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lunes, 18 de junio de 2012

Ejemplo como una llaga


José Mª Amigo Zamorano: Haití, ejemplo como una llaga


Ha tenido que pasar, desgraciadamente, un seismo (sismo dicen en Latinoameríca) para queHaití se levante de entre los postrados de la Tierra. Ella, que está hecha escombros, nos muestra su ejemplo histórico de lucha: se puede vencer al Imperio desde el mismo Infierno de la esclavitud. Y con ella se levantan de sus tumbas sus héroes: Louverture, Dessalines,Petion, Christopher... para mostrarnos el camino de la rebelión contra la tiranía, la opresión, la explotación, a los pueblos del mundo. 

Y ese miedo al ejemplo de los muertos en los vivos es lo que llevan en la punta de sus armas los marines estadunidenses. El miedo a los rebeldes que aterrorizó, antaño, a las clases dominantes en Usa y Europa. El miedo a que el ejemplo deHaití cundiera en los campos de esclavos del Imperio. Ese miedo está latente aun en Usa y lo ha recordado hace pocos días un reaccionario televangelista. Ese miedo es el que ha animado a los helicopteros, aviones y barcos de guerra yanquis a invadir Haití. Un miedo ancestral. Un miedo de los ancestros esclavistas en la política de Yanquilandia. Eso es lo que llevan sus tropas.

Miedo y no otra cosa porque Haití ya no es 'La perla de las Antillas' de la que hablaban los franceses y que abastecía de azucar Europa, endulzando los gaznates de burgueses y aristócratas. Ya no es esa Haití que tenía 793 trapiches, 3150 añilerías, 789 algodonerías, 317 cafetales, 182 destilerías de aguardiente de caña, 50 cacaotales y tenerías, tejares, caleras... trabajadas por esclavos que se sublevaron venciendo al poderosísimo ejécito deNapoleon. Su artífice: Toussaint Louverture. Quien atraído con engaños, fue preso, llevado aFrancia en la fragata Heros en la noche del 7 al 8 de junio de 1802. Encarcelado en una mazmorra, húmeda y fría, del fuerte Fort de Joux, murió, poco después, el 17 Germinal del año XI (7 de abril de 1803) Es decir, fue asesinado, lentamente, por orden de Napoleón, a cuyas tropas había derrotado, en toda regla, utilizando la misma táctica de guerrillas que los españoles. 

Neruda tiene, en su 'Canto general', un poema dedicado a este 'Libertador'. El gran poeta de la negritud, Aimé Césaire, escribió un ensayo titulado 'Toussaint Louverture. La Revolución francesa y el problema colonial'. Una traducción, al castellano, del mismo, se publicó en La Habana en 1967. Muchos han tratado, en diversos libros, a este personaje. Pero, en fin, habría que destacar, al cubano Alejo Carpentier -que ya trató en su novela 'El siglo de las Luces' la influencia de la Revolución Francesa en el Caribe- con su 'realismo mágico' en la novelita 'El reino de este mundo'. 

Haití ya no tiene, hoy, esa importancia y esa riqueza de que hablábamos más arriba. Lo que tiene es su historia de lucha emancipatoria que esos esclavos, transformados en 'jacobinos negros', escribieron con sangre en los anales de la Historia de la Humanidad.

Ese ejemplo es el que las tropas del imperialismo Usa quieren abolir.

Estos días hemos podido leer en numerosísimos artículos las tropelías de las clases dominantes de Francia, Alemania o EE.UU. contra el pueblo haitiano al que, en venganza por su insumisión, han hundido en la miseria, pero sin poder borrar su gesta de rebelión.

También hemos podido darnos cuenta de que otros escritos han escondido esas canalladas imperialistas haciendo hincapie, sin embargo, en el desorden haitiano, la falta de gobierno haitiano, el pillaje haitiano, los robos haitianos... Narraciones que iban, sin duda, preparando el terreno para la invasión de ese ejército de mercenarios venidos de Yanquilandia con el objetivo no de ayudar a la reconstrucción de Haití, sino de impedir que el pueblo haitiano se autodetermine. Autodeterminación que bien pudiera conducir a decantarse por una alianza con la política de los paises del ALBA (Venezuela, Ecuador, Cuba...) Eso quieren cortarlo en agraz porque engrosaría la filas de los pueblos rebeldes. 

De modo que esa es la misión de ese ejército: impedir la independencia de los hijos de los esclavos.

Ha tenido que ocurrir ese terremoto para que vuelva a nosotros la primera gesta antiesclavista vencedora de la Historia lograda por los haitianos para, además, alcanzar otra victoria en estos momentos quitándonos una venda un poco tonta: la vana ilusión en un Obama.

