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domingo, 17 de junio de 2012

Un libro clásico de la revolución haitiana



Los jacobinos negros:Toussaint Louverture y la revolución de Haití


José Mª Amigo Zamorano (Copiado de la página Web 'Rebelión')


Al ver las imágenes de Sadam Hussein por televisión, convertido, casi, en un mendigo harapiento en aquel zaquizamí, recordé el triste final de Toussaint Louverture y el libro, editado en junio, de C. L. R. James, 'Los jacobinos negros', que lo recuerda. Y siguiendo esta estela de desgraciados gobernantes, caídos en desgracia, recordé a Milosevic. No quiero, yo, meter en el mismo saco a ambos con Louverture. Aunque, puntos de contactos, tienen algunos, en cuanto a sus más y a sus menos con los distintos imperialismos imperantes.

T. Louverture fue en esclavo negro haitiano que, ya con más de cuarenta años, se unió a la rebelión de los esclavos de las plantaciones de Santo Domingo, quienes, a finales del S. XVIII, se sublevaron contra la esclavitud y su inmenso sufrimiento, llegando a ser su jefe indiscutible. Puso, además, las bases para la independencia, como primer estado dirigido por esclavos negros, de Haití; estado que, este año, ha cumplido, precisamente, los 200, en medio de protestas, sangrientas, contra el tirano de turno, Arístides. Toussaint Louverture, atraído con engaños, fue preso, llevado a Francia en la fragata Heros en la noche del 7 al 8 de junio de 1802. Encarcelado en una mazmorra, húmeda y fría, del fuerte Fort de Joux, murió, poco después, el 17 Germinal del año XI (7 de abril de 1803) Es decir, fue asesinado, lentamente, por orden de Napoleón, a cuyas tropas había derrotado, en toda regla, utilizando la misma táctica de guerrillas que los españoles. 

Neruda tiene, en su 'Canto general', un poema dedicado a este 'Libertador'. El gran poeta de la negritud, Aimé Cesaire, escribió un ensayo titulado 'Toussaint Louverture. La Revolución francesa y el problema colonial'. Una traducción, al castellano, del mismo, se publicó en La Habana en 1967. Muchos han tratado, en diversos libros, a este personaje. Pero, en fin, habría que destacar, porque estamos en su año y por su cercanía geográfica al cubano Alejo Carpentier -que ya trató en su novela 'El siglo de las Luces' la influencia de la Revolución Francesa en el Caribe- con su 'realismo mágico' en la novelita 'El reino de este mundo'.

Ahora, las editoriales 'Turner' y 'Fondo de Cultura Económica', han reeditado este clásico, 'Los jacobinos negros. Toussaint Louverture y la Revolución de Haití'. Cuando se publicó, en 1938, no podía imaginar nadie, ni siquiera su autor, que se convertiría en un libro de obligada consulta. Como el subtítulo reza, se trata de analizar este personaje dentro de su entorno, Haití y sus luchas contra los esclavistas e imperialistas de aquel tiempo: el Imperialismo Francés, Británico e incluso el Español que dominaba la otra parte de la isla, ya de capa caída.

Pero, ¿por qué, tenían, tanto interés, las superpotencias, en Santo Domingo, que no es una isla muy grande que digamos? : Santo Domingo (hoy Haití), para Inglaterra era dominar el Caribe, sus riquezas y controlar a los EE.UU. nacientes; y para Francia ¡ah, para Francia! ¡era la joya de la corona francesa!; difícil de entender hoy día, habría que decir que "Santo Domingo es, a la economía francesa del S. XVIII, más que toda Africa a la economía francesa del S. XX" (sic Aimé Cesaire ensayo citado) Veámoslo con números: 793 trapiches, 3150 añilerías, 789 algodonerías, 317 cafetales, 182 destilerías de aguardiente de caña, 50 cacaotales y además sus tenerías, tejares, caleras... Aunque tiene otra importancia supletoria: las riquezas que procura a la metrópoli y la influencia en su agricultura y en su comercio. Para mover todo este emporio de riqueza los blancos tenían, sobre todo, a las gentes de color. Gentes que estaban divididas entre: por una parte, los esclavos negros, propiamente dichos; y, por otra, los mulatos, de piel más clara, libres, propietarios muchos de ellos, pero sin derechos políticos. El resto de la población era blanca. Los blancos, a su vez, se dividían entre: grandes blancos (los colonos propietarios de las plantaciones) y pequeños blancos (funcionarios, comerciantes, abogados y otros) No paraban ahí las diferencias: entre las gentes de color, además de negros y mulatos, había toda una gradación: cuarterones, mestizos, marabús, mamelucos, grifos, sacatrás... Hay que decir que, entre los negros esclavos, los del servicio doméstico cocineros, criadas, niñeras, cocheros... constituían un grupo aparte, mucho mejor tratado, que los que trabajaban en las plantaciones. Todo esto, unido a las refriegas de los colonos con la metrópoli; de los colonos con los blancos pobres; de los colonos contra los industriales de Burdeos, Nantes, Marsella; de todos ellos, contra las gentes de color; y de las luchas internas de las gentes de color, da una idea de lo complicado de la situación. Sin embargo, C. L. R. James desentraña el complejo cuadro de rivalidades, a los que se le unía un embrollo mayor: las luchas políticas en la propia Francia y su repercusión en la isla. La burguesía revolucionaria francesa se debatía, dramáticamente, entre los principios de su revolución, inscritos en la Declaración de Derecho del Hombre, y la posible derogación de la esclavitud que le haría daño al bolsillo. 

Todo esto, relatado de manera apasionante.

Una obra, que une la extensa información histórica con una visión, de conjunto, propia de una novela en el que Louverture es casi como un personaje de ficción novelesca. El autor, recuerda, al principio, algunas de las tortuosas salvajadas sufridas por los esclavos: hierros en las manos, maderos en los pies, máscaras de latón en la cara para que no pudieran chupar ni una pizca de azúcar, mutilación de piernas, genitales, oídos..., o lanzarles cera o azúcar hirviendo hasta matarlos, o enterrarlos, vivos, en tierra, hasta la cabeza y untarla con melaza para que acudieran los insectos, o colocarlos, de la misma manera, pero cerca de hormigueros, colmenas...

De modo que el lector, curado de espanto, no se sorprende de las salvajes matanzas de blancos en cada revuelta de esclavos. En fin, un libro, excelente, que nos va narrando como sortea Louverture los obstáculos derivados de situación tan compleja, como salva las múltiples complicaciones que le surgen, como se orienta dentro de esa selva de intereses, como barrunta, en sus tratos con el imperialismo, sus tretas y sus trampas, cuáles fueron sus errores, sus debilidades... todo ello lo describe admirablemente, C. L. R. James, alumbrado, sin duda, por los métodos marxistas. Hay que decir, por si alguien no lo sabe, que el autor es considerado, también él, como un clásico: un clásico del marxismo. Esa pugna de intereses, en torno a una colonia, descrita en 'Los jacobinos negros', nos puede servir de marco de referencia para lo que pueda estar sucediendo, hoy, en Iraq o en otros países. Incluso, nos puede servir, a nosotros, en España, para vislumbrar los potenciales conflictos, si antes no lo superamos, entre los aborígenes y los emigrantes que están llegando a España. Luchas entre trabajadores que, intereses inconfesables, pueden fomentar. Allí, Haití, un pueblo pobre y esclavo, demostró, que se puede resistir, e incluso vencer, al imperialismo; de parecida manera, vemos, hoy, en Iraq, que la Resistencia nos está demostrando, a los pueblos del mundo, que, el imperialismo, puede tener los pies de barro.

viernes, 15 de junio de 2012

José Mª Amigo Zamorano: El accidente de don Eusebio


 La caida de García Luengo

La primera vez que D. Eusebio García Luelmo nos habló de su claustrofobia fue en el bar Pinar de Las Navas del Marqués. Este bar está en la Avenida Principal antes del Generalísimo. Fuimos ha hablar con él a eso de las once de la mañana. Estaba en la mesa de la esquina, junto a la una de las dos ventanas. Según se entra a la izquierda. No tiene pérdida. Es pequeño. El bar. Tenía la taza del café con el platillo encima. Café que le duraba toda la mañana (luego, leyendo a escritores que lo conocieron en Madrid, nos enteramos que hizo siempre lo mismo). Lo tomaba con una magdalena. A veces, no siempre, se le caía algo de café en la camisa. De ahí las manchas que se le veía. Y no por mugre. No por falta de higiene. Hay que decir que vivía en la calle Cervantes ¡qué casualidad en un escritor! En un chalecito u hotel, como por aquí se les llama, y era atendido por una señora que moraba enfrente, la cual le hacía la comida y le levaba la ropa. Todo lo que el viejo escritor consentía. En cuanto a lo de la ropa amplia -nos contó- era porque, efectivamente, era prestada.

