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lunes, 2 de julio de 2012

Ma Galio, oído avizor


Fijaba su vista en el periódico, pero tenía su atención concentrada en lo que oía. Hablaban entre si cuatro personas sobre la resina. Al parecer el Ayuntamiento había convocado dos reuniones con el fin de saber quienes estaban interesados en la extracción de resina. Y fueron muchísimos. La crisis se nota. Ponía a tal efecto el Consistorio 30.000 pinos gratis.
-Tiene gracia -pensó Ma Galio-que no lo fueran siendo, como es, el bosque del pueblo. Pero queda muy bien. Un gesto generoso. No son tontos los lebreles del Consistorio.
Además, los que finalmente se hicieran cargo de la resina, los que aceptaran ese trabajo, recibirían 3.500 pinos.
Los contertulios no estaban de acuerdo con el numero de árboles pues, según todas las referencias, un mínimo "rentable" (entre comillas) serían 4.500 o 5.000. A esa pega le añadieron otras, dificilmente "rentables" (entre comillas) para un parado; como por ejemplo: tenían que hacerse autónomos, adquirir un vehículo para el traslado de la resina; la cosa se agravaba, y mucho, por el hecho de que cobrar, lo que se dice cobrar, sería tras de cinco o seis meses que es cuando el pino negral comienza su plena a actividad a rezumar su oro, su miel. Mientras tanto, ¿de que se alimentaban?; había una solución: que el Ayuntamiento utilizara a esas personas, pagándoles un salario, en labores de limpieza del bosque; un trabajo muy apreciado por los ecologistas e ingenieros de monte. Pero el Consistorio no contemplaba tal salida. Y puestos a pensar como parados, porque lo eran todos o casi todos los que acudieron a la reunión, ¿quién se iba a aventurar, quedándose sin los euros del seguro de paro, con esas condiciones de tan dudosa rentabilidad? Pocos. Auguraban una desbandada general. Y es que, como ya se ha dicho, a las reuniones acudió muchísima gente.
-  Normal -reflexionó Ma Galioque con el paro galopante acudieran como moscas a la miel de la resina.
El Comandante del Puesto, hijo de un obrero, deseaba ardientemente que, por lo menos, los que se hicieran cargo de ese panal de rica resina no fallecieran, como las moscas de la fábula, ’presas de patas en él’.
Lo que no entendió al principio Ma Galio fue la resurrección milagrosa de la resina rentable (¿rentable para quién?) y la vuelta a la vida de los resineros, a los que se le dio por muertos hace años. Pero consultó en Internet y supo así que China, principal competidor de resinas, antaño, ahora no era tal al transformarse, como lo ha hecho, en un país desarrollado que la necesitaba para ella; si a esto añadimos que la resina sintética, salida del petróleo, se encarecía por momentos al subir, descontroladamente, el precio del oro negro se comprendía el advenimiento de la resina y de los resineros. Al respecto había habido reuniones de alcaldes con el fin de promover su extracción; y la Junta de Castilla y Leónapoyaba a Luresa y otras empresas para que adquieran el producto resinoso.
Y siendo así la realidad, lo que seguía sin entender el Comandante del Puesto de la Guardia Civil, señor Ma Galio, es el porqué no ofrecía el Consistorio todos los pinos negrales del bosque con el consiguiente aumento de puestos de trabajo.
Algún contertulio esbozó la idea de que, tal vez, quizás, a lo mejor, el Ayuntamiento, los jefes del Consistorio, no tuvieran ningún interés en la resina y estuvieran ofreciendo vana ilusión. volutas de humo. ¿Con qué fin? Con el objetivo de quedar ante el electorado como benefactores, desprendidos gestores que hacen lo que pueden por el pueblo; de modo que en las elecciones les seguirá votando. Y aquí paz y después gloria.
Ante esta simple sospecha a nuestro Comandante del Puesto, hijo de obrero, se le crisparon los dedos en un puño de rabia. Maniobras políticas de este cariz asqueroso las había; se daban muy a menudo. Y no solo de ese jaez sino otras mas siniestras: como arrojar puestos de trabajo como el que arroja huesos a los perros para que se enfrenten unos trabajadores contra otros: parados contra los que tienen trabajo, fijos contra eventuales, oriundos contra emigrantes... por eso del divide y vencerás.
La policía sigue tácticas similares en ciertas manifestaciones. Él, Ma Galio, sin ir mas lejos, en ocasiones, haciendo labores incógnitas, sucio, melenudo, hasta con cresta punk, siguiendo un proceder acordado previamente, había roto cristaleras, ardido contenedores, y otras acciones, con el fin de que los manifestantes se dividieran entre violentos y pacíficos, preparando el terreno que justificara la intervención de los antidisturbios disolviendo la manifestación. ¿Actuaba por cuenta propia? No, siguiendo órdenes de sus mandos que a su vez las recibían de mas arriba.
Y con respecto a lo que decían los contertulios: si, era una canallada jugar con la angustia e inquietud de los parados. Ma Galio lo tenía claro. Una maniobra de dudosa moralidad. Y con consecuencias a veces impredecibles.
Él sabía mucho de eso. Le tocó resolver un caso de ambiente resinero: el del joven entoñadito en resina.