En Haití muchas cosas pueden suceder. Pero lo que no puede pasar es su ejemplo. El ejemplo de los ancestros.
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FOTO AP, La Jornada (México)

José Mª Amigo: Reseña del poemario 'Retorno al país natal'


Título en francés, en el original: Cahier d'un retour au pays natal
Rótulo en castellano: Retorno al país natal
Autor: Aimé Césaire
ILustraciones: Wifredo Lam
Grafismo: Spectre
Edita: Fundación Sinsonte
Ciudad: Zamora
AÑO: 2.007

Aimé Césaire, el poeta antillano, fundador, con Senghor y otros, del movimiento Negritud, nominado para Premio Nobel en numerosas ocasiones, murió el jueves 17 de abril de 2008. Había nacido en Basse-Pointe (Martinica) el 26 de junio de 1913. Su poemario más citado Cahier d'ún retour au pays natal (Cuaderno de un retorno al país natal) comienza a escribirlo a los 26 años en París, donde estudiaba, y lo publica, poco después, en la revista Volontés el año de 1939. Hay otras ediciones de él en años posteriores, corregidas y aumentadas.

Para el lector castellano publicó una traducción la escritora cubana Lydia Cabrera en 1942/45? siguiendo la primera versión del 'Cuaderno', de la que, numerosos autores, hablaban y prácticamente innencontrable. Que sepamos, ninguna otra traducción a nuestro idioma se ha vuelto a hacer. Como tampoco fue reeditada, hasta que, el año pasado, 2007, lo hizo una pequeña editorial, Fundación Sinsonte, radicada en Zamora, con el título original que le puso antaño la escritora cubana, 'Retorno al país natal', pero aumentada con poemas que le agregó su autor para la edición francesa de la revista 'Presence Africaine'. Estos versos añadidos aparecen en color, para diferenciarlos de los traducidos por Lydia Cabrera, informándonos de que han sido volcados al castellano por otra cubana, Lourdes Arencibia.

Esta reedición es, sin duda, un acontecimiento cultural de primer orden. Pero nos tememos que pasará desapercibida, para el gran público, al ser, como es, esta editorial una pequeña empresa con apenas 3 o 4 títulos y con escaso poder de penetración en el mercado. Además, las grandes editoriales ya se encargarán de que no tenga ni un segundo de publicidad ya que ellas copan ordenando lo que es y no es importante, dentro de la cultura impresa.

Y por otra parte, razones de índole económica ya que el todopoderoso mercado impone su ley, no estando este tipo de literatura muy acorde con los gustos del lector de este tiempo. El amodorramiento de las masas no apetece de un libro que les haga despertar de su modorra. Y el avance del racismo en toda Europa no hará muy atractivo a este autor que, para más inri, es negro. Como lo son los pobres que quieren asaltar el paraíso europeo en pateras, cayucos... hartos de pasar hambre. Atraídos por el escaparate multicolorista de los medios de comunicación social.

Y, en llegando a las urbes, descubren que no es, todo lo que brilla, oro. Que el oro real está en manos de unos pocos. Hallan de golpe la miseria, los mendigos, las ratas que son universales y no estaban en el escaparate. Y encuentran en España a 8 millones de pobres, según las estadísticas, que no se veían en el mostrador. Y ya de paso, se enteran de que la mayor parte de los jóvenes ganan menos de 1.000 euros. Y los llaman mileuristas. Si, esos que no tendrán una casa en su puta vida. Y son autóctonos. No foráneos. Son del país. No extranjeros. Son hijos de la patria. Son de España. ¡Cazi na!

Bien, para esos jóvenes mileuristas, para esos que apenas tienen para ir tirando, pero que aun no conocen las ratas universales, ni los cartones donde se envuelven los mendigos para poder dormir un poco calientes, ni las llagas, ni el hambre hambre, para todos ellos sería muy conveniente leer esta primera obra de Aimé Césaire. Una lectura poética muy aleccionadora. Una cura de humildad. Una arcada intelectual. Les revolvería, quizás, las tripas e insuflaría un ánimo ciertamente revolucionario. Se darían cuenta que, la solo bulla rockera, no les conducirá a liberarse de sus múltiples esclavitudes. Que los matrix peliculeros deben ser ellos mismos, reunidos en muchedumbre, pero no esa 'extraña muchedumbre que no se junta, que no se rebela; hábil en descubrir el punto de castración, de fuga, de desvío', advierte Césaire; esa que 'se arrastra sobre las manos sin que jamás le venga en ganas hendir el cielo cobrando una estatura de protesta'.