-Prestada por mis hijos e hijas, si. Pero que yo las elijo.

No se las elegían.

Y los zapatos... esos zapatos que parecían haber salido de un basurero... sin lustrar... como raidos... y demasiado grandes... tenían su explicación, llevaban su por qué.

-Tengo los pies muy delicados y con ellos me encuentro a gusto; no me molestan; otros zapatos, para mi, son un tormento.

(Sobre esto nada tenemos que decir; es más, nos acordamos de una anécdota contada por Trotsky acerca de una botas de Lenin: estaban en la opera y Lenin tenía una botas relucientes, nuevas y Trotsky se admiró de ellas y las comparó con sus zapatos demasiado viejos y con alguna raja; entonces Lenin le dijo que si quería se las cambiaba por los zapatos de Trotsky ; éste aceptó y luego estuvo quejándose todo el día porque le apretaban mucho y le hacía mucho daño; en cambio Lenin estubo muy a gusto con el cambio porque para él también habían resultado un tormento esas lustrosas botas y se vio liberado de semejante suplicio.)

En la calle Cervantes se pasaba los veranos D. Eusebio García Luengo; eso si, solo; soledad voluntaria porque podía no venirse a Las Navas; también obligada, ya que su mujer, la actriz Amparo Reyes, había muerto y los hijos tenían ya su amilia. Deciamos soledad voluntaria porque D. Eusebio García Luengo era de un individualismo feroz, rabioso. De una independencia encastillada en su intimidad. Tenía que ser de ser difícil convivir día a día con él. Y lo sabía. Como otras muchísimas cosas aunque a veces se hiciera el ignorante.

El vivir solo a esa edad tiene sus ventajas e inconvenientes. Ventajas, porque vives sin que nadie contemple las miserias de la vejez. Es decir, las dificultades a la hora de vestirse, o de comer sin dientes, o de mear o de mearse en los pantalones, de... E inconvenientes, muchos inconvenientes.

Y riesgos. Y peligros.

Veamos un ejemplo: muchas noches estábamos de tertulia en una mesa del bar El Sauco. En la terraza. En plena calle. Hasta altas horas de la noche. Luego lo acompañábamos un trecho, hasta la plaza que llaman del Cristo. No admitía más. Se negaba en redondo. Y emprendía la subida de la calle Navalperal. Hundiéndose en las sombras. Un día nos dijo que el trayecto hasta su casa lo tenía estudiado meticulosamente. Y es que le iba la vida en ello, porque ver ver, lo que se dice ver, no veía mucho, aunque más de lo que él declaraba.

Por cierto, todo lo que venimos escribiento lo averiguamos poco a poco. No era muy propenso a hablar de sus dificultades. Otro día nos aclaró que esto era por orgullo.

-Los tímidos somos muy orgullosos. Yo soy tímido.

Lo cual le obligaba a no tratar estos temas de la vejez. Timidez y vergüenza de seguir siendo carne que late. Que se emociona ante una hembra, por ejemplo. Es como si se viera a si mismo haciendo el ridículo ante la moza, siendo, como era, viejo; vejez que además reivindicaba.

-Soy viejo, viejo. No maduro, ni de la tercera edad. Eso es una memez. Yo soy viejo. Y aun siéndolo se me levanta todavía, ¡qué vergüenza!

Un verano nos fuimos nosotros varios días de vacaciones. A Zamora. Dejamos Las Navas del Marqués. Al volver, desde lejos, vimos, en la terraza de el bar Pinar, al escritor. Notamos un no sé qué en su rostro, como más llena la cara, y un poco más morena, casi oscura. Nos acercamos. Tenía un tanto hichada la cara y amoratada.

-Pues esto no es nada. Días atrás la tenía como una mora.

Nos explicó que una noche, como todas, se fue caminando, cuesta arriba, hasta su morada de la calle Cervantes. Un tramo de la calle Navalperal, por donde tenía que subir para llegar a su casa, estaba, y está, poco iluminado. De modo que, como siempre, emprendió la subida, no por la acera (que no le convenía, según nos dijo) sino por la calzada, siguiendo una línea cercana al bordillo de la acera de la derecha. Algunos, pocos coches, pasaban lanzándole ráfagas de luz, alguno le pitó. Unos metros más allá tenía que torcer a la izquierda abandonando la calle Navalperal. Miró hacia arriba y hacia abajo. Lo poco que podía mirar. Por si algún vehículo venía. Nada. Atravesó la calzada y se introdujo en la que calle que atraviesa la anterior. Son unos pocos metros, todos llanos, que tiene que andar para, desviándose ahora a la derecha, meterse en la calle donde tiene su casa. Ahora, vuelta a subir hasta llegar a la puerta de su vivienda. Sin embargo, está más iluminada. Se ve mejor. Le cuesta la subida. Se detiene a veces a descansar. Luego, ayudado por su bastón o garrote reemprende su andadura. Por fin la puerta de entrada a su chalecillo. Pero ahora tiene que salvar otra dificultad, la altura del bordillo. Lo tiene estudiado. Se coloca unos pasos más arriba de la puerta y apoyándose en el bastón, toma impulso y, como otras veces, sube a la acera y ya... Pero esta vez la previsión falla, el impulso no responde y tambaleándose cae de bruces a la calzada. Se desmaya. Poco tiempo. Medio mareado, no sabe como, quizás arrastrándose, atraviesa la puerta, sube unos peldaños, y se introduce en su jardincillo. Ignora si siguió arrastrándose. Lo cierto es que abrió la otra puerta, la propia de la casa, y se acostó. En la cama. Y se durmió. Envuelto en sangre.

Por la mañana, la mujer que lo cuidaba, que vive enfrente, ve sangre en la calzada, en el jardín y se asusta. Entra en la casa. Ve a don Eusebio en la cama. Llenas las sábanas de sangre. La señora se acuerda de que el escritor tiene un nieto en Las Navas que ha vivido con su abuelo temporadas. Le avisa. Llega de inmediato con su coche. Lo lleva a Ávila. Al hospital. Por urgencias.

-¡Urgencias! -nos exclamó Eusebio García Luengo sonriendo- ¡Si, entré por urgencias! Cinco horas de espera. Curioso. Pero me curaron al final. Menos mal.

Ya se estaba recuperando. Poco a poco, el amoratado de la cara, trocado luego en casi negro, fue desapareciendo.

Aunque nosotros creemos que las secuelas le fueron fatales. Al año siguiente volvió de vacaciones al pueblo serrano de Las Navas del Marqués. Y volvimos a las charlas con él. Aunque en su hotelito. Ya no salía de su casa. Apenas. Recordamos que un médico de la localidad, José Manuel, nos dijo:

-He visto el otro día he visto a tu amigo el escritor. Subía tambaleándose y... Bueno bueno... no le quedan muchos telediarios... de vida. Creo yo.

En septiembre cuando nos despedimos de él nos dijo:

-No sé, no sé... si volveremos a vernos.

Y unas lágrimas le salieron a su amojamado rostro. Nunca antes había ocurrido tal cosa.

En diciembre murió. Y, aunque duele la noticia, no nos sorprendió.

José Mª Amigo Zamorano: Famoso desde que su madre lo pariera


D. Agustín García Calvo

Reflexionando sobre el 'Cantar de las dos Torres' que, tan amablemente, nos ha dedicado D. Agustín García Calvo caímos en la cuenta de lo poco que sabemos de su vida y su obra y de su paso por el mundo.

Guardamos en la memoria, eso si, unas cuantas leyendas, algunos chismes y escasas anécdotas. Todo superficial, pensamos; pero que ya, de por sí, indican que fue famoso desde que su madre lo pariera.

Se decía que fue a estudiar latines a la Universidad de Salamanca y que, en contra del parecer o deseos de la familia, contrajo matrimonio muy joven y que supo salir adelante solo con las becas que ganaba; también se decía que que no había pasado ni un curso y ya sabía más latín que sus profesores; o se contaba que iba a sacrificar palomas a dioses paganos a las orillas del río Tormes, que es el río que pasa por esa ciudad; y que por eso el régimen franquista le tenía entre ceja y ceja. Claro, no nos extraña, siendo, como es, la paloma un ave, símbolo del Espíritu Santo, una de las tres personas del dios católico que es, como todo el mundo sabe, uno y trino; y siendo la dictadura franquista nacional-católica ese sacrificio representaba un intento simbólico de asesinarla.