Ma Galio repasa su vida


Han pasado varios días desde que resolvió ’ los efluvios criminales’ . Se va adentrando en el pueblo y es sábado. Ma Galio está sentado en el sofá del salón de su casa. Tiene entre sus manos el libro de poemas que, Urbano Blanco Cea, le trajo la semana pasada. Ha leído la mitad de las páginas. Su mujer, Carolina, le dice que por qué no se va a pasear con su hija, que ella tiene que hacer la comida. Ma Galio, a pesar de su rostro serio, duro, de mala leche, bigote a lo Labordeta, cual corresponde a cargo de Comandante del Puesto, es tierno y condescendiente. De modo que se quita su segundo ’traje de romano’ , un mono azul, lo pone en la percha y se va, cuesta abajo, hasta el centro del pueblo.
Al salir a la calle el sol le de pleno. Da gusto pasear en estos días, piensa. Ya en la calle mira a derecha e izquierda. Gesto habitual. Una costumbre de no bajar la guardia adquirida, sobre todo, en el País Vasco donde los pistoleros de ETA podían dar una sorpresa desagradable al menor descuido. De allí también le viene la frase ’traje de romano’ referida al uniforme. Se la oyó mentar a un guardia civil en Azcoitia, pueblo del Valle del Urola en la provincia de Guipuzcoa. Este compañero solía ir de patrulla, en plan secreta, por las calles del pueblo y entonces. claro, tenía que dejar en el armario su’traje de romano’ Ma Galio estuvo en ese pueblo en labores incógnitas. Fue del servicio secreto unos años. De ahí que viajara a Azcoitia, a Zumárraga, a IrúnDonosti... Llegando en sus misiones hasta Galicia a combatir a los Oubiña. Todavía guarda carnets de identidad como fontanero, albañil, comercial, agente de seguros... Nunca, jamás, vio su vida peligrar. Quizás se deba a su prudencia y humildad. Al respecto recuerda a un campañero que estaba en Irún, de su mismo pueblo,Valdepeñas que una vez decía en alto a varios compañeros:
-Aquí, quien va por ahí diciendo, ’mu echao palante’, "estos son mis galones", dura poco. ¡Eh, Ma Galio! ¿A que si?
Y ese proceder con tiento, sin arrogancias, prudente, reservándose hasta que lo oculto aflore, le inculcó su padre, Martiniano, obrero en un almacén de vinos, militante de CCOO y algo mas, ya muerto. Pero fue allí, en Euskadi, donde esas cualidades se hicieron carne. Euskadi fue su primer destino. Su primera prueba de fuego, nunca mejor dicho. Allí, una noche, vigilando con un compañero las obras de la Central Nuclear de Lemoniz(*), son tiroteados por ETA quedando herido en una pierna y su compañero indemne. Curiosamente, cosas de la vida, su compañero, acojonado, cuando pudo se salió de la Guardia Civil ¡un hijo del cuerpo! y Ma Galiosin serlo, continuó en la Benemérita. Años después, ya en labores secretas, lo vio por Irún. Era pintor. Parecía feliz.

