigo) porque asfixia las mentes y divide a las familias. Pone el ejemplo de un miembro de su familia (un tío suyo) separado de su esposa ('no existía el divorcio vincular') al que 'por severa imposición del párroco' prohibió que 'fuera recibido en casa de sus padres', de sus propios padres.

Esa rebeldía contra la educación católica la eleva a alegría y gratitud hacia la enseñanza laica cuando recuerda al boxeador Accavallo: se estaba examinando en un colegio laico y un compañero tenía una radio pegada al oido y oyó que decía ¡ganó Accaballo!: "con la bolilla en la mano, pegué el grito de: ¡Hurra!, un hurra que debe de haber hecho retumbar el aula. No obstante, por uno de esos raros milagros, se me permitió rendir el examen, y aprobé".

Rebeldía que se posa en sus relatos hechos de diversa factura en las que, en unas, domina el diálogo y en otras no tanto; la mayoría, escritas en tercera persona; la rebeldía contra la iglesia católica, apostólica y romana se va extendiendo a toda la sociedad tal y como está establecida: rebeldía contra los prejuicios machistas, contra el maltrato de los mujeres, contra la represión policiáca, contra la corrupción de esas fuerzas, contra el mismo destino que empuja a esos 'negros de mierda' a la miseria, a la muerte; rebeldía contra el racismo, pues esa expresión, 'negros de mierda', refleja todo el racismo de la sociedad argentina; rebeldía contra la dictadura de los 'milicos' que hizo desaparecer, asesinándolos, a mas de 20.000 personas...

Así lo veo yo.

Si bien, los relatos no son político-ideológicos, sino 'relatos negros de boxeo'. Y si cuenta algo de todo lo anterior es dentro del ambiente del boxeo. La política, la ideología, llega muy atenuada  porque los que andan en los relatos, son gente pobre cuya meta es salir de la pobreza, soñar con otra vida mejor y no militantes políticos. De allí salieron las figuras del boxeo argentino. Ya lo dice el autor nada más abrir el libro: 'El boxeo no es un deporte de señoritos'. 'El boxeo -añade a continuación- es una suerte de revancha de los que poco o nada tienen, una forma de civilizar el resentimiento y la violencia'.

Diez relatos, duros, negros, negrísimos, no aptos pios, acobardadicos... de los cuales resalto, porque atenúa la cruda realidad, uno casi tierno, el relato titulado 'El mortal gancho de derecha' y su personaje 'El Rulo' recordando lo que el autor dice: 'debo reconocer que al gestarlos (los relatos) me ha movido un poco la comprensión; acaso la realidad no sea tan clemente'.

Decia al principio que en el transcurso de la lectura recordé Cestona donde estuve de maestro y a Urtain, campeón de Europa de los pesos pesados, y a su tímida esposa y a su hijo, al que di clases. A Iraeta, el barrio de Cestona donde vivía el boxeador. Recordé la chuleta que cenamos mi compañero y yo aquella noche de 1970 en un bar de Iraeta. Lo hicimos porque al llegar a cenar, la patrona, emigrante extremeña, nacida en la pura misería, en la mas absoluta pobreza, como los personajes de esta lectura que comento, se había acostado y nos había dejado un poco, una pizca, de queso de cabra que le enviaban de Extremadura. Y no, la verdad, no nos apetecía cenar ese poco, esa miaja, de queso de cabra y nos acercamos, con el coche de mi compañero, Joaquín se llamaba, espero que no haya muerto, hasta Iraeta a tomarnos una buena chuleta. Allí estaba Urtain, el campeón de Europa, cenando con su cuadrilla. Allí nos enteramos de su triunfo. Y de que no se había acordado de su hijo. Ni de su hijo, ni de su esposa, a la que ni siquiera había ido a saludar al caserío, que estaba al lado, a unos pocos metros. Que Urtain no caminaba ya, cegado por la fama y el dinero, que levitaba, lo supimos enseguida, cuando, en medio de la plaza, ante sus vecinos, firmaba autógrafos a los guardias civiles, riéndose con ellos, olvidándose de que, unos días antes, la Guardia Civil había entrado a saco en esa plaza, donde estaba reunido el pueblo, disolviéndolo sin contemplaciones. De modo que, al enterarme, años después, que se había suicidado, tirándose por una ventana, en Madrid, no me sorprendió lo mas mínimo. 

¡Cosas del boxeo

sábado, 16 de junio de 2012

Los criterios literarios a propósito de César M. Arconada


ARCONADA Y LOS CRITERIOS LITERARIOS

EDITORIAL PARA EL NÚMERO 9 DE 'CAMINAR CONOCIENDO'

Hay escritores que se expresan con una especie de latiguillo: “hay que regirse por criterios literarios”, “en literatura actuemos con criterios literarios”, “solo los criterios literarios deben llevarnos a…”. Y lo dicen como si tales criterios estuviesen tallados en roca viva desde siglos por mano divina.

Pero, ¿qué son criterios literarios?, les preguntamos; y, como tienen verbo fácil, nos ponen su disco, cada uno con su música, que no entendemos porque no concuerda con la práctica, con la vida que observamos; y con lo que advertimos en ellos mismos.

¿Qué es lo que vemos?: por todas partes grupos, sectas, capillas… que simpatizan o están enemistados a muerte; lo que para unos está muy bien escrito, para otros ‘vale menos que el pedo de una hiena vieja’; esto es fácilmente explicable; lo decía muy bien el autor del Lazarillo de Tormes: “Mayormente que los gustos no son todos unos; mas lo que uno no come otro se pierde por ello”; y siendo así, entonces… ¿dónde están los famosos criterios?... ¿se los sacan de la manga?...

En realidad, sean ellos conscientes o no, es la vieja posición de la torre de marfil: el intento, baldío, de hacer una literatura químicamente pura, sin mezcla… de la vida: ni amistad, ni política, ni gusto, ni moda… ‘littera’ pura: una entelequia.