Leyendas, leyendas, leyendas.

Que tienen menos valor, para nosotros, que el pedo de una hiena vieja.

No nos imaginamos al maestro ejerciendo un oficio tan sangriento de liquidador de palomas.

Como tampoco, siendo sinceros, y lo somos, no llegamos a entender el por qué de la inquina franquista hacia García Calvo. Ni el peligro que pudieran representar sus clases de latín. En nuestra cabeza no entra.

Estudiando en la Escuela de Magisterio se contaban esas cosas. Como una vernegía. Y de ello haciamos héroes. El ansia de libertad propiciaba la creación de adalides antifranquistas. Aun nos viene a la memoria el cuento ese de Gila, el humorista, que, según se contaba, había llevado a cabo la heroicidad de salir al escenario, en algún lugar de España inconcreto, y representando a un mecánico de bicis se pasaba un tiempo prolongado, hasta que el público comenzaba a protestar, y entonces se encaraba con los espectadores espetándoles: 'Les seré franco: ni la arreglo ni me voy'. O al revés: 'ni me voy, ni la arreglo'. O se citaba a Alvaro de la Iglesia, un escritor de relatos humorísticos, ya olvidado, que fue director de la revista de humor 'La Codorniz'. Se contaba que, el tal Alvaro de la Iglesia, fue a dar una conferencia a una ciudad extremeña. Entre los asistentes, estaba, y se contaba como si se hubiera asistido a la charla, algún jerarca de la dictadura franquista. Sabiéndolo el escritor, se puso en lugar de la botella de agua una de coñac y de cuando en cuando, a lo largo de su disertación, acudía a la botella a proporcionarse un lingotazo. Y así medio obnubilado le cantó las cuarenta a ese mandamás. El borracho transformado en luchador antifranquista. ¡Ah, qué valentía! La libertar a través de la cogorza.

Pues bien, en esa escuela conocimos a Amador Madrid Calzada. Se sentaba en la misma mesa. Y llegamos a tener cierta amistad. Nos contó que su hermano era del círculo de Agustín García Calvo. Ignoramos si amigo, discípulo, compañero, seguidor, admirador... lo que si constatamos es que el escritor escribía a su círculo cartas desde donde estuviera y que ellos las guardaban como si fueran las palabras pronuciadas por un oráculo. Vamos, como oro en paño. Un día, Amador, nos trajo un hato de ellas. No recordamos su contenido. Quizás porque no entendiéramos nada de lo que hablaba. O porque el paso del tiempo haya borrado lo que leimos. Solo una frase se nos quedó prendida en el ojal, porque en nuestra mentalidad de críos, educados en el nacional catolicismo, el ver escrita una palabra malsonante era como descubrir una mosca negra en la inmaculada leche. Veamos el escándalo: leíamos una carta de este prócer de la literatura en la que, refiriéndose a no recordamos quien, decía: 'Y fulano de tal seguirá en que por cojones tiene que ser...'. Fue un choque. Eso no lo podía escribir una persona tan connotada. Tenía que ser imposible. Pero no, estaba allí escrita: 'cojones'. El ídolo se cayó a tierra. En fin...

Pasado un tiempo llegamos a pensar que el maestro, quizás, nos pudo examinar de latín. Encontramos en casa un libro de texto 'rotulado 'Viriate Vitae' que tenía su autoría. Si nos examinó, no lo recordamos.

Con esa aureola de raro, extravagante, rebelde... quisimos conocerle. Un día, estando con un amigo de Zamora, (Lorenzo Angoso Arribas se llamaba y suponemos que se seguirá llamando) lo vimos. Bueno, lo vio él. Nosotros no lo conocíamos más que de nombre. Nos acercamos y le habló. Creo recordar que no nos hizo mucho caso, sin por ello ser descortés. En un recoveco de nosotros nos quedó esta estampa: serio, patillas pronunciadas como habíamos visto en el cine que llevaban los bandoleros de Andalucía; esos que, decían, robaban a los ricos para dárselo a los pobres; enmarañado cabello negro, despechugado, camisa floreada y por fuera llevaba una especie de tabardo o abrigo largo que nos pareció adornado con algunos lamparones. Lo que dio más morbo. Lo poco que habló, unas veces lo hizo mirando al suelo y otras a un punto inconcreto, como si estuviera en otra onda su cerebro. Y lo estaría. Se alejó caminando recto, con lentitud. Eso fue todo.

Su estatura se agigantaba cuando, en corrillos, se narraba su lucha por conseguir una plaza de catedrático de latín. Otra leyenda más. Leyenda que tiene también, cómo no, al Opus Dei de trasfondo. Su contrincante, seguimos acordándonos de lo que se hablaba, era un miembro del Opus Dei. Un obstáculo serio porque la influencia política de esta 'santa mafia' era innegable, y lo sigue siendo. Para salvar este pedrusco en el camino, proseguimos con la leyenda, se le ocurrió convocar a los embajadores de los países llamados democráticos (Inglaterra, Francia, Alemania...) para que estuvieran presentes en el examen. Los que lo contaban añadían que, entre las pruebas que había que superar, una de ellas, se llamaba 'El Autobombo' que consistía, como se deduce de la palabra, en elogiarse a si mismo, darse pisto, al tiempo que se atacaba al contrinncante, ninguneándolo hasta extremos inauditos. Al parece D. Agustín García Calvo demostró que, su contrario, había publicado libros en los que páginas y páginas enteras eran de otros autores que, el maestro, señaló con puntos y comas. De manera que dejó claro que no tenía rivales en lo tocante al conocimiento del latín. ¡La verdad se hizo luz! y la luz de Agustín García Calvo brilló con tanta intensidad que dejó deslumbrados a todos los miembros del tribunal y a los representantes plenipotenciarios. Y la luz se hizo cátedra.

¡Que de leyendas en torno al maestro D. Agustín García Calvo!

Todo cáscaras.

Pero estas cáscaras demuestran que, efectivamente, había nacido una estrella del vientre de su madre. Solo faltaba ponerse en camino de Jerusalem.

Acontecieron por entonces las primeras manifestaciones contra el franquismo en la universidad. Los estudiantes se encresparon y ciertos profesores (los menos) se unieraon a ellos. La prensa y otros medios de comunicación publicaron sus nombre: Enrique Tierno Galván, José Luis López-Aranguren, Santiago Montero Díaz, Aguilar Navarro, como no, Agustín García Calvo. Fueron denunciados, expedientados y expulsados de la universidad.

La fama y prestigio del maestro se acrecentó y su situación personal se abajó como Cafarnaum. 'Y tú Cafarnaum, que hasta los cielos estás levantada, hasta los infiernos serás abajada' (San Juan, X, 15)

Él partió al exilio, cosa que supimos después, voluntariamente. Y nosotros nos fuimos voluntariamente obligados por la pasta al exilio, dentro del estado español, en Euskadi. Nos metimos en la lucha clandestina antifranquista. No volvimos a saber practicamente nada de este profesor expulsado de la universidad. Eso si, de cuando en cuando compramos algún texto suyo (pocos): poesía, traducción de alguna obra de teatro clásico griego, un opúsculo sobre Marx 'Apotegmas a propósito del marxismo' (París: Ruedo Ibérico, 1970) que no entendimos nada... Estábamos en otra onda marxista leninista.

Decíamos más arriba que supimos más tarde que se exilió en Francia. Lo leímos en uno de los libros que compramos. Nos llamó la atención cuando contaba que, tras la expulsión de la universidad, lo seguía la policía. Una vez uno de los polis que estaba haciendo su seguimiento era conocido suyo. Y lo saludó por su nombre. El sabueso, avergonzado, viose destronado de su serio cometido de su autoridad y no encontró otro recurso, para reinstaurarse en su trono policial, que abofetearle al maestro.

¡Ah! por ese libro nos enteramos de que la atmósfera se le hizo tan irrespirable que decidió exiliarse. Marchó a París de la France.