¡Qué tiempos!... Pero eso ya pasó. Hasta ETA se ha desvanecido. O eso parece.
Llegando a la Plaza de la Villa, la de los ’efluvios criminales’ , se cruza con el señor Alcalde al que saluda. Le parece simpático y campechano. Luego ve al imán de la mezquita; quien, por cierto, no tiene buena opinión del otro. Ma Galio, en esto, como en otras muchas cosas, sigue el lema: ’Ver, oir y callar’. Su cargo le hace ser neutral política y religiosamente.
¿No tiene ideas políticas ni creencias religiosas? Veamos: en cuanto a religión se declara agnóstico; por lo que toca a política tiene alguna idea; lo que se dice apolítico... no es; ideas, si, aunque poco firmes; pero las tiene; por ejemplo: en Peguerinos, donde estuvo unos meses en el cuartelillo, votó a IU, un poco en recuerdo de su padre y un mucho bajo la influencia de un maestro; José Mª González se llamaba; murió hace tres o cuatro años; en Avila; majo maestro, piensa Ma Galio; alguno puede que no crea esto, porque en el cuerpo, la verdad, para qué negarlo si no es un secreto, no hay muchos que voten a Izquierda Unida; pero los resultados son los que son, están ahí y pueden consultarse: de 8 o 10 votos que tuvo ese partido la mayoría eran de guardias civiles.
Deja a su hija jugando en la Plaza de la Villa con otros niños del colegio y se acerca hasta el bar Los 13 Roeles; a tomarse unos boqueroncitos en vinagre con sus patatas fritas hechas en el pueblo.
-¿Qué, señor comandante, un ’simple vino de Valdepeñas?
- ¡No me digas que ya lo tienes!
Lo de simple vino de Valdepeñas es una frase que utiliza Ma Galio copiada de la revista, desaparecida, Cuadernos para el Diálogo. Venía en una entrevista, si mal no recuerda, al exministro de FrancoRuiz Jiménez, democristiano que retuvo una vez la policía franquista. Y en ella leyó, mas o menos, que lo trataron muy mal en el cuartel pues le sirvieron, tan solo, unos taquitos de jamón y un simple vino de Valdepeñas’.
-No te jode el señoritingo este. -piensa Ma Galio- A otros como a mi padre le daban de hostias. Mi progenitor hubiera exclamado: ¡Chulo fascista!
Acerca la silla a una mesa, aparta sus pensamientos y se dispone a leer el periódico. Hay pocos clientes en el bar. La crisis que hace estragos. Los tres o cuatro hablan de la resina. Aguza el oído, sin mucho esfuerzo, porque ya de por si discuten alto. Ese tema le interesa. Años atrás tuvo un caso que le hizo cavilar: un cuerpo sepultado en resina; pero eso quedará... para otro martes.Retour ligne automatique
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Detener a los efluvios criminales