Pero una entelequia un tanto hipócrita pues, por todas partes, amigos, grupos, capillas… se lanzan piropos; o se degüella a los contrarios; sin que, por eso, unos sean buenos o malos a rabiar.

Un ejemplo: una vez le pregunté al escritor D. Eusebio García Luengo (cercano al centenar de años y retirado hace años del brillo literario) por una poetisa. Me habló de ella, desde cuando la conocía, de su padre editor, y de paso me dijo que era muy amiga (incluso más que amiga) de otra poetisa, extremeña ésta, como él. Y continuamos la charla reconociendo, de ambas, su buen hacer poético. El año pasado, cogiendo al azar una revista de literatura (creo que fue ‘Letra Internacional’), leí una crítica muy elogiosa del poemario de de una de ellas recién publicado; cosa nada particular siendo, como lo son, ambas, muy celebradas; empero… ¡qué casualidad!... las flores provenían de una sobre la otra poetisa amiga de las hablábamos Eusebio y yo.

La amistad no es un criterio literario: eso está claro; sí, claro… para la Historia. Convendría saber entonces cuáles son los criterios de la Historia, pues se da tanto trajín en eso de la memoria de los pueblos: unos escritores, olvidados hasta hace poco, vuelven triunfantes desde el pozo oscuro de la nada… otros, que estaban en la gloria, se hunden en los negros abismos del olvido… Y es que los gustos, modas, política… ¡qué sé yo!... cambian…

¿Qué es lo que nos ha movido a dedicarle tantas páginas al escritor palentino César M. Arconada?... A lo mejor la memoria de su nacimiento; o que nos haya hablado tanto, de él, D. Eusebio; o por haber nacido, como nosotros, en un pueblo castellano; sin duda por haberse comprometido con la libertad, ahora que se habla tanto de ella; o el hecho, misterioso para nosotros, de que algunos digan que es un escritor inmenso y otros, los más, no tengan ni idea de él; o porque hubiera sido celebrado poeta y novelista y autor de teatro; o… fuera redactor jefe de la más importante revista intelectual de su tiempo…

Estas razones, ¿son criterios literarios? Depende, para unos si y para otros no. Nosotros creemos que si. Lo que está claro es que los otros, los puros, los criterios puros, no mueven a nadie. Si acaso a profesores para escribir algún tratado. Pero eso… ¿es capaz de levantársela a alguien?...

*José María Amigo Zamorano es director de la revista Caminar Conociendo

viernes, 15 de junio de 2012

José Mª Amigo Zamorano: Famoso desde que su madre lo pariera


D. Agustín García Calvo

Reflexionando sobre el 'Cantar de las dos Torres' que, tan amablemente, nos ha dedicado D. Agustín García Calvo caímos en la cuenta de lo poco que sabemos de su vida y su obra y de su paso por el mundo.

Guardamos en la memoria, eso si, unas cuantas leyendas, algunos chismes y escasas anécdotas. Todo superficial, pensamos; pero que ya, de por sí, indican que fue famoso desde que su madre lo pariera.

Se decía que fue a estudiar latines a la Universidad de Salamanca y que, en contra del parecer o deseos de la familia, contrajo matrimonio muy joven y que supo salir adelante solo con las becas que ganaba; también se decía que que no había pasado ni un curso y ya sabía más latín que sus profesores; o se contaba que iba a sacrificar palomas a dioses paganos a las orillas del río Tormes, que es el río que pasa por esa ciudad; y que por eso el régimen franquista le tenía entre ceja y ceja. Claro, no nos extraña, siendo, como es, la paloma un ave, símbolo del Espíritu Santo, una de las tres personas del dios católico que es, como todo el mundo sabe, uno y trino; y siendo la dictadura franquista nacional-católica ese sacrificio representaba un intento simbólico de asesinarla.

Leyendas, leyendas, leyendas.

Que tienen menos valor, para nosotros, que el pedo de una hiena vieja.

No nos imaginamos al maestro ejerciendo un oficio tan sangriento de liquidador de palomas.

Como tampoco, siendo sinceros, y lo somos, no llegamos a entender el por qué de la inquina franquista hacia García Calvo. Ni el peligro que pudieran representar sus clases de latín. En nuestra cabeza no entra.

Estudiando en la Escuela de Magisterio se contaban esas cosas. Como una vernegía. Y de ello haciamos héroes. El ansia de libertad propiciaba la creación de adalides antifranquistas. Aun nos viene a la memoria el cuento ese de Gila, el humorista, que, según se contaba, había llevado a cabo la heroicidad de salir al escenario, en algún lugar de España inconcreto, y representando a un mecánico de bicis se pasaba un tiempo prolongado, hasta que el público comenzaba a protestar, y entonces se encaraba con los espectadores espetándoles: 'Les seré franco: ni la arreglo ni me voy'. O al revés: 'ni me voy, ni la arreglo'. O se citaba a Alvaro de la Iglesia, un escritor de relatos humorísticos, ya olvidado, que fue director de la revista de humor 'La Codorniz'. Se contaba que, el tal Alvaro de la Iglesia, fue a dar una conferencia a una ciudad extremeña. Entre los asistentes, estaba, y se contaba como si se hubiera asistido a la charla, algún jerarca de la dictadura franquista. Sabiéndolo el escritor, se puso en lugar de la botella de agua una de coñac y de cuando en cuando, a lo largo de su disertación, acudía a la botella a proporcionarse un lingotazo. Y así medio obnubilado le cantó las cuarenta a ese mandamás. El borracho transformado en luchador antifranquista. ¡Ah, qué valentía! La libertar a través de la cogorza.