Veinte años estuvimos en Euskadi. ¡Cazi na! Cuando volvimos de regreso al viejo lar abandonado, a la tierra castellana que 'face a los ommes e los gasta', abandonamos la militancia política y nos sumergimos en la militancia literaria. Algo había que hacer. Creamos una revista. 'Caminar conociendo' bautizamos. Y por esas casualidades de la vida, como a veces la tierra es un pañuelo, por esos lugares andaba el escritor. A él acudimos para saber si podría colaborar con nosotros de una manera desinteresada. Lo que hizo generosamente con varios escritos y hasta nos concedió una entrevista. De los escritos y la entrevista pondremos los enlaces por si alguno pudiera estar interesado en ellos: 

Número 0, Cuentos vivos: http://marpita-caminarconociendo0-1.blogspot.com/2007/06/agustn-garca-calvo-cuentos-vivos.html; 
Número 2, Entrevista a Agustín García Calvo: http://ever-enen17.blogspot.com/2007/01/entrevista-agustn-garca-calvo.html; 
Número 4, Fragmento de 'La Ilíada': http://ever-enen16.blogspot.com/2007/02/agustn-garca-calvo-ilada.html; 
Número 5, Gracias a Rufino: http://ever-enen.blogspot.com/2007/03/agustn-garca-calvo-gracias-rufino.html; 
Número 6, La utopia verdadera: http://ever-enen15.blogspot.com/2007/01/la-utopia-verdadera.html; 
Número 8, Poema según promesa, traducción del latín de un poema de Benito Arias Montano:  http://ever-enen14.blogspot.com/2007/02/benito-arias-montano-poema-segn-promesa.html;
 Número 9, Para la mesa redonda sobre abolición deuda externa: http://ever-enen13.blogspot.com/2007/01/para-la-mesa-redonda-sobre-abolicin.html.

(En la lista se ha caído un poema cuyo estilo es otro, en la que, creemos, viene a decir que ha dejado la fe de dios)

Tuvimos oportunidad así de acercarnos a él personalmente. Y casi sin querer nos fueron llegando sus variados registros. Encontramos una personalidad sorprendente. Eso demostraba lo ignorantes que estábamos sobre su pensamiento. Sólo teníamos anécdotas, superficialidades, leyendas, chismes...

En una ocasión le invitamos a la presentación de un número de la revista. Como se mostrara reacio, para animarlo, le dijimos que, en el evento, estarían presentes prensa, radio y televisión.

¿Para qué se nos ocurriría decir 'televisión'? Nos respondió: '¿Televisión?. Entonces si que no vamos'. Nos explicó que se negaba a a salir en ese medio de comunicación. Es más, como se diera cuenta de nuestra perplejidad, expresó que no era ninguna disculpa para no acudir a la presentación de 'Caminar conociendo', sino que era una decisión meditada. Y para subrayarlo añadió: 'Me veo obligado todos los años a rechazar varias invitaciones de ese Medio de Formación de Masas'. Lo ponemos con mayúsculas pues es así como lo suele escribir el escritor con su ortografía particular. Y es que se negaba a aceptar aquello que dice que el no sale en ese medio es como el que no existe. Se negaba.

Le han concedido los Premio Nacional de Ensayo, Premio Nacional a la Obra de un Traductor de 1990, Premio Nacional de Literatura Dramática de 1999. De todo ello cualquiera puede encontrar referencias más concienzudas en Internet. Vease por ejemplo: http://es.wikipedia.org/wiki/Agustín_García_Calvo

Y el primero en ser un objetor fiscal (no sabemos si se dice así) que esto es otra cosa, para el sistema, más peligrosa. Fue atacado por unos y elogiado por otros. Recordamos aquí como lo atacó el escritor Francisco Umbral o lo defendió el periodista Andrés Aberasturi. Hasta un antiguo camarada nuestro (que estuvo condenado a muerte por el franquismo) decía que era la postura de un señorito de pueblo. Así estuvieron las cosas. El maestro, empero, ni fue a la cárcel, ni cristo que lo fundó.

Nosotros queremos dar nuestra particular visión de él. El que quiera obtener datos prietos, sistemáticos, científicos, serios, concienzudos... que busque en otra parte. Aquí solo encontrará una parcelita sin importancia. O si la tiene será mínima. Recordamos que, de las pocas cosas que le hemos leído (su producción es numerosísima), nos llamó la atención el que los poemas estuvieran hechos de una forma tan sencilla, con un lenguaje tan de andar por casa que nos parecía estar oyendo hablar a nuestro padre, a nuestra madre, o a cualquier campesino de Zamora. Lo atribuimos a su nacencia. Nada más lejos, nos hemos ido dando cuenta que es un lenguaje elaboradísimo. Entre los artículos que nos envió para la revista uno 'Gracias a Rufino' nos abrió la mente. Parecía hecho de corrido, a la pata la llana, pero no, tenía ritmo, musicalidad, gracia y un dominio del lenguaje que parecía indicar que la belleza está en el habla de las gentes, no hace falta retorcer las frases para que salga una obra de arte, solo se necesita saber componer lo que se quiere decir; y eso solo lo logra un maestro.

A la biblioteca que dirigíamos entonces llegó una donación de sus obras hecha por una admiradora. Leímos algunas páginas; nos viene a las mientes 'Razón común' y aquí descubrimos otro registro: el de investigador. Son pequeños hallazgos que nos han demostrado lo abierto que está a todas las manifestaciones de la época en la que vive. Otra muestra: en la entrevista que le hicimnos se nos ocurrió preguntarle acerca de esa frase o consigna de un miembro del Departamento de Estado norteamericano 'La Historia ha muerto'. Sobre eso, nos dijo, ya había escrito algo también. ¡Qué tío!

En fin, hemos ido descubriendo la luna poco a poco. ¡Valiente vernegía! Nos hemos perdido las enseñanzas de un personaje singular, sorprendente, valioso, incómodo para muchos... sin duda un grande de las letras y del pensamiento. Y a estas alturas de la vida, a esta parte del partido, en estos momentos, cuando ya uno ha hecho sus gustos, paladeado unos vinos... nos cuesta cambiar. ¡Qué le vamos a hacer! Y no lo vamos a hacer. Seguiremos con los pobres del mundo, con los perdedores del mundo, seguiremos admirando a Martí, Marx (si acaso reeleremos 'Apotegmas a propósito del marxismo' (a ver si por fin lo entendemos), Engels, Lenin e incluso Stalin... hasta la muerte. Después ya no admiraremos a nadie. ¿O si?

José Mª Amigo Zamorano: Asombrosa retentiva de E. García Luengo




Ahora que queremos escribir sobre las charlas que mantuvimos con D. Eusebio García Luengo, nos encontramos con un obstáculo practicamente insalvable: nuestra nuestra memoria es chiquita y no tomamos apuntes. Es verdad que alguna vez lo pensamos, pero como no teníamos la costumbre de hacer un diario lo dejábamos para el día siguiente y al final... Y si, nos ponemos de una mala hostia... inutilmente.

Sobre esto de la memoria, de la nuestra, lo único que podemos es compararla con la de él, con la de D. Eusebio García Luengo y... y nuestra autoestima de desmorona, se nos cae al suelo, se desparrama y se hunde en el polvo, miserablemente. ¡Qué desgracia! ¡La nuestra!

De esta constatación de la prodigiosa memoria del escritor de Puebla de Alcocer guardamos algunos recuerdos. Decía él que no era más que una memoria cordial. Solo eso. Pero... ¡santo dios!... ¡qué memoriosa cordialidad!...

Dos ejemplos:

1) Un día, estando sentados con él en la terraza del bar Pinar (cómo no); terraza que, hay que decirlo, no era mas que la acera de la calle Principal donde colocaban las mesas para tomar los refrigerios; allí nos encontrábamos charlando (en realidad hablaba él solo, nosotros escuchábamos) cuando se acercó una pareja de jóvenes que lo saludaron:

-¿Qué tal D. Eusebio? -dijo uno- ¿No me conoce? No se acuerda de mi? Hablé con usted...

-¡Pero, hombre, no me he de acordar! Le recuerdo perfectamente. Usted es Félix Rosado, el periodista. Si nos presentó, aquí mismo, hace dos años, D. José Mª Amigo que está ahora conmigo. Es mas, a usted le acompañaba un amigo que era profesor de ciencias y...

¡Se acordaba de un saludo breve, casi fugaz, de hacía dos años! ¡Joder! ¡Perdón! ¡Con cerca de noventa años!