(*) Cualquier parecido con la realidad podría ser mera coincidencia.
El comandante del puesto de la Guardia Civil, que tiene semblante de estar cavilando sobre asunto importante, está sentado en su despacho. De repente exclama a voz en grito:
-¡Número!
- ¡Si, mi comandante! -se cuadra ante él un guardia.
-Relévame. Marcho un rato al pueblo.
- Pero, mi comandante... -duda el guardia.
-¡Sin peros, joder!
- ¡A sus órdenes, mi comandante!
Ma Galio, comandante del puesto de la Guardia Civil, bajó del cuartelillo en su coche y se acercó a la plaza del pueblo; era necesario; pero en llegando lo primero que hizo fue tomarse un vino en el bar Los 13 Railes; luego atravesó la calle principal pasando a la otra acera para comprar unas chuletas en la carnicería El Jamón; pagó y por el paso de cebra arribó a la susodicha plaza; allí procedió con método su inspección; primero la barrió con su mirada desde el ángulo suroeste; la situación era la siguiente: al este (frente a él) 7 jardineras blancas (solo 2 tenían plantas las demás estaban sin ellas) daban paso al marroncito edificio consistorial, sólido, macizo y de diseño infantiloide; al sur (a su derecha) tres casas, adosadas de oeste a este: la primera, justo al lado de donde miraba, de un solo piso, pintada de blanco, alegraba la vista; a continuación una de dos pisos, fachada desconchada, pegotes de cemento, persianas rotas, estaba abandonada; encima de una ventana apenas se podía leer el letrero Bar Rosco; y la última casa, casi tocando al Consistorio, también de dos pisos, estaba muy bien encalada de blanco; al oeste la plaza se abre a una calle o avenida principal; la plaza se cierra, al norte, con cuatro casas y un solar; vista igualmente de oeste a este el orden es así: la primera el Bar Plato (con actividad solo en verano); las otras tres de fachadas desconchadas, sucias y abandonadas, y en último término el solar lleno de zarzas, yerbas, maderas, plásticos y otros variados desperdicios que rodean paredes embadurnadas de letreros.
El suelo de la plaza -no tenía que mirarlo porque se lo sabía de memoria- embaldosado, lucía, aquí y allá, toda una serie de lamparones o pegotes negruzcos, cáscaras de naranja y manzana, botellas de plástico, paquetes de chucherías, serpentinas, chicles pegados, pinturas, hojas secas y, por lo que veía, en uno de los asientos de granito una mancha de color violáceo sin duda de vinazo; se acercó a olerlo;
-Si, de vino... malo, peleón.
Y por una concurrencia de imágenes, recuerda que hace unos meses pararon, allí, en la plaza, dos autobuses llenos de estudiantes que venían de estudios a ver el pueblo y alguna instalación industrial. Al bajar el primer estudiante exclamó:
-¡Dios, qué cagada! ¡Venid a ver, compañeros, nos da la bienvenida la mierda!
Y en corro se pusieron a bailar en torno al excremento. Y exclamaban haciéndole reverencia con inclinación del cuerpo hacia adelante:
-¡Oh, supremo Dios de la igualdad! ¡Postal turística de la mas sublime trascendencia! ¡Icono representativo de la escatología!Retour ligne automatique
Era una hermosa deposición en medio de la plaza, recuerda. Toda una torre de canela de perfección increíble. Un rosco enroscado en espiral y terminado en punta como señalando al agujero creador de tan insigne artista, ausente por una orgullosa timidez. Posiblemente mastín singular o un mozo en la chispa de la ebriedad quien, al hacerle un redondo, orondo y blanquecino calvo a su cuadrilla, sintiera la inaguantable e improrrogable gana de purificarse y expulsar sus malos humores. Aunque, para no ser uniétnicos podría haber sido un oscuro calvo si el mozo fuese de raza negra y en la noche mimetizado por la oscuridad o resaltado por la farolas.
¿Mastín o mozo? No sabría decirlo, pues la mierda, principio fundamental de la escatología, tiene formas y olores universales que trascienden los sexos y los reinos animales. Siendo mas fácil de saber, es cierto, su origen de clase si el excremento es abundante. Y siempre con la duda de si se podría deberse a una excepcional comilona de un parado al que algún amigo invitara aquella noche. Difícil de saberlo. Hasta tanto no había llegado nuestro sabueso particuar.
Pero, como tenía excelente vista y olfato superlativo, se dio cuenta enseguida que, algunos de los excrementos que por allí rodaban su existencia andariega, eran ya valetudinarios, achacosos y deslucidos.
Llegados a este punto mierdoso tenemos que decir, aun a fuerza de desviarnos de tan olorosa descripción, a santo de qué había ido el señor comandante a esa plaza de la villa; veamos: en el pueblo habían ocurrido unos hechos extraños que, por puro milagro, no finalizaron en tragedia; dignos de ser escritos, incluso esculpidos en bronce para lección de los vecinos; a saber: una mujer fue mordida por su señor esposo en el cuello y las nalgas y si no es porque sus gritos alarmaron a los vecinos, quienes, acudiendo presurosos, la auxiliaron, hubiera sido, literalmente, engullida; no se le olvida cómo le resbalaba la sangre al esposo (y se le puso la carne de gallina al guardia civil solo al recordarlo) por las comisuras de los labios que se le abrían en gesto de satisfacción, de puro goce; otro suceso fue el de otro marido que se puso a pegar, al parecer sin venir a cuento, a la esposa y le arañó, con saña, las nalgas; también, en ese caso, fueron los vecinos los que la salvaron de milagro; Ma Galio los interrogó a ambos; el primero le dijo: ’Olía que alimentaba, que le iba a hacer’ ; y este último contestó:
-El olor me abrió los ojos.
Y de ahí no se bajaba.
Pero fueron otros dos casos los que alarmaron mas a la población: el intento canivalesco de unos padres queriéndose comer a sus hijos: unos, padres marroquíes y otros, progenitores españoles. Suceso que conmovió a las gentes del lugar.