Pues bien, en esa escuela conocimos a Amador Madrid Calzada. Se sentaba en la misma mesa. Y llegamos a tener cierta amistad. Nos contó que su hermano era del círculo de Agustín García Calvo. Ignoramos si amigo, discípulo, compañero, seguidor, admirador... lo que si constatamos es que el escritor escribía a su círculo cartas desde donde estuviera y que ellos las guardaban como si fueran las palabras pronuciadas por un oráculo. Vamos, como oro en paño. Un día, Amador, nos trajo un hato de ellas. No recordamos su contenido. Quizás porque no entendiéramos nada de lo que hablaba. O porque el paso del tiempo haya borrado lo que leimos. Solo una frase se nos quedó prendida en el ojal, porque en nuestra mentalidad de críos, educados en el nacional catolicismo, el ver escrita una palabra malsonante era como descubrir una mosca negra en la inmaculada leche. Veamos el escándalo: leíamos una carta de este prócer de la literatura en la que, refiriéndose a no recordamos quien, decía: 'Y fulano de tal seguirá en que por cojones tiene que ser...'. Fue un choque. Eso no lo podía escribir una persona tan connotada. Tenía que ser imposible. Pero no, estaba allí escrita: 'cojones'. El ídolo se cayó a tierra. En fin...

Pasado un tiempo llegamos a pensar que el maestro, quizás, nos pudo examinar de latín. Encontramos en casa un libro de texto 'rotulado 'Viriate Vitae' que tenía su autoría. Si nos examinó, no lo recordamos.

Con esa aureola de raro, extravagante, rebelde... quisimos conocerle. Un día, estando con un amigo de Zamora, (Lorenzo Angoso Arribas se llamaba y suponemos que se seguirá llamando) lo vimos. Bueno, lo vio él. Nosotros no lo conocíamos más que de nombre. Nos acercamos y le habló. Creo recordar que no nos hizo mucho caso, sin por ello ser descortés. En un recoveco de nosotros nos quedó esta estampa: serio, patillas pronunciadas como habíamos visto en el cine que llevaban los bandoleros de Andalucía; esos que, decían, robaban a los ricos para dárselo a los pobres; enmarañado cabello negro, despechugado, camisa floreada y por fuera llevaba una especie de tabardo o abrigo largo que nos pareció adornado con algunos lamparones. Lo que dio más morbo. Lo poco que habló, unas veces lo hizo mirando al suelo y otras a un punto inconcreto, como si estuviera en otra onda su cerebro. Y lo estaría. Se alejó caminando recto, con lentitud. Eso fue todo.

Su estatura se agigantaba cuando, en corrillos, se narraba su lucha por conseguir una plaza de catedrático de latín. Otra leyenda más. Leyenda que tiene también, cómo no, al Opus Dei de trasfondo. Su contrincante, seguimos acordándonos de lo que se hablaba, era un miembro del Opus Dei. Un obstáculo serio porque la influencia política de esta 'santa mafia' era innegable, y lo sigue siendo. Para salvar este pedrusco en el camino, proseguimos con la leyenda, se le ocurrió convocar a los embajadores de los países llamados democráticos (Inglaterra, Francia, Alemania...) para que estuvieran presentes en el examen. Los que lo contaban añadían que, entre las pruebas que había que superar, una de ellas, se llamaba 'El Autobombo' que consistía, como se deduce de la palabra, en elogiarse a si mismo, darse pisto, al tiempo que se atacaba al contrinncante, ninguneándolo hasta extremos inauditos. Al parece D. Agustín García Calvo demostró que, su contrario, había publicado libros en los que páginas y páginas enteras eran de otros autores que, el maestro, señaló con puntos y comas. De manera que dejó claro que no tenía rivales en lo tocante al conocimiento del latín. ¡La verdad se hizo luz! y la luz de Agustín García Calvo brilló con tanta intensidad que dejó deslumbrados a todos los miembros del tribunal y a los representantes plenipotenciarios. Y la luz se hizo cátedra.

¡Que de leyendas en torno al maestro D. Agustín García Calvo!

Todo cáscaras.

Pero estas cáscaras demuestran que, efectivamente, había nacido una estrella del vientre de su madre. Solo faltaba ponerse en camino de Jerusalem.

Acontecieron por entonces las primeras manifestaciones contra el franquismo en la universidad. Los estudiantes se encresparon y ciertos profesores (los menos) se unieraon a ellos. La prensa y otros medios de comunicación publicaron sus nombre: Enrique Tierno Galván, José Luis López-Aranguren, Santiago Montero Díaz, Aguilar Navarro, como no, Agustín García Calvo. Fueron denunciados, expedientados y expulsados de la universidad.

La fama y prestigio del maestro se acrecentó y su situación personal se abajó como Cafarnaum. 'Y tú Cafarnaum, que hasta los cielos estás levantada, hasta los infiernos serás abajada' (San Juan, X, 15)

Él partió al exilio, cosa que supimos después, voluntariamente. Y nosotros nos fuimos voluntariamente obligados por la pasta al exilio, dentro del estado español, en Euskadi. Nos metimos en la lucha clandestina antifranquista. No volvimos a saber practicamente nada de este profesor expulsado de la universidad. Eso si, de cuando en cuando compramos algún texto suyo (pocos): poesía, traducción de alguna obra de teatro clásico griego, un opúsculo sobre Marx 'Apotegmas a propósito del marxismo' (París: Ruedo Ibérico, 1970) que no entendimos nada... Estábamos en otra onda marxista leninista.

Decíamos más arriba que supimos más tarde que se exilió en Francia. Lo leímos en uno de los libros que compramos. Nos llamó la atención cuando contaba que, tras la expulsión de la universidad, lo seguía la policía. Una vez uno de los polis que estaba haciendo su seguimiento era conocido suyo. Y lo saludó por su nombre. El sabueso, avergonzado, viose destronado de su serio cometido de su autoridad y no encontró otro recurso, para reinstaurarse en su trono policial, que abofetearle al maestro.

¡Ah! por ese libro nos enteramos de que la atmósfera se le hizo tan irrespirable que decidió exiliarse. Marchó a París de la France.