Para comprender este libro haya que leerlo 'al morir el alba' (utilizamos la frase muy repetida del autor) y exclamar (como el poeta) ya desde el principio: 'lárgate, jeta de policía, cara de vaca, lárgate, odio a los lacayos del orden y a los abejones de la esperanza'. Porque no la hay, porque no existe, ahí, flotando, como una dama hermosa. Está en uno mismo como muchedumbre. Como clase de esclavos. Y cual esclavos necesitan dejar de serlo, pero para ello tienen que retornar a si mismos. Como son: una mierda jincada en un palo tomados así: uno a uno.

En el prefacio a este libro que comentamos, Lourdes Arencibia dice: 'las Antillas aparecen como el reino del engaño, la mentira, la resignación, las falsas promesas y el silencio'. Bueno, pues así se nos mostraría Europa a cada uno de nosotros, tras ese retorno al centro de cada uno, tras ese viaje introspectivo: una Europa de los mercaderes, de unos pocos, que son el Capital, donde reina la precariedad, el tente mientras cobro, la insolencia del jornalero prácticamente sin un euro, la ignorancia, estupidez y el orgullo de ser blanco, mientras se ríen, a carcajada limpia, por ejemplo, es un ejemplo, los banqueros blancos, negros, amarillos o aceitunados.

Ese viaje, es un viaje desde la altura. Al morir el alba. Al rayar el día. Desde un cielo o firmamento. En planos casi cinematográficos: la ciudad en su conjunto que se nos acerca, mostrando, cada vez más, los detalles: el barrio; la calle; las casas... hasta aterrizar de golpe: en golpe doloroso, en tremendo golpazo. Es como si bajáramos de un cielo nebuloso, o estrellado, de fantasía, hasta el áspero suelo de la tierra, dándonos una gran hostia en la cabeza; y justo precisamente 'donde derrama el mar sus inmundicias, sus gatos muertos, sus perros reventados'.

Es la primera parte de la aventura, pues nada más tocar tierra hay que proseguir el camino. Partir. Para hacerse hombre. Pero una clase de hombre especialmente sensibilizado: 'seré un hombre judío / un hombre cafre / un hombre hindú de Calcuta / un hombre de Harlem que no vota...'

Partir. 'Y regresando me diría a mi mismo: y sobre todo mi cuerpo y también mi alma, guardaos de cruzar los brazos en actitud estéril del espectador, pues la vida no es un espectáculo, un mar doloroso no es un proscenio, un hombre que grita no es un oso que danza...'

Aimé Césaire lo escribe al principio de la partida. Lo hace como principio. Pero es conclusión final de viaje. Finiquito de una jira por el mundo. Lección primera que nos da la vida: hay que comprometerse, remangarse los brazos, meter las manos en el barro, en el cieno, en el limo, en el barrizal, en el légamo... para mostrarlas en alto, al claro pentagrama del día, para que resalten. Lo hace, a su vez, con la malévola y meridiana intención de sacudir a los parados, demostrando, así, que no va a permanecer quieto, inmovilizado, inerte, sentado en el poyo, a la puerta de su casa, para ver pasar el cadáver de su enemigo. No. Quiere actuar, moverse.

Ejemplos, modelos, héroes, mártires, los tienes a paladas. Pero escoge uno: Toussaint, Toussaint Louverture. El cochero. El cochero haitiano. El cochero haitiano esclavo. Que se levantó en Haití. Que sublevó a la negrada esclava. Que la puso en pie. Y logró la primera victoria: el ser libres. 'Es mío / un hombre sólo preso de blancura / un hombre solo desafía los gritos de la muerte / blanca', aludiendo a la agonía de Toussaint, el rebelde, en la cárcel helada de Francia, donde murió, lejos de su cálida Haití natal.

Y todo el cuaderno, todo el poema en prosa son '¿Palabras? Ah si, palabras', dice Césaire. Añadiendo:'Quien no me entiende tampoco entenderá el rugido del tigre'. Y, si, todo el poema, del gran poeta antillano, de influencia surrealista, es un rugido violentísimo. Gritos, aullidos, frémitos. Porque sabe, como sabemos, y como intuyen todos los mileuristas españoles más avanzados, todos los trabajadores europeos mas conscientes, todos los asalariados del mundo con conciencia de clase, que a pesar de 'no haber inventado ni pólvora ni brújula', 'ni explorado mares ni cielos', 'se han encorvado de tanto arrodillarse' y sin embargo 'sin ellos la tierra no sería la tierra'.

'Y yo me digo Burdeos y Nantes y Liverpool / y Nueva York y San Francisco / ni un pedazo de este mundo que no lleve mi impresión digital'. Constata Aimé Césaire con orgullo.