Ambos respondieron al comandante:
-El olor nos enloqueció.
En esos casos España ha superado a Grecia con creces en la crisis: allí a los hijos los abandonan, aquí los han intentado comer. Eso puede explicar, quizás, el apaleamiento de los estudiantes en Valencia: pues, según algunos, los votos de sus papás y sus mamás han fortalecido las porras de los polis. Y si los han apaleado con votos sin piedad, por qué no comérselos ya de paso...
En fin, los otros sucesos acaecidos son, con respecto a los ya mencionados, pecata minuta, aunque a Ma Galio le traían por la calle de la amargura: dos niños que se quisieron morder mutuamente; un infante que le pegó dentelladas a un balón con la aviesa intención de zampárselo; o la niña que se quedó sin dientes cuando osó clavárselos a sus patinetes; hasta dos perros que se lanzaron furiosos a las llantas de una bicicleta, mientras el niño que la montaba tuvo que huir para apartarse de sus dientes tan afilados, para su miedo, como cuchillas de afeitar.
Estos hechos, sin aparente conexión, le estaban comiendo el tarro al responsable policial del pueblo.
En sus pesquisas, interrogando a actores y testigos, siempre salía a relucir un nombre como común denominador: la plaza de la villa.
Y allí estaba él. Para ver si se le hacía luz en su cerebro.
Era patente que algo tenía que tener la plaza.
Y debía de encontrarlo.
Se puso a cuatro patas como buen sabueso, sin importarle que le vieran. Olisqueó los restos que por allí estaban; las aletas de la nariz se le ensancharon:
-Si, efectivamente, son trozos de mierda, rechiseca, de varios meses; hasta hay cagajones de yegua o caballo...
Desde los ventanales del Ayunta el alcalde y sus dos segundos en la jerarquía consistorial lo contemplaban con mirada interrogante e inquieta.
Se levantó decepcionado:
-No, no son los efluvios que busco -murmuró Ma Galio.
Esos que su pituitaria retenía no estaban allí. No. En esa parte de la plaza. Esos efluvios los tenía grabados. Todas las víctimas olían a lo mismo, aunque en diferentes grados. Quedó pensativo en ese ángulo de la plaza sin que pudiera exclamar por ahora:
-¡Elemental, querido Watson!
Y en esas profundas reflexiones se hallaba, cuando, por el lado norte de la plaza, una señora joven, que la atravesaba en ese instante, se resbaló y cayó al suelo. Ma Galio,todo un caballero, acudió rápidamente en su auxilio. Su figura marcial, es verdad, para qué negarlo, se descompuso, al desequilibrarse un tantico cuando patinaron sus zapatos en el grasiento embaldosado de esa parte de la plaza. Si bien, acostumbrado, como estaba, a deslices policiales, que también los tenía, logró mantenerse en pie.
Y fue entonces cuando halló la solución al enigma oloroso. Sus narices captaron el efluvio, se ensancharon. Comenzó a aspirar y a poner sus ojos grandes blancos y redondos como platos.
La mujer tirada en el suelo lo miraba, asustada, esperando cualquier cosa.
Pero él no se daba cuenta de nada. Abstraido, pensando solo en los olores del lugar, su fino olfato de sabueso, hecho a arqueologías de olores en el aire, captó las distintas capas de efluvios de muy diversas barbacoas, parrilladas o fritangas que se habían realizados en el lugar.
Y es que donde se cayó la señora y él se desequilibró es el lugar elegido por elAyuntamiento para hacer sus periódicas asaduras y estaba cubierto el suelo de una mancha oscura de grasa, restos de carne (no muchos), arena encostrada, polvo y aire teñidos de diferentes frituras: chuletas, morcillas, sardinas, chorizos...
Miró a la señora tendida en el suelo, la falda subida, las nalgas al desnudo, tiernas, temblorosas, blancas como el alabastro, que las braguitas negras resaltaban aun mas la blancura. Tentado estuvo el investigador de hincarle los dientes. Olía toda ella a sabrosa carne asada...
Afortunadamente, para la postrada en el suelo, nuestro sabueso particular, señor Ma Galio ya había saciado su apetito por la mañana temprano. De modo que tendió la mano y la ayudó a levantarse.
Antes de que la mujer se fuera le aconsejó:
-Dúchese antes de que llegue su marido. Hágame caso. Le va la vida en ello.
No lo decía en balde. La señora había quedado impregnada por los efluvios de distintas parrilladas. Esos mismo que tenían las otras señoras. Y si el hombre tenía hambre (y la crisis trae ese jinete a todo galope) intentará comerse a la mujer confundiéndola con una chuleta. O si el marido es celoso pensará que la mujer ha estado de juerga por ahí. Vete tu a saber donde...
Los otros casos (estaba claro) tenían su origen en el mismo foco pringoso, en el mismo centro de los efluvios; balones, patinetes, llantas de bicicletas, zapatos... se vieron impregnados del aceite frito llevando el olor con ellos.
Los responsables del Ayunta Consisto tal vez quisieron paliar, a su modo, la crisis dejando esa suciedad o guarrería, con su olor a fritura, pensando que el que paseara por alli si luego, en llegando a su casa, no tenía una chuleta o chorizo que llevarse a la boca, se olería a si mismo... y como dice la frase que ’ huele que alimenta ’, pues eso...
Pero el hambre, en su ciega galopada, no se sacia con olores... Y acaeció lo narrado.
Ma Galio subio la cuesta y se metió en el cuartel. Entró en su despacho. Miró un instante a la ventana y luego al guardia civil de relevo y de repente le vocea:
-¡Numero!
- ¡A sus órdenes, mi comandante! -taconeó cuadrándose el guardia.
-Búscate a un compañero y armados los dos de cubo y fregona id a detener... (iba a decir algo mas pero lo pensó mejor)... los efluvios criminales de la plaza.
-¿Pero...?
- ¡Sin pero, ni hostias, coño!
- ¿Y qué hacemos con ellos, mi comandante? Los...
- Los encerráis en el cubo y los tiráis al desagüe.