Veinte años estuvimos en Euskadi. ¡Cazi na! Cuando volvimos de regreso al viejo lar abandonado, a la tierra castellana que 'face a los ommes e los gasta', abandonamos la militancia política y nos sumergimos en la militancia literaria. Algo había que hacer. Creamos una revista. 'Caminar conociendo' bautizamos. Y por esas casualidades de la vida, como a veces la tierra es un pañuelo, por esos lugares andaba el escritor. A él acudimos para saber si podría colaborar con nosotros de una manera desinteresada. Lo que hizo generosamente con varios escritos y hasta nos concedió una entrevista. De los escritos y la entrevista pondremos los enlaces por si alguno pudiera estar interesado en ellos: 

Número 0, Cuentos vivos: http://marpita-caminarconociendo0-1.blogspot.com/2007/06/agustn-garca-calvo-cuentos-vivos.html; 
Número 2, Entrevista a Agustín García Calvo: http://ever-enen17.blogspot.com/2007/01/entrevista-agustn-garca-calvo.html; 
Número 4, Fragmento de 'La Ilíada': http://ever-enen16.blogspot.com/2007/02/agustn-garca-calvo-ilada.html; 
Número 5, Gracias a Rufino: http://ever-enen.blogspot.com/2007/03/agustn-garca-calvo-gracias-rufino.html; 
Número 6, La utopia verdadera: http://ever-enen15.blogspot.com/2007/01/la-utopia-verdadera.html; 
Número 8, Poema según promesa, traducción del latín de un poema de Benito Arias Montano:  http://ever-enen14.blogspot.com/2007/02/benito-arias-montano-poema-segn-promesa.html;
 Número 9, Para la mesa redonda sobre abolición deuda externa: http://ever-enen13.blogspot.com/2007/01/para-la-mesa-redonda-sobre-abolicin.html.

(En la lista se ha caído un poema cuyo estilo es otro, en la que, creemos, viene a decir que ha dejado la fe de dios)

Tuvimos oportunidad así de acercarnos a él personalmente. Y casi sin querer nos fueron llegando sus variados registros. Encontramos una personalidad sorprendente. Eso demostraba lo ignorantes que estábamos sobre su pensamiento. Sólo teníamos anécdotas, superficialidades, leyendas, chismes...

En una ocasión le invitamos a la presentación de un número de la revista. Como se mostrara reacio, para animarlo, le dijimos que, en el evento, estarían presentes prensa, radio y televisión.

¿Para qué se nos ocurriría decir 'televisión'? Nos respondió: '¿Televisión?. Entonces si que no vamos'. Nos explicó que se negaba a a salir en ese medio de comunicación. Es más, como se diera cuenta de nuestra perplejidad, expresó que no era ninguna disculpa para no acudir a la presentación de 'Caminar conociendo', sino que era una decisión meditada. Y para subrayarlo añadió: 'Me veo obligado todos los años a rechazar varias invitaciones de ese Medio de Formación de Masas'. Lo ponemos con mayúsculas pues es así como lo suele escribir el escritor con su ortografía particular. Y es que se negaba a aceptar aquello que dice que el no sale en ese medio es como el que no existe. Se negaba.

Le han concedido los Premio Nacional de Ensayo, Premio Nacional a la Obra de un Traductor de 1990, Premio Nacional de Literatura Dramática de 1999. De todo ello cualquiera puede encontrar referencias más concienzudas en Internet. Vease por ejemplo: http://es.wikipedia.org/wiki/Agustín_García_Calvo

Y el primero en ser un objetor fiscal (no sabemos si se dice así) que esto es otra cosa, para el sistema, más peligrosa. Fue atacado por unos y elogiado por otros. Recordamos aquí como lo atacó el escritor Francisco Umbral o lo defendió el periodista Andrés Aberasturi. Hasta un antiguo camarada nuestro (que estuvo condenado a muerte por el franquismo) decía que era la postura de un señorito de pueblo. Así estuvieron las cosas. El maestro, empero, ni fue a la cárcel, ni cristo que lo fundó.

Nosotros queremos dar nuestra particular visión de él. El que quiera obtener datos prietos, sistemáticos, científicos, serios, concienzudos... que busque en otra parte. Aquí solo encontrará una parcelita sin importancia. O si la tiene será mínima. Recordamos que, de las pocas cosas que le hemos leído (su producción es numerosísima), nos llamó la atención el que los poemas estuvieran hechos de una forma tan sencilla, con un lenguaje tan de andar por casa que nos parecía estar oyendo hablar a nuestro padre, a nuestra madre, o a cualquier campesino de Zamora. Lo atribuimos a su nacencia. Nada más lejos, nos hemos ido dando cuenta que es un lenguaje elaboradísimo. Entre los artículos que nos envió para la revista uno 'Gracias a Rufino' nos abrió la mente. Parecía hecho de corrido, a la pata la llana, pero no, tenía ritmo, musicalidad, gracia y un dominio del lenguaje que parecía indicar que la belleza está en el habla de las gentes, no hace falta retorcer las frases para que salga una obra de arte, solo se necesita saber componer lo que se quiere decir; y eso solo lo logra un maestro.

A la biblioteca que dirigíamos entonces llegó una donación de sus obras hecha por una admiradora. Leímos algunas páginas; nos viene a las mientes 'Razón común' y aquí descubrimos otro registro: el de investigador. Son pequeños hallazgos que nos han demostrado lo abierto que está a todas las manifestaciones de la época en la que vive. Otra muestra: en la entrevista que le hicimnos se nos ocurrió preguntarle acerca de esa frase o consigna de un miembro del Departamento de Estado norteamericano 'La Historia ha muerto'. Sobre eso, nos dijo, ya había escrito algo también. ¡Qué tío!