2) Y esta segunda muestra de su excelente memoria la hemos contado multitud de veces. Bueno, pues como él mismo se expresaba, la contaremos otra vez: cierto día le hablamos de un libro que había en la Biblioteca Pública Municipal de Las Navas del Marqués titulado 'El compromiso de la novela en la II República' -si la memoria no nos engaña- de un profesor universitario, extremeño como don Eusebio y cuyo nombre hemos olvidado (este olvido para él era un pecado que achacaba a la vejez y le enfurecía) y en cuyas páginas era citado nuestro amigo muy a menudo.

-¡Ah, si! Pues traételo y me lees algo.

Cuando se lo llevamos nos pidió, como no veía para leer, que le leyéramos la bibliografía.

-Tiene dos bibliografías: de obras y de artículos.

-¡Vaya! Si que es serio el libro. Pues... lee la de artículos.

Leimos uno a uno los casi... ¿doscientos autores?... No recordamos... pero muchos.

Excepto a dos o tres los conocía a todos. Eso si, no a todos había tratado.

(Tal memoria nos hizo recordar a los griots africanos quienes en su cabeza tienen hechos que se remontan a siglos y cuando muere alguno, sin haberlo tratado, sin haber recogido todo su saber, o parte de él, es lamentado por todos diciendo que es como si se quemara una biblioteca. Seguro que de D. Eusebio nadie habrá lamentado su muerte en cuanto a lo que guardaba en su memoria, pero creemos que habría sido de mucha utilidad para numerosos estudiosos investigadores)

Y para mostrar ese conocimiento recordamos dos casos: uno, de los primeros que leimos y el otro, de los últimos.

Del primero dijo:

-Si, lo conocí. No lo traté. Escribía en el diario 'La Tarde' que, como su rótulo indica, salía por la tarde en Madrid.

Nosotros constatamos que en la bibliografía ponía: 'La Tarde', día tal de mil novecientos tantos. Y, si no desvariamos, creemos recordar que nos lo describió físicamente, incluso el lugar de nacimiento y la profesión de su padre. Solía decir que le gustaba conocer todo todo de la persona. Añadiendo siempre:

-Y si fuera posible hasta la madre que lo parió.

Del otro autor que, como ya hemos dicho, estaba al final de la lista, nos acordamos de su apellido, Urales, dijo lo siguiente, mas o menos:

-¡Ah, Urales! Hacía mucho que no lo oía citar. Este era el padre de Federica Montseny Mañé quien, como sabrás, fue ministra anarquista de la II República en el Ministerio de Sanidad y Asistencia Social. Urales no se llamaba así sino Juan Montseny. Era un pseúdonimo. Escogía nombres así porque era aficionado a la naturaleza. Pero... mira... hacia años que no lo oía nombrar...

Este suceso ocurría cuando el escritor tenía cerca de noventa. No está mal.

¡Mira! Ese es don Eusebio García Luengo


 SÁBADO, 28 DE NOVIEMBRE DE 2009

José Mª Amigo Zamorano: Primer encuentro con D. Eusebio García Luengo

Haciendo memoria, ahora que estamos recordando con nostalgia (con nostalgia, pesar, dolor, afecto, cariño, ternura... todos los sentimientos entrañables que tenemos de él) la desaparición de D. Eusebio García Luengo, se nos presenta a lo vivo el primer encuentro. Era verano, claro. Solo podía ser verano, ya que era cuando acudía a Las Navas del Marqués. Hacía la una o las dos del mediodía estábamos charlando de libros y de los judíos con nuestro amigo Antonio Escudero Ríos. Y este amigo nos lo mostró. 

-Mira, ¿conoces a ese que camina por la otra acera apoyado en su cayado con la mano derecha? 

-No.

-Es el escritor Eusebio García Luengo. ¿Habías oído hablar de él?

-Me suena... ¡Ah, si!... Veía su firma en la famosa tercera página del diario ABC.

-Algún tiempo escribió en ese periódico.

-Me he acordado porque, estudiando bachillerato en Corrales del Vino, allá por mi tierra, iba los domingos a comer donde mis tíos. Mi tío Frutos Gutierrez leía ese periódico y lo tenía muchas veces encima de la mesa camilla del comedor. Y... no sé... creo vagamente que se me quedó prendido su nombre porque me resultaba un tanto extraño... No sé.

-Antes iba muy a menudo por el Café Gijón. Era un tertuliano habitual. Casi una institución. Hacía tiempo que no lo veía... Se comentó alguna vez sobre escritores que habían caído en la miseria. Y unían los nombres de Alfonso Grosso y él entre otros... A mi me impresionó un repertaje en el que se veía a Grosso andando en zapatillas, desaliñado, roto, triste... Creo que en un manicomio.

-¿Grosso?... Ese escritor sevillano, muy bueno por cierto, publicó muchas novelas y ganó varios premios... Puedo recitar de memoria el comienzzo de 'Guarnición de silla' que fue Premio de la Crítica: 'En el mar cántabro, demasiado azul prusia, demasiado irisado de sombras y...

-Ya. No sigas. Pero así es la vida. Las editoriales se llevaron la parte del león. Y a él le dejaron las sobras.

-¿Me lo presentas?

-¿A quién?

-A Eusebio García Luengo.

-¡Ah!... Bueno, pero no te lo presento. Nos presentamos nosotros a él. Te lo digo porque yo lo conozco, pero no lo he tratado nunca.

-Vale, vale.

Atravesamos la calzada y nos presentamos. Sus ojos apagados enseguida se avivaron, se abrieron luminosos para contemplarnos. La conversación corrió amena. Él hacía posible esa charla agradable, fluida. Nos interrogó finamente. Nos hizo, sin duda, un retrato. Se quedó con todos los detalles. Detalles que luego rumiaba lentamente. Para sacar sus conclusiones de las que luego, al decir de Juan Fernández Figueroa, su amigo y el que lo colocó en la revista Índice que dirigía, jamás se desdecía.
Nos dijo, a su vez, que había nacido en Puebla de Alcocer, localidad de Badajoz en la Siberia extremeña.

-Siberia. Así la conocen y así se llama. Yo siempre nombro a mi pueblo desde el principio. Mi nacencia. Siempre. No digo, como muchos, que 'soy de la parte de...' o que 'procedo del partido judicial de...'. Como si se avergonzaran por decir que nacieron en un pueblo. Lo he observado muchas veces. Sin ir más lejos, en la calle Ibiza, de Madrid, donde vivo, hay un bar cuyo dueño dice que es de Guadalajara. Pues no, ¡mentira! es de un pueblo de Guadalajara. Yo no soy de Badajoz, no señor, soy de Puebla de Alcocer.

-¿Y va muy a menudo?

-Me preguntas que si he ido a menudo... Nunca he ido a menudo. Pero si con frecuencia. Ahora, ya llevo varios años sin ir.

-Y le gustaría.

-Si. Aunque a mis años (nadie tiene tantos años como yo) temo por el choque emocional... Además, apenas me quedan parientes... Y usted, don Antonio Escudero Ríos, dice que es de la Serena, pero ¿en qué pueblo nació usted? Si no es una indiscreción preguntárselo...

Y así fue, más o menos,el primer encuentro con D. Eusebio García Luengo.
___________
Y para terminar, ya que estamos releyendo Anábasis de Sain-John Perse, transcribiremos el final del primer poema, en la traducción de Enrique Moreno Castillo:

"... Con un vestido puro entre vosotros. Durante un año aún entre vosotros. '¡Mi gloria está sobre los mares, mi fuerza está entre vosotros!

Prometida a nuestros destinos esa brisa de otras orillas y, llevando más lejos las semillas del tiempo, el resplandor de un siglo en su cima sobre el astil de las balanzas...'.

¡Matemáticas suspendidas en los témpanos de la sal! ¡En el punto sensible de mi frente donde se establece el poema, inscribo este canto de todo un pueblo, el más ebrio,
llevando a nuestros astilleros quillas inmortales."

José Mª Amigo Zamorano: Algunas pinceladas de la vida del General La Cerda


 miércoles, 3 de junio de 2009

Motorista, automovilista, caminante, viajero sin mas, si vienes, acaso, algún día, desde El Escorial, por ejemplo, a Las Navas del Marqués y en su misma entrada, en la rotonda, tuerces a la izquierda (por supuesto, si lo haces desde Ávila a la derecha, claro) por un camino que conduce a una parte del término municipal al que llaman Valladal, podrás contemplar muy hermosos paisajes que se pierden en la lejanía hasta Gredos o Guadarrama.