Un caso muy clásico -2


(viene de la primera parte: a)
...
El pilluelo se aleja, el pilluello se pierde en dirección a la barbería y, tras torcer a la derecha, echa a correr escondiéndose en unos soportales. Espera, Acecha. Husmea. Al poco pasa el malogrado ladrón, el amago de ratero, desorientado, mirando a todas partes y maldiciendo por lo bajo. Busca al niño. Busca el medallón. Y no lo encuentra. Desespera. Mas poco tiempo después se da cuenta que el chicuelo anda en la acera de enfrente unos metros mas atrás que él. Entonces va hacia él niño. Este se para. Se apresta. Le brillan los ojos. Chispea la mirada. Bailan los ojos. Saca una navaja.

- No, por favor. No quiero hacerte nada. / - Pues váyase. / -Lo que quiero es comprarte el medallón. / -Es de oro. Del que cagó el moro. Y vale mucho. / -¿Cuanto quieres por él? / -¿Cuánto me da? / -Tu pide. / -¿Qué me ofrece? /-100 euros. / -No. / -300. / -No. / -3.000. / -¿Dice 3.000?/ -Si. / -¿Euros? / -Si. / ¿Solo eso?... Pues no.

Y así continuaron un rato, en ese vaiven de ofertas y nones. Hasta que el hombre saca la cartera y le ofrece 10.000 euros. El Gavroche ibérico, abiertos los ojos como plantos, los lengua relamiendo los labios, sin pensarlo dos veces, los mira, los coge, los cuenta, los mete en el bolso, le da la gorra y se marcha corriendo, veloz como un conejo, perdiéndose entre soportales y callejuelas.

-  ¡Imbecil! Vale casi 70.000 euros -y se rie metiéndose la gorra en el bolsillo del pantalón .
Así, con el tesoro en el bolso, ufano, hechido de gozo, mas alegre que unas castalluelas, porque sabe que son dos piezas únicas, dos, y la otra la tiene él, se dirige a su tienda de antigüedades. Antes de llegar se para, como siempre que hace un buen negocio, en el bar de sus victorias a tomarse un vino.

-  Buenos días, don Gestas. Hoy ha habido suerte, ¿no? Algún incauto habrá mordido el anzuelo .

-  Ya sabes, Dimas, que yo no engaño a nadie que no se quiera engañar. Con mi dinero pago. Gratis no me cuesta .

-  ¿Qué desea, un... vega sicilia? -ríe el camarero .

-  Con un buen rioja me conformo .

-  Hay un vino de la casa, buenísimo. Le informo . -aclara el barman.