En fin, hemos ido descubriendo la luna poco a poco. ¡Valiente vernegía! Nos hemos perdido las enseñanzas de un personaje singular, sorprendente, valioso, incómodo para muchos... sin duda un grande de las letras y del pensamiento. Y a estas alturas de la vida, a esta parte del partido, en estos momentos, cuando ya uno ha hecho sus gustos, paladeado unos vinos... nos cuesta cambiar. ¡Qué le vamos a hacer! Y no lo vamos a hacer. Seguiremos con los pobres del mundo, con los perdedores del mundo, seguiremos admirando a Martí, Marx (si acaso reeleremos 'Apotegmas a propósito del marxismo' (a ver si por fin lo entendemos), Engels, Lenin e incluso Stalin... hasta la muerte. Después ya no admiraremos a nadie. ¿O si?

Las horas perdidas de Sánchez Pinto


 miércoles, 31 de diciembre de 2008

José Mª Amigo Zamorano: 'Las Horas perdidas'

Con este título apareció el décimo número de la colección 'El toro de granito' (1). Su autor, Vicente Sánchez Pinto, nacido en Salvadiós allá por el año 1929. Según se dice en la contraportada es hombre culto: cursó estudios de Filología Romana en la Universidad de Salamanca y Literatura italiana y francesa en las de Florencia y Sorbona.

Hace un cuarto de siglo que los talleres de El Diario de Ávila terminaron de imprimir estos poemas; concretamente el 29 de octubre de 1969.

Consta de cinco partes: LA NIÑEZ RECOBRADA, A ORILLAS DE LA PLEGARIA, YA NO TENEMOS TIEMPO, LA FRAGANCIA PERDIDA y ESTAS ROSAS TAN FRÁGILES. A modo de prólogo tiene dos poemas: uno dedicado a don José Luis López Aranguren (2) y otro a don Alfonso Querejazu (3); terminando con tres sonetos: 'Triptico de Ávila', que dedica al poeta y director de la colección, don Jacinto Herrero Esteban (4).

En el pórtico de 'La niñez recobrada', el poeta asciende a portavoz universal de la angustia del hombre, viniendo a:

decir sencillamente lo que pienso, 
-y lo que pensáis-
y pienso que si vivo es que me muero. 
Una trivialidad, diréis, así lo entiendo. 
Mas plena de amarguísimo misterio'. 

Luego, soneto tras soneto, camina hacia el polvo y la nada, bajo una 'luz ardida y acabada', por lo tanto, yerta ya; 'cuánto dolor!, 'qué fiero sufrimiento!', exclama, corriendo a refugiarse al único lugar que, cree, puede cobiojarle y ponerle a salvo de esa angustia, la niñez:

'ser niño otra vez y en la callada
melancolía de la primavera
ir a jugar de nuevo en la pradera
donde mi infancia se quedó parada'.

Unos poemas recogen el deseo del poeta de asirse con fuewrzaa algo; busca la plegaria, como un naufrago busca un clavo ardiendo; se desazona y su voz es balbuciente por 'no saber por qué estoy angustiado', 'y el alma se me agita como una llama al viento'. Mira a un lado y a otro, reconociendo que yo no tiene tiempo. Ha llegado a esta conclusión, recordando la soledad de los muertos, como Bécquer:

'estamos solos, decimos 
y es entonces
cuando surgen los nombres, 
las cosas que murieron, los recuerdos'. 

Pero siempre queda un resquicio, si bien débil, para la esperanza, así el poeta termina esta parte diciendo 'volaban las sonrisas como aves en el alba naciente'.

Ya en otra parte se preguntaba, desesperadamente, la razón de su sufrimiento, sin encontrar respuesta. Si alguna vez, para él, la vida ha encontrado color, ha sido en el pasado, siempre en el pasado; de manera que es como una fragancia perdida, o como una risa lejana, tal vez recuerdos dulces; en resumen: oleadas de suspiros; en 'estas rosas son frágiles', nuestro vate insiste en su dolor: 'tengo la boca fría cuajada de luna amarga' con amarguísimo acento lorquiano.

Punto final amargo como el comienzo amargo; se nos ocurre que termina a lo Lorca comenzando a lo Miguel Hernández; todo un circulo doloroso.

Con este poeta concluimos el reconocimiento a la labor llevada a cabo por don Jacinto Herrero (*), en la colección 'El toro de granito'. Subjetivo como ha sido, ahora queda una parte objetiva que profesores y estudiantes pueden realizar científicamente. Nosotros somos simples aficionadillos.

José Mª Amigo Zamorano

El Diario de Ávila (27/XII/1994)

José Mª Amigo Zamorano: La primera novela de José Luis Cancho


 RESEÑA DE LIBROS:

Título: EL viajero junto al mar
Autor: José Luís Cancho
Editorial: Dossoles
Ciudad: Burgos
Año: 1.999

En las cerca de 150 páginas se nos va narrando la vida de Constantino Shakuto, viejo judío griego, desde que es consciente, en un centro de enseñanza donde está interno (de quiénes sean sus padres nada sabe); sus experiencias de niño, sus amistades juveniles, los guerrilleros griegos que bajan de las montañas, su paso por la universidad (allí se entera de su origen judío y de que sus padres han sido detenidos por los nazis y se hallan presos en el penal más siniestro de Grecia), su compromiso en la lucha por la libertad contra el régimen nazi de Metaxas, su posicionamiento, y posterior compromiso, a favor de la sublevación de los comunistas en Tesalónica contra Papandreu; luego la detención, tortura y encarcelamiento: ‘una experiencia así –confiesa el protagonista- jamás lo devuelve a uno al lugar de origen en las mismas condiciones’. Palabras que es difícil no ligar a su propia peripecia vital, si bien no es una novela autobiográfica.