Puede que te sorprenda, metido en el camino, el rótulo de una villa, 'La Cerda', apartado de la vía, a la derecha. Y puede, claro, que su nombre te llegue al cerebro, así, por si solo, sin mas, sin añadiduras, acompañado de gruñidos, hozando y revolcándose en la basura. Podría ser. Como una cerda. Aunque también, por qué no, aureolado de morcillas, chorizos, longanizas, jamones...

Vamos, una chocante ambivalencia este nombre.

Como le choca a uno, recién llegado a Ávila, si te hablan así, de golpe, sin más añadiduras y retoques, de la 'Virgen de las Vacas'. Te lo toma a rechifla. O al menos te crees que es algún choteo irreverente hacia símbolos de la religión católica, apostólica y romana. Unir virginidad, todo pureza, con ese animal que enseña y arrastra sus tetas con impúdico descaro... Asociar a ese mamífero con la prístina e inmarcesible blancura de las vírgenes...
Y no, no es eso. Que exageración por nuestra parte.

Ni en un caso ni en el otro.

Esa es una imagen venerada en un barrio de Ávila. Aquel, 'La Cerda', es el apellido de un general que vivió por estos lares, que escogió su residencia, tras años de periplo guerrero por el mundo, entre estos paisajes cubiertos de pinares. Un militar cuya vida, además, muestra algunos interrogantes y hasta misterios. Misterios que, de desvelarse, quizás, desencantarían.

O no. Vaya usted a saber.

Don Pedro de La Cerda y López Mollinedo -¡cazi na!- nació un 19 de julio de 1871 en el pueblo de San Miguel, un arrabal de Manila capital de Filipinas. Siendo bautizado, nada más y nada menos, por el arzobispo de la misma capital. Su padre, Manuel de La Cerda y Gómez Pedroso, nacido en La Rochele (Francia) era militar de profesión con grado de coronel en el arma de infantería y capitán en la de cabellería; su madre, sin embargo, Blanca López y Montón, era madrileña, española por tanto. Y, como se ve, del mismo centro patrio.

El árbol genealógico de D. Pedro está suficientemente documentado, detallado, pormenorizado hasta el extremo de saber la nacencia de sus abuelos, tanto paternos como maternos. El escritor Pablo Herce, que ha investigado, un poco, a este general, dice: 'Los abuelos paternos son D. Manuel de la Cerda y Palafox y la Excma. Sra. Dª Candelaria Pedroso y Fidalgo, ésta natural de Madrid. Los maternos son el Excmo. Don Gregorio López-Mollinedo, de Madrid, y la Excma. Dª Petra Montón y Lagarriga, de Valencia.'

El hecho de seguir la carrera militar de su padre es algo muy normal en hijos de militares; y, en aquellos tiempos, con mayor razón, cuando se es muy joven y las decisiones eran tomadas por padres todopoderosos y autoritarios. Pero, incluso, muchos han sucumbido a esas órdenes aun siendo ya mayores. Lo raro hubiera sido apartarse de esa saga familiar. A los 15 o 16 años ingresa en la Academia General Militar, saliendo, al cabo de 3 años, con el grado de alférez, a los 19 años cumplidos; y, con ganas de emular a los guerreros de la historia en sus hazañas bélicas, se apunta de inmediato en la Academia de Artillería y luego en la de Caballería. Asciende a teniente. Ya tiene cierto grado de mando. A por más. De Filipinas a Cuba donde está tente mientras cobro el poder imperial español; y adonde le suben un grado más: ¡Capitán! ¡Y por méritos de guerra! ¡En 1895! ¡El mismo año en que mataron los españoles a José Martí en Dos Ríos! Allí enferma.

De Cuba no se olvidó nunca, jamás. En un libro que escribiera años más tarde, ya cuarentón, junto con su esposa, hacen todo un elogio de José Martí (*), el poeta cubano lider de la independencia, contra el que luchara, quizás entonces sin conocerlo, con las armas en la mano.

No se sabe si a causa de la enfermedad o porque lo solicitara, lo cierto es que las notas que hemos leído lo sitúan en España desde 1897 hasta 1902 y además desempeñando el cargo de Ayudante de Campo de su padre, para a continuación serlo, en ininterrumpida ascensión, del Teniente General Arsenio Linares Pombo a quien dedica una obrita 'Las armas de fuego a principios del siglo XX' en agradecimiento por los conocimientos que le ha sabido transmitir. El libro tiene cuatro apartados: 1º. Armas portátiles; 2º. Artillería de campaña; 3º. Vulnerabilidad; y 4º. Fuego en combate, métodos y conclusión; en esta parte se refiera a su estancia en Cuba. El libro muestra una especie de frontispicio introductorio copiando un informe del Ministerio de Guerra en el que se anuncia la concesión de una Medalla al Mérito Militar de primera clase, con distintivo blanco y pensionada, por su obra. Por si alguno mostrare interés por ella decirle que fue impreso en Madrid en 1904 en los 'Talleres del Depósito de Guerra' y alude al autor 'como Capitán de Artillería y Agregado Militar a la Embajada de España en Rusia'.

Con anterioridad, en 1903, escribió dos obritas: a) 'La caballería en la batalla', consta de tres capítulos: 1. Principios fundamentales de combate; 2. Empleo de la caballería en la batall; y 3. Métodos de combate; folleto ilustrado de 15 páginas, compuesto en la imprenta 'El Trabajo', calle Guzmán el Bueno, 10, de Madrid; b) 'Organización general de la defensa', separata de la Revista Técnica de Infantería y Caballería que consta de dos partes nada más: a) Sistemas de ocupación de las diversas posiciones; y b) Principios generales sobre la ocupación de posiciones; su impresión, como en el anterior librito, en el taller tipográfico 'El Trabajo', calle Guzmán el Bueno, número 10 de Madrid.

Pablo Herce, en sus apuntes sobre la biografía de D. Pedro de La Cerda realizados en Madrid en octubre de 2003 y que nos ha facilitado don Paco Correal, añade que: 'en 1902 se traslada a París como agregado al 23 Regimiento de Dragones participando en unas maniobras; que en 1903 es Ayudante de Campo del Ministro de la Guerra; que el el mismo año se le nombra Agregado Militar a la Embajada de España en San Petersburgo donde estará hasta 1907; que durante su estancia en Rusia se le autoriza incorporarse al ejército zarista en la Primera División de Tiradores de Siberia Oriental como 'oficial extranjero' a las órdenes del mariscal Sajarov y su Cuerpo de Caballería, participando activamente en la Guerra Ruso-Japonesa de 1904-1905, en el Frente de Manchuria donde fue herido y condecorado'.

Ya de vuelta a España se le destina a la Comisión de Límites en Portugal, donde permanece hasta 1912. Año en el que pide permiso para casarse. ¡Es ya Teniente Coronel de Caballería! ¡Ahí es na!

Efectivamente, en 1912 se encuentra en Madrid con carácter estable, dentro de la estabilidad que supone estar en un ejército donde hoy estás aquí y mañana... ¡Dios dirá!
Solicita permiso para casarse con Eugenia Lefevre Tourte, ciudadana francesa que vivía en Chantilly-G, departamento de Oise. Lo hace a Su Majestal el Rey (que así hacían los nobles y los altos oficiales del ejército) este teniente coronel llamado Pedro de La Cerda. Y su jefe superior, un general, a la vera de la instancia, apoya su pedido de puño y letra. Era el 1 de diciembre de 1912.

Se ignora si le fue concedido tal permiso. Como también se ignora si se casó de verdad. Ni cuando. Ni dónde. Y aun hay más misteriosas sorpresas: en el Acta de Registro de Nacimiento, firmada y rubricada por el alcalde de la localidad de Nouard-le-France, que es copia del texto original, parece casi imposible que pudiera casarse este general La Cerda; lo decimos pues la tal Eugenia Lefevre tendría 10 años de edad. Esto se desprende, sin ninguna duda, de la copia citada hecha en el Consulado español de París el 30 de octubre de 1912 y legalizada por el Ministerio de Estado, organismo que hoy llamaríamos de Asuntos Exteriores, el 5 de diciembre.

Y, salvo error de fecha, contiene datos suficientes para hacer presumir que es verídico todo el documento. Así detalla que el alcalde del lugar certifica la inscripción en el registro de nacimientos de una niña recién nacida, venida al mundo el 19 de agosto de 1902 a las dos y media de la mañana en la rue Des Petits-Bois, a la que le pusieron por nombre Noemie Palmire Eugenie. Eran sus progenitores Emil Zacharie Velère Lefèvre, de 21 años de edad y, para más señas, trabajador del Ferrocarril del Norte y Marie Eugenie Isoline Tourte, tres años mayor que el marido. Su residencia, ya nombrada, estaba en Nouard-le-France término municipal de la localidad de Saint- Just-en-Chaussée. También especifica el documento que fue testido de este hecho Juan Francisco Victor Tourte, un carpintero que, por el apellido, parece ser el padre de la alumbradora.