-  ¿Qué cuesta?

-  Menos que el rioja .

-  Pues venga ese vino de la casa .

Se toma el vino. Mira a los parroquianos para informarles del sabor excelente del vino casero de Dimas, pero nadie se fija en él. Se toma otro.

-  ¡Coño! Un día es un día .

Desde su taburete del mostrador vuelve a mirar a los clientes. Cada uno anda a lo suyo, indiferentes a los vinos que toma y a sus negocios triunfantes. Lo ignoran. Les tira el desprecio dándose la vuelta en el asiento para fijarse en el bueno y socarrón de Dimas que sigue el ajetreo de su oficio de tabernero. Piensa que las buenas jugadas en las que ha invertido dinero y gana no son para proclamarlas a los cuatro vientos sino para degustarlas en soledad. De la misma manera los buenos vinos se paladean en boca particular e intransferible. Como ese vino de la casa. Que es para creer en Dios.
- Dame el tercer vino y cóbrame.

Con el alma alegre paga y se va mas ligero y leve que una brizna. Se aparta del bar que ha sido testigo de sus victorias en la milicia del comercio. Así califica su modus vivendi. Silva una canción de moda camino de su tienda.
Canción que corta en seco. Algo ocurre a la puerta de su propiedad. Corre los pocos metrosque le quedan.

-  Señor, señor, han robado el medallón -vocea desde la puerta el dependiente.

Entra en ella.

-  ¿El medallón? ¿No será como este?

Y sacando la gorra del bolsillo la pone encima del mostrador indignado, furioso y mesándose los cabellos. Con la rabia del cazador cazado.

El medallón, chapa, insignia... o lo que sea, aparece con brillos dorados, si, con el resplandor del oro, aunque hay partes de esa ¿joya? que dejan ver colores grisáceos, plomizos. El roce con el bolsillo ha desteñido el esmalte dorado. Se sienta en una silla abatido.

Superfluo será anotar -piensa Ma Galio pero lo apunta- que, el niño, cuando echó a correr con los 10.000 euros en la mano, se dirijió hacia un coche profusamente tuneado, estrombótico, reluciente, con la capota ya subida, dentro del cual estaban dos hombres: uno era el chulapón con el que se fue a la barbería y el otro ¡qué casualidad! el que puso la zancadilla a don Gestas.

¡Ah! la bocina ya no emitía aquello de: ¡A los lados, gente ociosa!

Subido el pilluelo, el automóvil partió raudo en dirección desconocida.

Declara el Comandante del Puesto, para terminar, que tantas pistas dejaron los actores del desaguisado que no les resultó dificil a la Guardia Civil encontrar a esos timadores. No a todos. Desgraciadamente. El de la zancadilla se les escurrió como un pez. Parece ser que era el organizador.

-  Mas... lo pondré entre rejas -piensa convencido nuestro particular sabueso- Que a nadie le quepa la menor duda. Terminará en chirona. O yo no me llamo Ma Galio. Y me resulta simpático y listo, el cabrón.

Ma Galio no dice que este relato lo ha sacado a partir de una palabra. óptica. Y de experiencias de su carrera. Pero es un relato y no un caso.
O: oscuro
P: pantalón
T: Tenía
I: insignia
C: caliente
A: absurda
Frase: Tenía el oscuro y cálido pantalón una insignia absurda.
.

Un caso muy clásico -1


Un caso curioso, gratificante y hasta aleccionador para el común de los mortales, fue el de ’El Cazador cazado’. Fácil de resolver en una pequeña ciudad porque dejaron numerosas pistas. Y casi irresoluble en una gran ciudad. Ma GalioComandante del Puesto, le resulta hasta divertido contarlo.

Después de muchos interrogatorios y averiguaciones este es el relato de lo que debió de suceder. Mas o menos.
Un día de primavera, por la mañana, hacia las 11 o 12 horas, aparece en una calle muy concurrida, un automóvil cuya bocina en vez de pitar dice:

-¡A los lados, gente ociosa!

Se apea un joven de semblante agitanado o amarroquinado o arabizado. Es decir, un indefinible chulín barriobajero, español por los cuatro costados, al que solo le falta pañuelo al cuello. Tiene barba negra de pocos día y melena larga.