En la segunda parte del libro el ritmo cambia: se acelera un poco sin llegar a romper de una manera dramática con la primera. En esta parte –habría que decir que en toda la novela- los ritmos, los plazos, las palabras can cayendo ‘como vaho que se posa con la suavidad del rocío sobre la yerba’; y todo sin ocultar los fríos de algunas mañanas y sin esconder las escarchas heladas que se adhieren, a veces, a la piel de nuestros pies desnudos; sin negar la aguzada punta de las espinas, ni el doloroso mordisco, a veces letal, de las víboras que acechan por doquier; no hay –repetimos- aristas, filos, anfractuosidades –si se nos permite la palabreja- es decir: una palabra más alta que otra en toda la narración. Se nos dice que C. Shakuto, al salir de la cárcel, abandona su ciudad natal internándose en la maleza de los montes; apartándose de las gentes, caminando despacio hasta pueblos remotos o disolviéndose, junto al susurro interminable de los árboles, en la quietud, en la felicidad… Sabe que el mundo, realmente importante, es duro, áspero y salvaje y lo atraviesa como un mendigo, como un nómada sin patria. Pero el romero –no lo decimos por amante de las romerías-, el caminante, el mendigo, el nómada, como si la vida pendulara entre tierra y agua, vuelve al mar: así de Trieste, pasa a Niza, luego París, Buenos Aires; para retornar a los lugares primeros, pues en el caminar va conociendo que ‘nada es asible al hombre que no le haya sido dado desde el principio’.

Y del mundo de los susurros, de los miedos, de las imágenes confusas de la niñez, va pasando, con ritmos regulares, -con esa lentitud y suavidad que hemos mentado-, al principio, a la entraña misma: los orígenes, las casas, las higueras, las sinagogas, las plegarias melodiosas…; la tribu, en fin, que le reclama desde siempre; hasta los ojos le acechan desde un cuadro, es el arte que se hace vida, como se le encarnizan las oraciones perdidas…: la Torah le saca de sus casillas por una vez, y por una sola vez se desborda, pierde los papeles, o los encuentra; y vocea, y grita, grita casi hasta rasgarse la garganta: ‘¡yo soy judío! ¡yo también soy judío!’. Y se une a la lucha de su pueblo por el retorno a Israel: recoge fondos, redacta manifiestos… se entrega por completo. De lleno en la campaña de Exodus II le comunican la muerte de un amigo; y él, que no es creyente, ante su tumba, reza encontrando las palabras perdidas en el Kaddish –oración de los muertos- que de pronto se cargan de sentido: ‘yitgadal veyitkaddash… ' Y mientras las palabras de la oración fluyen como lágrimas, concluye: el pasado de mi pueblo al que yo me siento unido es el de la diáspora, el de las persecuciones, el de los progroms y los holocaustos, el dispersado por todo el mundo, pero con un enraizado sentimiento de unidad…

¡Cómo nos hace recordar esta conclusión un poema de nuestro amigo el poeta israelí Shelomo Avayoú, ‘Vagabundeo’!:

Soy inmigrante de los demás.
Hoy nadie logra vivir donde nació,
Muy pocos eligen donde morir.
Al parecer, haga lo que haga,
No traicionaré mi procedencia:
La inquietud y el desarraigo
Siempre serán mi hogar.
Busco y cortejo el consuelo
Siempre en territorio hostil.
Si el exilio es inevitable,
¿por qué anhelo un jardín?
Vengo del miedo, y de aquí
A él me voy. Ya no recuerdo
Donde nací, o donde muero.
Toda mi vida, toda mi vida – vagabundeo.

José Mª Amigo Zamorano
26-X-1.999
Las Navas del Marqués (Ávila)

La antología extremeña de Santiago Castelo


Título: ANTOLOGÍA EXTREMEÑA (1970 - 1995)
Autor: Santiago Castelo
Madrid: Asociación Cultural Beturia, 1995


Dedicada por el autor, Santiago Castelo, me llega esta Antología Extremeña (1970 - 1995) editada por la Asociación Cultural Beturia de Madrid.

José Miguel Santiago Castelo, conocido periodista, subdirector del diario ABC, nació en Granja de Torrehermosa (Badajoz) en 1948.

Se inició a la literatura con un ensayo biográfico, Pedro de Lorenzo (1973); y en 1975 un libro de entrevistas España: su inmediato futuro político. Miembro de la Real Academia de Extremadura, de la Academia Cubana de la Lengua, Juglar de Fontiveros (Ávila), ha recibido, numerosos premios, entre otros, "Hispanidad" de poesía de 1973, y el "Julio Camba" (1993).

Una decena de libros de poemas indican su constante quehacer poético: desde Tierra en la carne en 1976 hasta Diario de a bordo de 1994.

Esta antología recoge los poemas extremeños de su obra.

"Dolor de tierra por las venas", dice casi en el comienzo, y es difícil no compartir ese "dolor" añorando, como uno añora, la tierra donde nació; por mis manos, corren, como por las de él, sueños de trigales; y, desde la atalaya de sus copas, "las encinas lo saben y lo han dicho" y lo siguen proclamando.

"Extremeñismo ausente y nostálgico" que es "terruñero" en el "sentido noble del término", por eso se le ha llamado "el poeta mas extremeño de todos los poetas vivos"; reivindica, incluso, una América extremeña o Extremadura americana, que tanto monta, que los conquistadores fecundaron con su sangre, y que recitaron a los indios "el poema que sabe la amapola y la oración de nuestras corregüelas". Esa nostalgia vegetal, se le ha quedado prendida para siempre como gaya en ojal, soñando con una América traspasada de corregüelas, cuyas semillas llevaron los extremeños a América, y germinaron allende el océano "con la mano de Dios".

Así, si les recitaron la oración de las "corregüelas", no es extraño que quisieran venir a la Guadalupe extremeña a bautizarse: "Si la sangre es un torrente / que siempre vuelve a la fuente / de sus amores pasados, / ¿Dónde mejor cristianados?"

Pregunta que nos indica que, para el poeta, no existe una América extraña, oprimida, expoliada, sino solamente una Extremadura americana o América extremeña que vuelve a las raíces, a la tierra, al viejo solar abandonado.