Bien, efectivamente no se ha encontrado escrito alguno que certifique el casamiento de Pedro de La Cerda y Eugenia Lefevre, pero si se ha hallado en el Registro de la Propiedad de Cebreros (Ávila) su nombre, como compradora de la finca número 1449 conocida, entonces, como 'Los Golos' (hoy 'La Cerda') de la villa de Las Navas del Marqués, donde vivió la pareja, cosa que se sabe por gente de Las Navas y por un libro, que ambos escribieran, allá por finales de la década de los años veinte del siglo XX, donde dice así: "Todo llega en la vida: el 27 de julio de 1928, solitos y sin que nadie se apercibiese, partimos de nuestra casita 'Los Golos', situada en la Sierra de Malagón, a 1.400 metros de altitud, centrada en inmenso y delicioso pinar. Por la tarde, en la capital, recogemos nuestros bagajes, y el 28, temprano, en el rápido, camino de París".

Prosigamos la andadura de nuestro general. Es de suponer que todo este bagaje teórico y práctico, logrado desde que naciera en Manila, haya pesado en las autoridades político-militares, lo cierto es que lo nombran miembro de la Comisión para la Reforma de Leyes Militares, actuando al tiempo como vocal de la Comisión de Táctica y dirigiendo en Navalcarnero, pueblo de Madrid, cursos de aplicación para los grados de capitán y teniente de artillería; pero también de Información para Jefes Militares.

Al decir de Pablo Herce: 'El expediente militar de D. Pedro de la Cerda termina bruscamente. Se suspende la relación de ascensos, cargos y servicios en 1920 (cuando el interesado contana 49 años) y falta el final lógico de todo expediente: el pase a la reserva, la licencia indefinida, el fallecimiento'.

En 1927 emprende, con su esposa Eugenia Lefevre un viaje alrededor del mundo; viaje que recojen, ambos, en un libro titulado 'Viaje universal en busca de la verdad' que hemos leído con sumo interés. Y que nos sorprendió, para qué vamos a negarlo. No por su maestría a la hora de describir lo que veían, no; porque, tampoco vamos a negarlo, no es precisamente una joya de literatura de viajes, no; sino por su pensamiento, creemos, muy distante de lo que pensaban los altos mandos militares. De su lectura se pueden destacar algunas facetas de este general: que no se debía llevar muy bien con el ambiente político de su patria; es decir: con la dictadura de Miguel Primo de Rivera; igualmente su actitud crítica con el capitalismo en general y con el de Estados Unidos en particular al que apoda 'Yanquilandia'; su abominación de las guerras, como la de la Primera Guerra Mundial; acusando al capitalismo de esas matanzas; y al imperialismo; en su viaje constata la acción depredadora de los ingleses en países como India, China, Indonesia... Y los efectos nocivos, perniciosos, del dolar en América Latina.

Postura antiimperialista que, parece ser -no lo hemos leído- acentúa en el libro 'El sol de los Soviets. La Tercera internacional social de Moscú frente a la internacional armada del capitalismo'. Libro de 287 páginas, editado por Impresora Castellana. Valladolid, 1931. Dedicado a D. Niceto Alcalá Zamora. Dedicatoria que, como el mismo libro, firman Pedro de la Cerda y Eugenia Lefevre. Tiene 28 capítulos donde describen las estructuras del régimen soviético y su funcionamiento. Lenin y Stalin no salen malparados, al tiempo que atacan, como en el anterior, al capitalismo.

El hecho de ser publicado en Valladolid nos hace suponer, (por lo que le leemos a D. Manuel Azaña en la obra 'Diarios 1932-1933. Los cuadernos robados') que el general La Cerda se hallaba en Valladolid de general de la República con mando en plaza; copiamos las palabras Azaña:

'Cruz y Caminero comunican conmigo y ambos se quejan de la inacción de La Cerda. Llamo al teléfono al general La Cerda. Le informo de lo que se cuenta y le concedo 20 minutos de plazo para que vaya al cuartel de caballería y arreste a todos los que se encuentren en él no debiendo estar por razones del servicio. Promete hacerlo así inmediatamente. Desde Gobernación me hablan de autos cargados de ofciales que entran en Valladolid; de una camioneta procedente de Burgos. El general La Cerda me llama desde el cuartel antes de que transcurran 20 minutos. En el cuartel no había más que los de servicio, y ninguna novedad'.

24 de agosto de 1932 (página 43)

Y el 25 de agosto de 1932 (página 49):

'He recibido al general Cruz que manda la brigada de artillería de Valladolid. Me informa de lo ocurrido la otra noche cuando la última alarma. Y de la desatinada conducta del general de división La Cerda. El telegrama que este me envió en la mañana del 10 ya me puso contra él; pero los detalles de la reunión de generales, jefes y oficiales de la guarnición convocada por él en aquellos momentos son escandalosas. Le destituí por telégrafo. Ahora que ya está destituido es cuando se deciden a contarme que con ocasión de la fiesta de aniversario de la República, La Cerda dijo que este era un gobierno de zascandiles. La Cerda es un incapaz, semiloco. Un desastrado hasta en el vestir. Tiene una finca en Las navas. El general practica el naturismo y se pasea desnudo por el pinar. A cierta distancia va un asistente advirtiendo a los veraneantes:

-Apártense, que viene el general en cueros.

Aparte del cotilleo sobre la vida privada de D. Pedro de La Cerda las palabras de D. Manuel Azaña indican el malestar del ejército que, en rumores más o menos fidedignos, hasta él llegaban; de reuniones en algunos establecimientos castrenses donde se criticaba a la II República; también nos muestran a un general conspirador. Pero ¿en qué dirección conspiraba? Hay que decir que, en aquellos momentos, se juzgaba al general Sanjurjo por su intento de golpe de estado; y unos abogaban porque se le fusilara y otros que se le perdonara la vida; en eso andaban los ánimos encrespados; hasta en el Consejo de Ministros se mostró la división, saliendo al final por mayoría que fuera perdonado. Por el libro que hemos leído, 'Viaje universal en busca de la verdad', no parece verosímil que el general se encaminara a posturas fascistas. Las ideas que se desprenden son más bien de tolerancia, respeto, fraternidad de hombres y culturas, convivencia respetuosa con ideas de todo tipo... no se metería, por tanto, en caminos muy derechosos; mas bien se escoraría hacia la izquierda política; en todo caso, dentro de su cristianismo, nos inclinamos a pensar que tal vez fuera masón; eso si, sin tener más que sospechas, o vislumbres, o indicios... conjeturas todas sin base firme.

Pero dejemos las sospechosas neblinas y vayamos a los hechos comprobados de su biografía: en 1934 se halla dirigiendo la represión contra los mineros asturianos en la llamada Revolución de Asturias; así escribe Luis Carlos Sen Rodríguez en el Nº 63 (30 de junio de 1986) de "Tierras de León", revista editada por la Diputación de León: 'Desde los primeros momentos de la revolución el mando de las tropas acantonadas en la provincia fue ostentado por el general de la Octava División, Pedro de la Cerda, mientras que al frente de las fuerzas que efectuaron la represión en el valle de Sabero se encontraba el capitán Ramón Cifuentes, capitán de Infantería perteneciente al Batallón Ciclista".

Y hemos leído en Internet lo siguiente: 'el general Batet va ser nomenat Cap de la 6.a Divisió Organica, en substitución del general Pedro de la Cerda y López de Mollinedo'?...

(La historia, por cierto, dice que Domingo Batet, el general Batet, fue fusilado por Franco al permanecer fiel a la República: 'fue fusilado el 18 de febrero de 1937, a pesar de las gestiones que, en su favor, llevaron a cabo los generales Queipo de Llano y Cabanellas. Franco hizo caso omiso de las peticiones de Queipo de Llano en favor de su amigo Batet en venganza por la negativa de aquel a perdonar la vida en 1936 del general Campins.')