Pero en un viaje de retorno, después del partir, en llegando no se va a poner a halagar a sus conciudadanos de la Martinica. No va a acariciar los oídos. No lo ha escrito para eso. Si lo leemos hoy, ahora, en este momento, nos quedarán prendidos en el ojal de la memoria estos versos: 'Me niego a considerar mis hinchazones como glorias verdaderas / y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles', porque 'quiero convenir que fuimos, en todos los tiempos muy ramplones lavaplatos, limpiabotas sin embergadura, y considerando las cosas lo mejor posible, hechiceros bastante concienzudos siendo el único record indiscutible que hemos batido el de la paciencia en soportar el látigo...'.

Si, reconozcámoslo, a pesar de estar jodidos, de estar machacados por muchas horas de currelo, por menos de 1000 euros al mes, angustiados por hipotecas que cuelgan de nosotros como sogas, del dolor del cabeza cada vez que llega la letra del coche y un largo etcétera, nosotros, muchos, muchísimos de nosotros, morimos sin un lamento. Luego... hay que reconocerlo, también soportamos pacientemente el látigo.

Esto es 'cómico y feo', Aimé Césaire pone con mayúsculas la comicidad y fealdad de su acción: en alguna ocasión se ha reído de algún hermano, como nos hemos reído de nosotros mismos pensando que nos reíamos del vecino. Por eso deberíamos cambiar. Llenarnos de humildad y valentía. Y prorrumpe Césaire: '¡Hacedme rebelde a toda vanidad, pero dócil a su genio / como el puño al extremo del brazo!'; 'ha llegado el tiempo de ceñirme la cintura como un valiente. / Mas (al hacerlo) preservadme, mi corazón, de todo odio'. '¡Ved el árbol de nuestras manos! / Gira para todos', 'para todos trabaja la tierra'.

Ha encontrado su sitio Aimé Césaire. Ha hallado su lugar en el mundo. Retornado a si... : 'Y ahora estamos de pie mi país y yo, al viento los cabellos, mis manos pequeñas en su puño enorme y la fuerza no está en nosotros, sino por encima de nosotros, en una voz que perfora la noche y el oído con la agudeza de una avispa apocaliptica'. ¿Es el final del camino?...

Casi al instante se da cuenta que su lucha no termina ahí, 'pues no es cierto que la obra del hombre ha terminado', 'mas la obra del hombre apenas ha comenzado'.

Por eso, porque no ha terminado el camino, mileuristas de todos los países, uníos por encima de razas. Hay aun mucho por hacer. Ligaos todos. Decidlo con Aimé Césaire:

'Liga mi negra vibración al ombligo / del mundo. / Lígame áspera fraternidad'.

Pronunciadlo. Total, nada tenéis que perder. Porque nada tenéis. Ni tan siquiera una puta casa donde meter el culo. Seguro. A no ser que os mováis como una muchedumbre organizada. Y eso... está por ver.

sábado, 16 de junio de 2012

El Sectario recuerda a Rabearivelo y de paso a Rabemananjara


CASI SUEÑOS y TRADUCIDO DE LA NOCHE dos libros de Rabearivelo

Recuerda el Sectario que en 1947 Rabemananjara, poeta malgache, escribió desde la pri­sión, donde estaba condenado a muerte, sin duda pensando en él y en otros, como él, que espera­ban en capilla:

“Las estrellas mueren sin un suspiro.
¡Qué mano elevada al horizonte
llevará a los labios de los héroes
la roja ofrenda de la Aurora!” 

Tenía mucha razón para es­tar preocupado: el ejercito colonial francés segaba, sin misericordia, las tiernas gavillas de la in­surrección malgache: cerca de 100.000 murieron en una de las más sangrientas represiones que haya visto la historia contemporánea; el Sectario ha dicho una, no la mayor. El poeta, que luego salvó la vida de milagro, era jovencísimo, tierno, como una cualquiera de aquellas gavi­llas que fueron segadas.

El Sectario es muy sensible -supone que a otros les pasará igual- a las muertes de los valien­tes y humildes cuyo único delito es rebelarse contra la opresión de los colosos. Y sigue pen­sando como Gorki: la locura de los valientes es la única sabiduría. Pero hay también otras muer­tes que le estremecen; por ejemplo: el suicidio de otro poeta malgache que ya adivinara o intuyera las gavillas: Rabearivelo.