Ese retorno cotidiano, diario, obsesivo, pertinaz y, por ende, doloroso, es el de Santiago Castelo; porque dolor causa siempre llevar la casa a cuestas; y si se hace el peso soportable, es por ese recuerdo cordial, nostálgico, que nos acompaña como cuando, en larga peregrinación, en interminable andadura, no sentimos los pasos, calzados, como estamos, de remembranzas "de aquella nueva y clara limpieza mañanera" en la "casa que tenía empedrado el suelo"; aquella casa que tenía "retratos detenidos que explicaban / una lección de sangre siempre alerta" ; casa con "sus vasares", "cantareras", "alacenillas" , "baúles" ... "Las malvas, los geranios, las piteras / y las amplias tinajas de agua clara / que llenaba la tita al sol de julio / apartando los cónclaves de avispas."

¡Ah, aquella casa!: "sus muros encantados que perdería más tarde". ¡Ah, aquella casa perdida! Perdida para él; y perdida, antaño, para los judíos extremeños. Y aquí el poeta se encarna en aquellos hermanos desvalijados; sefarditas que nunca olvidaron su tierra, conservando de padres a hijos la llave de la casa - lo único que pudieron llevarse -; así el libro termina, a modo de protesta esperanzada, con el poema Sefarad, poema musicado por Ángel Tirado y grabado en disco por el grupo Manantial Folk: "Por las sierras de Béjar / baja un suspiro / y de Hervás en las fuentes / ha florecido. / (Clavel de sangre / Jerusalén de ausencias / lirio en la carne)" ... "Aquella vieja llave / ya halló su puerta / y el corazón gozoso / renace alerta. / (Sol de la aurora / al besarte de nuevo / mi risa llora)"

José Mª Amigo Zamorano: Ramón Mayrata sin puertas



Libro: Sin puertas
Autor: Ramón Mayrata
Valencia: PRE-TEXTOS, 1996

Sin puertas, libro de poesías de Ramón Mayrata, tiene 44 poemas dividido en tres partes, Los pasos verticales, A uno y otro lado del Estrecho y Los ojos del almez, que dicen, ya de por si, casi todo.

Efectivamente, mas que abiertas las cancelas, sin puertas,como proclama el título; sin puertas y sin prisas, porque "la prisa es intruso que el tiempo derrama y pierde. Y no hay otro paraíso que el presente"; con pasos verticales "a través del cristal" asciende hacia "la trasparencia tan cierta que troca la espeso en claro". Bueno pues con este claro bagaje, encumbrado de luz, nace a la tierra el poeta, EL HOMBRE, se adentra de incógnito en el mundo, en la vida "en el dolor y la desgracia" y "en su contraste con el placer y la dicha se sacude su natural indiferencia"; atraviesa la mirada la realidad A uno y otro lado del Estrecho: los Andes, Tokio, Nueva York, París, México, Buenos Aires, Tánger ... recapacita con el joven Hamid, contempla a las palomas, visita ermitas, palmares ... y en Orán anota: "Hay mezquitas ocultas en los cafés baratos, // en las calles estrechas y en las plazas repletas. // Allí donde se hacinan los pobres con los pobres. // Hay dolor compartido, multitudes precisas // que curvan las espaldas y como una estadística // la gráfica exacta trazan de su miseria. "

Luego, ya de vuelta, Los ojos del almez, camina, sin prisa, a refugiarse en la tenada que le vio crecer; se sienta a contemplar como "con los ojos del almez" a los chicos del barrio, a la morena de poderosas nalgas tropicales, ... nada escapa a su mirada; hasta percibe las canciones más íntimas y los himnos del alma: así, en el poema "República" que dedica a los que no se dan por vencidos, escribe: "En tus manos // las bridas deshechas. // Entre tus piernas // negro hueco el caballo. // Espuelas sin ijares // se topan y rechinan. //
Y aún cabalgas // como sobre la noche // galopa el alba. //

Y siguiendo con este misterio esperanzador de un alba galopando en la negra noche Ramón Mayrata termina con un "Poema sin palabras": "cerraba la palma de la mano vacía // y del puño caía un hilillo de sal" ... ;es un misterio la creación del Arte, parece querer decir con sus últimas palabras:"Con palabras yo plagio // aquel hermoso poema sin palabras".

Hacia la belleza poética (reseña)


 MARTES, 12 DE MAYO DE 2009

José Mª Amigo Zamorano: En pos de la belleza '¿Te duele?'

Libro: ¿Te duele?
Autora: Angela Segovia Soriano
Edita: Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes
Año: 2009


Ángela Segovia Soriano, de 21 años, nacida en Las Navas del Marqués (Ávila), estudiante de Publicidad en la Complutense y alumna de la Fundación Centro de Poesía José Hierro es la flamante ganadora del V Premio Nacional de Poesía Joven Félix Grande 2009, dotado con 6.000 euros y que incluye la publicación del libro dentro de la colección literaria Universidad Popular, patrocinada por el Ayuntamiento de San Sebastián de los Reyes. El jurado, compuesto por Luis Alberto de Cuenca, Ignacio Elguero, Luz Pichel y Manuel Romero Mancha emitió el fallo por unanimidad y destacó el alto nivel de las obras presentadas al certamen, entre las que destacó ¿Te duele?, la ganadora Ángela Segovia considera "demasiado difícil definirse a uno mismo", pero describe su poesía como "una secuencia de imágenes con potencia, como si fueran la secuencia visual de una poesía surrealista". Con anterioridad, ha publicado en el taller de Poesía José Hierro de Getafe Cuadernos del matemático y ha ilustrado el libro Torrijas y balas, de Miguel Ángel Martín.

Fuimos a ver la presentación del libro en su pueblo Las Navas del Marqués. De factura surrealista, (a '¿Te duele?' le hemos hallado algún eco de Saint John Perse en 'Anábasis'), es como un camino hacia la apropiación de la belleza en tres fases: 1ª, 'casa-mano'; 2ª, 'Dentro, sin respirar' y 3ª, 'Una funda con mi nombre''. En el avance hacia esa meta, un avance seguro, casi sin titubeos, va arrojando trozos que no le sirven y los abandona sin mas. Duela a quien le doliere. Es un movimiento imparable. Sin consideraciones. Porque sabe quien es, de que lugar procede y hacia dónde se dirige su canto. O eso cree ella.