Luce el tal mozo un traje llamativo que parece de elegante hechura, oscuro , cálido y ajustado pantalón y luciendo en la pernera una insignia o medallón o chapa... o lo que sea, de superficie dorada, brillante como el oro y con un grabado absurdo que llama la atención del personal que pasea por la calle a esa hora de la mañana y se arracima alelado. Un niño de unos doce o trece años, piernas sucias, gorra raida, mirada risueña y andar saltarino, se le acerca:

-Señor, señor, ¿qué significa esa chapa?

-¿Por qué lo preguntas, chavalete?

-Es que no entiendo ese dibujo de la superficie. Parece una boca.

-Es una O de oro. ¿La quieres? Te la regalo si me llevas a una barbería.

El niño condujo al personaje hasta el establecimiento que se veía al fondo de la calle.

Al rato salen, uno con el pelo cortado y el infante con la chapa puesta en la gorra. El adulto le coge la gorra cariñosamente y apuntando a la chapa o insignia o medallón... o lo que fuere, le dice:

-Si alguien te pregunta de qué es esto... le contestas así: ’De Oro. Del que cagó el moro’. Y no dejes que te lo quiten.

Las gentes observan la escena a lo lejos. El hombre se separa del niño y camina hacia el coche descapotable, estrambótico, reluciente y profusamente tuneado.

Arranca y lo pone en marcha dándole a la bocina a fin de llamar la atención y de que la gente se aparte de su trayectoria. El sonido berrea roncamente:

-¡A los lados, gente ociosa!

Y tras llegar al lugar de la barbería tuerce a la derecha perdiéndose a los ojos de los congregados. De cuando en cuando se oye el bocinazo cada vez menos nítido:

-¡A los lados, gente ociosa!

El niño se pasea orgulloso en la gorra la chapa que destella al sol de mediodía.

Los paseantes han formado grupos según sus similitudes, afinidades o porque el azar, que es muy dictador, los ha juntado así porque si y cuando pasa el niño cerca de ellos lo rodean y le preguntan interesándose por el personaje y sobre todo por la medalla o medallón o insignia o chapa... El niño se quita la gorra y les muestra el metal sin dejar que lo toquen, contestando como le ha dicho:

-Es de oro. Me lo ha dicho mi amigo.

-¿Es tu amigo? ¿Desde cuando?

-Desde hace un poco.

-El dibujo que tiene en la superficie se parece a una boca abierta.

-No. Es una O. O de oro. Del que cagó el moro. Ahora la gorra tiene oro.

El corro se ríe, el corro pierde interés, el corro le dice que se ponga la gorra. Se apartan diciendo que no vale un pimiento. La escena se repite mas o menos igual con todos los grupos de gente. Excepto en uno en el cual alguien le quita la gorra y echa a correr. Pero, ¡que casualidad!, uno de los mirones le pone la zancadilla al ladrón que cae de bruces al suelo. Desde allí tiene que soportar insultos variopintos:

-¡Chorizo, sinvergüenza, ladrón!, ¡banquero mas que banquero!

Se guarda el guardia civil, nuestro policía particular llamado Ma Galio, los de mayor calibre referidos a su madre o a la tendencia sexual del caído.

Mas, pronto olvidan al amigo de lo ajeno, al chiquillo y se disgregan. La calle torna a la animación habitual sin que la quiebre un coche tuneado, una bocina habladora, un raterillo de tres al cuarto, ni un chico con gorra condecorada.

El niño se queda, solo, presumiendo de chapa o etc,. Sus piernas sucias, sus pantalones rotos, sus ojos brillantes de pilluelo, su alegre semblante lo hacen parecerse al pordiosero de París en época de barricadas, alGavroche de Los Miserables de Victor Hugo pero oriundo de Españaque no canta elogios a los pensadores revolucionarios VoltaireRouseauDiderot pero que se mueve como pez en el agua entre los indignados y en otros fregados a ver lo que pilla en algún bolsillo mas abierto de lo normal. Y siempre tarareando por lo bajo: ’Si al robo me incliné / la culpa es del PP’’Si vivo solo así / la culpa es de Botín’ o ’Si husmeo cual gato / la culpa fue de Rato’.

Sus ojos chispean sin perder de vista las andanzas del que quiso afanarle la gorra que, ahora, se ha retirado a la acera de enfrente y toma el sol.

(seguirá)