Diez años antes de que Rabemananjara escribiera esos versos citados más arriba, Rabeari­velo se daba muerte, ya que nada tenía que hacer en este mundo, en esta vida que “se nos mues­tra demasiado rebelde...” por lo que sólo le quedaba tenderse “bajo la hierba echar una mi­rada tierna sobre aquello que algún día formará gavillas...” Y tomando 10 gramos de clo­ruro potásico, envía un beso a los libros de Baudelaire... mira el retrato de su familia: “... mis úl­timos pensamientos, son para vosotros.” “Ingiero un poco de azúcar. Me ahogo. Voy a tum­barme”

Este relato de su muerte, sacado de una página del diario inédito titulado “Cuadernos azules”, puede leerlo el Sectario porque la editorial Hiperión ha publicado, por primera en castellano, los dos poemarios más famosos del poeta malgache, “Traducido de la noche” y “Casi sue­ños” y lo incluye al final. Es de agradecer que una editorial publique voces, gritos de timbre ajeno al soberbio mundo occidental, glorioso y siniestro mundo occidental, no se olviden los 100.000 muertos, esos tiernos manojos ensangrentados, a los que nadie acercó, entonces, “la roja ofrenda de la Aurora”. Quizá algún día alguna de estas editoriales con sensibilidad traduz­can la obra de Aimé Césaire “Cuaderno de retorno al país natal”(*): algunos lo agradecería­mos. El Sectario agradece a su editor el poeta Munárriz el envío del libro; libro mag­nífico, en edición bilingüe con traducción, introducción y notas de Juan Abeleira.

El Secta­rio conoce poco el francés por lo que nada puede decir de la traducción; mas... si tiene que poner alguna pega, sería esta: que en la bibliografía sobre Rabearivelo no se recoge la anto­logía titulada “Diwan Africano” del cubano Rogelio Martínez Fure, editorial Arte y Lite­ratura, 1988. Este olvido (o desconocimiento) puede corregirse en una segunda edición, si la hay.

DE LAS PAGINAS 45, 46, y 47 DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 9
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(*) El Sectario después se enteraría que a Aimé Césaire lo tradujo al castellano la escritora cubana Lidia Cabrera allá por los años 30 del siglo pasado y recientemente (hace 3 o 4 años) editado por la editorial zamorana Fundación Sinsonte.

viernes, 15 de junio de 2012

José Mª Amigo Zamorano: Aimé Césaire, protagonista del relato


 MARTES, 27 DE MAYO DE 2008

Aimé Césaire en el recuerdo: José Mª Amigo Zamorano

Un relato ciertamente antiracista

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, miraba por el ventanal del café a la plaza, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y supo llevar a cabo con valor su resistencia.

Si tuviera que hacer un recorrido mental, y ahora lo hacía, por las lluvias que había visto o le habían mojado, desde que llegó a la Francia desde la Martinica, diría que habían sido innumerables. Unas lluvias mansas, si, pero incesantes. Y un cielo encapotado, gris oscuro, colocado sobre su cabeza oprimiéndola. 

Ahora, en este momento, comenzaba a clarear. El suelo de la plaza, por tanto, brillaba con más intensidad. El agua corría por ella como por un arroyuelo dirigiendo su líquido al oeste. Dos ancianas caminaban, muy juntas, debajo de sus paraguas. Una de ellas, a cada paso, curvaba su espalda hacia la izquierda, como si le faltaran las costillas de esa parte. A otra, más atrás, le costaba tanto el andar que parecía que el cuerpo tiraba de de sus piernas remolcándolas. Iban, sin duda, a un templo de la iglesia católica que se hallaba unos doscientos metros en dirección sureste. 

Miró su reloj. Aun quedaban algunos minutos para que llegaran sus amigos. Unos africanos y otros caribeños. Todos negros como él. Entre los más cercanos a la amistad, un senegalés y un guadalupano. Estudiantes de las colonias en la Escuela Normal Superior. Buenos estudiantes. Muy buenos. Y, como tal, acudían, tras terminar sus deberes diarios, al café, para intercambiar ideas y sentimientos. Lo necesitaban. Al ser de raza negra, recibieron desde el principio el impacto de las miradas de asombro y extrañeza, cuando no el arañazo del menosprecio o del rechazo.

Iban acumulando experiencias o anécdotas que conformaban un cuerpo, casi sólido, muchas veces maloliente, nada agradable para ellos. 

En la espera, este estudiante que decimos, recordaba varias. Una de ellas, la que más le impresionó, fue la siguiente: yendo un día por la calle, venía enfrente una mujer con un niño de la mano; el niño extiende el brazo y apuntándole con el dedo índice le dice a la hembra: 

-¡Mamá, mira, un negro!

No le dio importancia porque él era de raza negra. Obvio. De padre y madre negros. Tenía la piel morena. Se sonrió orgulloso de llamar la atención de un niño. 

Casi a su altura, el niño, tiró de la falda de su madre mientras exclamaba: 

-¡Mamá, mamá, un negro, un negro! -insistió el niño, quien con cara de susto exclamó llorando- ¡Tengo miedo!