Comienza con una suerte de reflexión sobre la caducidad de las cosas, de los seres o sobre el destino en el que se verán abocados. Una mirada impropia de su edad. Aunque 'impropia de edad' es un lugar común: hay hay quienes no maduran ni cuando están a punto de fenecer y otros, en cambio, ya se esnifan rayas de coca con 14 o 15 años. Pero, si, reconozcamos que no es lo más general en esas edades juveniles darse cuenta de que la vida es un soplo y hay que aprovecharla. Leemos ya en la primera página: 'Mira / sólo sé que después vendrá la tierra / a por nosotros'. Y sin solución de continuidad añade que no quedará nada: 'Los abismos las llamadas / desaparecerán, / el hambre la lluvia todo'. Si acaso una fotografía para el recuerdo: 'Colocaos para la foto que se hace tarde / y las cabezas de las vacas se van a apagar / que la luz es muy amarilla ahora / y hay un resquicio de azafrán prendido en las hojas / del pino'.

Partiendo de estos supuestos, ciertos, hay que llenar la vida cada instante, en una actitud abierta a lo que se ofrece por doquier, a la belleza, que aunque fugaz existe y hay que aprisionarla antes de que se evapore, no hay que dejarla pasar. Porque cuando surge, porque brota por ahí y es muy sonora, nace con 'gran ruido de párpados'. Los párpados de uno, singulares. No los párpados del universo, de la Humanidad, ni de la colectividad. Pudiéramos decir que son los párpados de la soledad. De los ojos de Ángela Segovia: 'Yo, / atrapada en tu terciopelo azul, / sangrando el alma porque no puedo / no puedo sostener tanta belleza'.

Es un problema que se soluciona haciéndose belleza, introduciéndose entre sus pliegues. Así, de ese modo se desprende de su materialidad. Lo decimos porque se da a entender que la belleza es algo que está por encima, levitando. Como decía Claudio Rodríguez de la claridad: 'viene del cielo; / es un don: no se halla entre las cosas / sino muy por encima'. La poetisa navera viendo desde la distancia todo lo anterior lo expulsa, lo tira, no le sirven ya: 'los recuerdos que se me atragantan te los doy, / para ti todos'. No quiere que nadie le obstruya ese sendero. No quiere eclipses. Le duela a quien le duela. Es inmisericorde en su andadura. Ni un poso de miramiento, de conmiseración o de ternura. Lo que ya fue deja de servir y lo abandona en la vereda. Como los versos que leyó en la representación de su libro. En la performance según alguno dijo. Y si alguno de los deshechos le duele, porque al fin y al cabo también tiene algo de humana, son como piedrecitas, pequeños cantos que de una patada se los aparta de la senda por la camina en pos de la belleza. Son obstáculos sin importancia en su camino, en su paso por la vida. Es como si avanzara con perfil de diosa 'ebria de violetas'. Angela Segovia Soriano tiene el orgullo de la juventud: 'Que le vamos a hacer / si nacimos caleidoscópicas / y el paso de las hojas nos define'. Efectivamente caminas 'con esa indiferencia que te arropa, / que te ensalza, que te hace superior'. Tan superior, tan suprema que no quiere la permanencia, sino la muerte en la cima: 'con la punta clavada en la garganta por donde sale / mi última palabra / entre estertores atragantados de muselina y gasas / estupefactas. / Mi última palabra / eres tú: / COLIBRÍ. / La belleza ha de ser el único motivo de la muerte'. Es su testamento final.

Todo un poema de métrica libre. Surrealista. Como dijimos arriba le notamos un eco leve de Perse. De quién sea la influencia no sabemos. Pero sí que ha sido, luego, procesada y le ha salido propia. De su alma. De su sangre. De su ser. De sus propias entrañas. Es decir: con personalidad propia, con estilo suyo. 

Ha nacido en Las Navas del Marqués una firma poética. Con ansias de cielo. Decía Rubén Darío: 'y tuve hambre de espacio y sed de cielo / desde las sombras de mi propio abismo'. Esperemos que no se esté elevando Ángela desde ningún 'abismo'. Porque los abismos, muchas veces, nunca tienen fondo. Son mortales. Cuando Ángela regrese a la tierra, que regresará, será más divina por humana. Por eso le hablamos de Aimé Cesaire y su 'Cuaderno de regreso al país natal', también surrealista, que no conocía. Si algún día lo lee se encontrará con estos versos muy terrenales que nos gusta citar muy a menudo: 'Y sobre todo mi cuerpo y también mi alma, guardaos de cruzar los brazos en la actitud estéril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar de dolores no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza... '.

José Mª Amigo Zamorano: Aimé Césaire, protagonista del relato


 MARTES, 27 DE MAYO DE 2008

Aimé Césaire en el recuerdo: José Mª Amigo Zamorano

Un relato ciertamente antiracista

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía, por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola. 

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste. 

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos. 

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra: 

-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño. 

Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba: 

-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:

-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre. 

No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?... 

Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:

-Traigame un café, por favor.

-Perdone... quería preguntarle...

-¿Si?

-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...

-Pregunte.

-Ya... pero... es que me da miedo...

-¿Miedo?

-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...

-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, ya, joder!

-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cruzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar:

-'Que bien habla... a pesar de ser negro'.

La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:

-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.

-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos. 

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraídos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..

-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, áspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eran... eso si, de clases diferentes, pero... eran negros... lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legítimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecía un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París, hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella. 

-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos. 

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!

-¡¿Qué será de ella!? -se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia. 

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes. 

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traído desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama. 

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es difícil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raíz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:

-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).


Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuando deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales. 

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.

De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.

Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'

Respondió él riendo: '¡Hideputa!'

Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas. 

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad, con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu.

Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción, por muy sonora o sangrienta que hubiera sido, no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial. 

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.

-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o tal vez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...
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(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire. Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.