Quizás tenga relación con todo lo anterior este documento que encontró Pablo Herce fechado en 1935 y que escribe de esta manera:

'El encargado de la Subsecretaría del Ministerio de la Guerra, Sección de Personal, se dirije por oficio al General de la Octava División Orgánica para responder a un escrito de éste, fechado el 9 de febrero del año señalado. Dicho oficio lleva la del 28 del mismo mes. Al parecer, el General de la Octava División, ante la invitación de la Superioridad para proponer personalidades que pudieran ser merecedoras de recompensa, señala que el 'Gneral de División Don Pedro de la Cerda y López-Mollinedo, al iniciarse el movimiento subversivo del mes de octubre (se refiere obviamente a la revolución de Asturias de 1934) y durante el periodo álgido desempeñaba el mando de la misma (la Octava División), contrayendo méritos que pudieran ser merecedores de recompensa. A dicha sugerencia responde el Jefe de Negociado Segundo de la Sección de Personal, D. Rafael Fernández, que 'este Ministerio ha resuelto no ha lugar a concesión de recompensa a favor del expresado General'.

Nada hemos averiguado de su actuación durante la guerra del 39-39. Por Las Navas aseguran que marchó a Francia. Sin embargo esto si que aparece en la Red:

'Prensa de Madrid de 26-julio-1936: El General republicano don Pedro de la Cerda, que veraneaba en Las Navas del Marqués, se adueñó del pueblo en nombre de la República al frente de las fuerzas milicianas y reduce a la Guardia Civil, cuyos números fueron asesinados'. ¿Qué prensa? No se dice. Aunque suponemos por la frase 'cuyos números fueron asesinados' que no debía ser fuente republicana. ¿Encabezó a los milicianos?... Por estos lares de Las Navas del Marqués nadie sabe nada de esto. Lo cual es muy significativo. Y le quita credibilidad.

Desde entonces parece como si se los hubiera tragado la tierra a él y a su esposa. Ni aparece fecha de su muerte, ni lugar de enterramiento. Misterio. Misterio. Misterio.

Tal vez algún día, algún allegado nos facilite estos datos; en ellos veremos quizás a La Cerda aureolado de encarnados chorizos, de rojizas longanizas, de suculentas morcillas, de sabrosos jamones... Aunque también podría ser, por qué no, que lo atisbáramos revolcándose en la basura u hozando en la mierda. La Historia, maestra de la vida que dicen, nos muestra ambas posibilidades.

Viajero que vienes de El Escorial, por carretera, a Las Navas del Marqués y en su misma entrada, en la rotonda, tuerces a la izquierda (y si procedes de Ávila lo haces, claro está, a la derecha) por un camino que conduce al Valladal podrás contemplar muy hermosos paisajes. Te lo aseguramos.

Pero puede que te sorprenda, metido en el camino, el rótulo de una finca, 'La Cerda', apartada a la derecha. No pases indiferente a ella. 'La Cerda', para que sepas, antaño, se llamaba 'Los Golos' y fue comprada por el general Pedro de la Cerda y su esposa Eugenia Lefevre. Una pareja singular.

Dicen que en tardes de verano muy calurosas o en noches invernales, muy frías, de luna llena, con los campos nevados, se les ha aparecido, a ciertos individuos, esta pareja de amantes, paseando desnudos, por entre los pinares, cogidos de la mano, observados desde el cielo por dos cigüeñas negras.
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(*) "En América son muy escasos los que niegan el caracter de guerra civil a las que, por su independencia, sostuvieron las actuales república hispanoamericanas. José Martí, con profundo y sagaz conocimiento de la historia española, demuestra que nuestras guerras civiles, de las comunidades castellanas contra dinastías y gobernates extranjeros, emigraron a las Indias, a medio descubrir y conquistar, con Aguirre, Los Pizarro, Almagros y el viejo Carbajal; quienes se alzaron, en América, contra los despóticos Césares austricos, como hicieron en Castilla Padilla, su mujer heroica y el fiero obispo Acuña.

El gran Carbajal, veterano del saqueo de Roma y de Pavía, propuso a Gonzalo Pizarro, para colmar su rebeldía, que se casara con la hija del Inca y se proclamara Señor del Perú independiente. Carbajal, insigne entre los más insignes conquistadores, a los ochenta años de edad fue ahorcado por Lagasca.

Narra, exactamente coómo el mallorquín Juan Picornell fue desterrado a Panamá, con otros dos conspiradores, Lax y Andrés, y a Portocabello el cuarto condenado a muerte, Cortés. Después de novelesca salvación, se juntaron el Venezuela y auxiliaron a los libertadores Miranda y Bolivar. Fueron estos españoles, de la vieja España, los primeros que se unieron a los insurgentes en lucha con los realistas. No eran todos americanos los que luchaban por la emancipación, contra la tiranía hispana; ni españoles todos los titulados realistas, huestes mercenarias en las que no escaseaban los criollos. Por la Constitución lucharon: La Serna, virrey del Perú; Valdés, Canterac, Rodil y otros muchos, que se batieron en Ayacucho, frente a Sucre. Rememora la heroica campaña por la libertad de Méjico de nuestro insigne guerrillero de la Independencia Francisco Javier Mina.

Las obras completas de José Martí recogen los discursos del adalid de la palabra, la pluma y la espada de la República de Cuba; en varias de sus disertaciones insiste y hace la debida distinción de los españoles.

En el discurso conmemorativo del grito de Yara, indepencia de Cuba, pronunciado en el Gran Centro de Nueva York, dice textualmente: 'Reconocemos -¿cómo no hemos de reconocerlo recordando a Mina en Méjico, a Gainza en Guatemala, a Villamil en Cuba, al gallego Insúa en Nueva York?-, reconocemos el valor político del esspañol amigo de la liberttad, que la deja franco el paso sin oponerse a sus triunfos; nuestra profunda estimación por el español bueno y libre, sólo iguala nuestra determinación de arancar de raiz, aunque se queje la tierra, los vicios y las vergüenzas incomparables con que el español malo nos pudre'.

En otro de sus discursos, pronunciado en Tampa -velada conmemorativa del fusilamiento de los estudiantes de Medicina perpetrado en La Habana el 27 de noviembre de 1871-, hace una salvedad, muy honrosa, para quien se opuso a tanta crueldad reivindicando la honra española. Dice lacónicamente: 'Recordaré al bueno y magnánimo español, huesped inolvidable sea de todos nuestros hogares, laureado aquí en efigie junto con el heroico vindicador, quien en los dientes de la misma muerte, prefiriendo al premio del cómplice la pobreza del justo, negó fervoroso su espada al asesinato. Dicen que altivo sufre, comido de pesar, en el rincón donde apenas puede consolarlo la cólera del vencedor pudiente de los vencidos miserables. ¡Sean para el buenespañol, cubanas agradecidas, nuestras piadosas y más hermosas flores'.

Para terminar esta demasiado extensa afirmación, nunca olvidaremos el dolor profundo que percibió, al conocer la muerte del doctor José Martí -en el combate de Dos Ríos, Ventas de Casanova, junio de 1896-, el noble general don Anselmo Martínez Campos. Este hombre bueno, que escribió con sus hechos la historia contempóranea de España, modelo de patriotas y soldados, virilmente afirmó siempre que en todas las rebeliones y sediciones era la causa y pertenecía toda la culpa al jefe autoridad; sintió bien la pérdida del semejante bueno, sin fanatismos, con quien era posible entenderse para la paz y bien de todos.

Y no es preciso cansaros más, lectores amables,; las obras y conducta del doctor Martí integran el espíritu reinante desde la Pampa hasta la Sabana; indudablemente muy distinto del que domina en cámaras y camarillas de déspotas sembrados y serviles asalariados en su opulencia, en su vivir. Las hallaréis en todas partes, modestas estancias y humildes bohíos: constituyen y fundamentan el amerispanismo (sic) de la Amerispania (sic), concepto más piadoso, más justo, exento del vanidoso y común Hispanoamérica, que sufren colmados los primitivos poseedores de la tierra, aunque se pudran hartos.

Escrito este libro en castilla-español (sic), nunca por otras razones, expuesto al concepto espiritual iberoamericano, queremos dedicar especial recuerdo a síntesis, tan debatida, como los aprecios universales de historia hispana en América, investigada y estudiada sinceramente: ocultarse es engañar, además es pueril y falaz; reconocer errores es vital regeneración, única que puede salvar, con nobles rectificaciones en sus enseñanzas, es siempre la redentora Verdad."

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Pedro de la Cerda / Eugenia Lefevre en 'Viaje universal en busca de la verdad', página 31, 32, 33, capítulo IV; CIAP (Compañía Ibero-Americana de Publicaciones), Buenos Aires, Barcelona, Madrid, 1930.