Dejó de sonreir el estudiante y quiso hablarle al niño, pero la matrona se puso delante, cruzada de brazos, las piernas en uve, entre él y el hijo, protegiéndolo:

-¡Ni se te ocurra tocar a mi hijo, negro de mierda!

Desistió de hablar con el nene, ante la actitud agresiva de su señora madre. 

No era lógico lo que acababa de oír. Ni lógico, ni razonable, ni justo. Era negro. Pues si, pero... ¿por qué daba miedo o a qué se debía eso de 'negro de mierda'?... 

Y recordó su primer diálogo con uno de los camareros del café:

-Traigame un café, por favor.

-Perdone... quería preguntarle...

-¿Si?

-Es que no me atrevo... Acabo de llegar de mi pueblo... No he servido nunca a uno de su raza... Bueno, tampoco al de otras razas...

-Pregunte.

-Ya... pero... es que me da miedo...

-¿Miedo?

-No sé... dicen tantas cosas... que si son ustedes canívales...

-¡Por Dios! ¡No me como a nadie!... ¡Póngame el café, ya, joder!

-Enseguida... señor.

Se había enfurecido, pero fue como un chaparrón en medio de la lluvia mansa, pronto se pasó. Cuando volvió con el café le dijo que perdonara su enfado y que cuando tuviera tiempo pasara por la mesa que le explicaría algunas cosas.

Paseó la vista por la plaza mientras pensaba en todo ello. Luego, miró al camarero que estaba detrás del mostrador charlando con un cliente. Se cruzaron sus miradas y el camarero le saludó sonriéndole. Ya se había acostumbrado a la presencia del joven estudiante negro. Solía pensar:

-'Que bien habla... a pesar de ser negro'.

La coletilla 'A pesar de ser negro' le duró mas bien poco, porque era un joven inteligente y de mente abierta a lo nuevo, aunque... esta es otra historia que algún día contaremos. Si lo mencionamos aquí y ahora es porque, al verle, así, inteligente, pero falto de cultura, le dejó el estudiante negro al camarero blanco un libro sobre la trata de esclavos y al devolvérselo le dijo:

-Usted es negro descendiente de esclavos y yo blanco. Sin embargo, es más libre que yo, porque estoy esclavizado al trabajo del patrono de este café. Usted, en cambio, está estudiando...

No sabía el camarero que si él estudiaba era por una beca. Como tampoco sabía lo de su madre:

-'Y mi madre que por nuestra hambre insaciable sus piernas pedalean, pedalean de día, de noche, de noche me despiertas esas pìernas infatigables que mueven el pedal de noche, y la mordida áspera en la carne blanda de la noche de una Singer cuyo pedal mueve mi madre por nuestra hambre, día y noche'(*).

Los pedaleos de su madre lo sostenían en momentos de moral baja. Eran un acicate ante el ambiente racista que lo impregnaba casi todo. En esos momentos el recuerdo de su madre, sacrificando su vida hasta altas horas de la noche, le infundía energía suficiente para soportar toda clase de sinsabores o de agravios.

La convivencia diaria en clase estaba llena de miradas aviesas, de sonrisas maliciosas, sobre todo cuando interrogaba al profesor por alguna cuestión de historia relacionada con la trata de esclavos. Luego, en los pasillos, o en el patio de recreo, (era ya una costumbre casi mecánica), se acercaría algún grupo, cosa que no hacían normalmente. Y con mucha finura, porque, hay que decirlo, todos o casi todos eran refinados, corteses, pulcros... unos hipócritas redomados... le preguntarían acerca de esa esclavitud, con la intención de rebatirle con argumentos teñidos de una capa intelectualmente conmiserativa o paternal. Siempre ensalzando la civilización occidental en general y la francesa en particular.

-El hecho de que tú estés aquí, demuestra que nuestra civilización se ha elevado por encima de prejuicios raciales. Y a los que, milagrosamente, se separan del orden de los simios, los acoge en su seno con amor de padre. Nace esta generosa amplitud de miras de los principios morales superiores inmersos en la civilización judeo-cristiana que, reconócelo, ha derrotado, en todos los campos, al grosero paganismo...

En uno de esos fugaces encuentros, se acercó otro grupo en el que estaba un estudiante de color, que ya había visto más veces pero nunca se había atrevido a dirigirle la palabra. Y salió en su defensa con un punto de vista que conciliaba la negritud con los aportes cristianos. Todo ello expresado con una brillantez y exuberancia que lo dejó con la boca abierta. A algunos convenció y a otros, bueno, se callaron de momento, respetándolo, en el grado que un blanco de élite puede hacerlo con uno de color. Además, sus conceptos no eran nada peligrosos. 

Y su origen de clase siendo, como era, hijo de propietario y de la casta noble de Senegal, contribuían a hacerlo más digerible. En la discusión, ambos se sintieron atraídos participando, como participaban, de sentimientos similares. Y los acontecimientos históricos, como una hoz, los había agabillado, aun teniendo sus diferencias, porque las tenían. El nexo de unión estaba en Africa. Allí brotó el árbol. Pero las ramas se extendían en varias direcciones, por lo que las divergencias eran innegables: uno, hijo de propietario, el otro, de gente humilde; uno, vástago en primera línea de Africa, el otro, descendiente de esclavos, de la isla Martinica.

Diferencias que se borraban debido a su juventud y a causa de la lejanía de su ambiente, libres de las ataduras que las sociedades imponen a los individuos. A él no se le olvida ese poder de las estructuras sociales en el comportamiento de las personas; poder que se reflejó en el hermano de una novia que tuvo: fueron a un campamento veinte días; se hicieron muy amigos; una amistad sincera, limpia, sana, pura... como se quiera denominar a dos corazones que se juntan... cuando regresaban en el autobús siguieron charlando casi como hermanos..

-Pero a la vista de la ciudad se fue volviendo silencioso, se le cambió el rostro, se hizo duro, áspero, distante... como se quiera llamar a la persona que se cierra al trato... no era el mismo con el que yo había intimado en el campamento; ya no era libre, era blanco e hijo de ricos y el otro, yo, era negro e hijo de pobres.

Pero allí, en Francia, ante una sociedad que hacía tabla rasa de orígenes o etnias a la hora de tratarlos: idénticos prejuicios arañaban su existencia. Ellos, fuera de su ambiente de donde habían sido arrancados de cuajo, eran jóvenes, eran libres, eran cultos, eran... eso si, de clases diferentes, pero... eran negros... lo que les impulsaba a la hermandad, a la amistad, a la unión, a la supervivencia, a la lucha.

De modo que la ligazón fue aumentando hasta el extremo de sentir, como estudiantes negros, la idea de defenderse, legítimamente, de los ataques racistas, llegando a idear una organización o grupo de presión que contribuyera a difundir la cultura africana: su historia, literatura, costumbres, folclore... comenzando primero con una tertulia... en el café donde se hallaba en ese momento esperando la llegada de otros miembros de esa tertulia.

Seguía la lluvia cayendo con parecida mansedumbre desde hacía varios días. Y lo que parecía un clarear esperanzador se fue como el humo de la hoguera, y el cielo se tiñó de gris oscuro.

Desde que llegó a París, hubo años en que la lluvia duraba meses o si no la lluvia el cielo cubierto del nubes sin dejar pasar el sol, cuando esto ocurría se le ponía como un peso en la cabeza y tenía que enfrascarse en sus estudios para no pensar en ello, porque sino se desesperaba. No quería que eso le venciera, le derrotara definitivamente. Algunos no habían aguantado este peso y se habían suicidado. Pero a él no iba a ocurrirle esto porque en una asociación de imágenes recordaba el sol, el calor, la flora de su tierra y se pasaba horas en ese retorno a su tierra natal salvándole de la tentación de quitarse la vida. Que si alguna vez la tuvo, el recuerdo de su madre pedaleando en la máquina de coser le volvía valadí ese sentimiento.

Al principio de su llegada, no era ni su madre, ni su tierra natal, principalmente, el recuerdo que le venía. Era una moza que dejó allí. Se llamaba... No recuerda ya su nombre. Ni había vuelto a saber nada de ella. 

-Habrá encontrado novio. Tendrá ya... hasta hijos. 

Pero le gustaba rescatar momentos. En concreto, aquella tarde en el jardín: tras enseñarle las letras griegas, ella le escondió el pañuelo; nada, era una disculpa, un juego para acariciarse; él le dijo: lo tienes tu; y como que buscaba el pañuelo, comenzó a acariciarle los brazos; ella temblaba; y soltó el pañuelo de la mano, mientras él la besaba y le acariciaba los senos; tenía el pelo negro, ojos de azabache y piel fina y muy blanca... ¡curioso!... ¡piel blanca!

-¡¿Qué será de ella!? -se terminaba preguntando.

Eso era antes, recién llegado. Luego cada vez menos. El recuerdo se diluyó en la lluvia de Francia. Y solo quedó su madre. Su madre querida. Su madre inolvidable. Era como una fortaleza su recuerdo. Un baluarte inexpugnable de resistencia. 

Pero entonces, recién venido, también es curioso, era la moza la que primero aparecía. En los primeros meses. Aun lo recuerda porque, como ahora, siempre estaba lloviendo, pero aquella lluvia no era como esta: aquella taladraba de frío como un berbiquí. Los canalones lanzaban sus chorros a coro con los surtidores de las fuentes. 

Se sintió anonadado, empequeñecido, solo. Y en la habitación comenzó a llorar. A punto estuvo de abandonar Francia, de dejarlo todo, de salir corriendo y embarcarse en el mismo barco que lo había traído desde la Martinica. Pero recordó que le había prometido a... ¿cómo se llamaba?... ser valiente. La misma promesa que a su madre... No podía defraudarlas. Se quedó dormido encima de la cama. 

Lo pasó muy mal y eso que no quería acordarse de las peleas con un chulo de su clase, porque esa parte de su vida de quince años ya quedó atrás.

Al año conoció a otro negro, era de Guadalupe una isla cercana a Martinica y la estancia se le hizo menos cuesta arriba. Miembro del Partido Comunista le enseñó el camino de la lucha. Era uno de los que se reunían en el café. En sus charlas se dieron cuenta de la necesidad de publicar una revista para mostrar a sus conciudadanos negros sus fallos y para rebatir las ideas racistas. Ideas que es difícil de erradicar, en parte porque el diferente da miedo y en parte porque las lleva uno impresas sin querer.

De esto ultimo adquirió conciencia a raíz del encuentro con un negro en un autobús. Participó de ese racismo. Como un canalla. Como un canalla cobarde. Así lo contó él mismo:

-Una Tarde en un tranvía frente a mí un negro. / Era un negro grande como un pongo que pugnaba por hacerse chico en un banco del tranvía. Trataba de despojarse en este banco pringoso del tranvía, de sus piernas gigantescas de sus manos temblorosas de boxeador hambriento. Y todo le había abandonado, su nariz se parecía una península abandonada en una rada y hasta su misma negrura que se decoloraba bajo la acción incansable de una curtidura en blanco. Y el curtidor era la Miseria. Un murciélago orejudo, repentino: en ese rostro las heridas de sus garras habían cicatrizado en islotes de sarna. Era un obrero incansable la Miseria trabajando en el algún cartucho horripilante. Se veía muy bien como el pulgar industrioso y malévolo había modelado el bulto de la frente, agujereado la nariz en dos túneles paralelos e inquietantes, alargado desmesuradamente el belfo y caricaturesca obra maestra había cepillado, pulido, barnizado la oreja más dimimuta y graciosa de la creación. / Era un negro desgarbado, sin ritmo ni medida. / Un negro que movía los ojos en una lasitud sanguinolenta. / Un negro sin pudor, los dedos de sus pies crujiendo hediondos en el fondo del cubilete entreabierto de sus zapatos. / La Miseria, no puede decirse otra cosa, se había esforzado en acabarlo. / Había ahondado la órbita de sus ojos, se los había cubierto con una pasta de polvo mezclada de legañas. / Había estirado el espacio vacío en tre el sólido encaje de la mandíbula y los pómulos de la vieja e deslustrada mejilla. Encima había planteado los estacas pequeñas y lucientes de una barba de varios días. Le había enfermado el corazón y encorvado la espalda. / El todo representaba perfectamente un negro repugnante, un negro gruñón, un negro melancólico, un escombro de negro que unía las manos en plegaria sobre un bastón nudoso. Un negro enterrado en un viejo chaleco raído. Un negro cómico y feo; las mujeres a mi espalda reían al mirarle. / Me volví hacia ellas y mis ojos proclamaban que yo no tenía nada en común con este mono. / Era COMICO Y FEO. / COMICO Y FEO ciertamente(*).


Alboreó una sonrisa estúpida de complicidad con las carcajadas de las mujeres del tranvía. / ¡Halló de nuevo su cobardía, cuando deseaba acercarse a ellas y retorcerles el cuello! Pero no encontró el significado nauseabundo, en su fealdad meridiana, hasta que no lo contó en la tertulia del café donde se encontraba ahora, pensativo, mirando la lluvia empapar plaza y soportales. 

Y es que cuando terminó de relatar lo sucedido en el tranvía, uno de sus amigos, el senegalés, leyó un trozo breve de una obra clásica de la literatura castellana titulada 'El lazarillo de Tormes' que le hizo sonrojarse. La vergüenza le inundó todo su ser y casi no podía moverse por miedo a que sus huesos se rieran de él. El texto dice así:

'Ella y un hombre moreno, de aquellos que las bestias curaban, vinieron en conocimiento. Este algunas veces se venía a nuestra casa y se iba a la mañana. Otras veces de día llegaba a la puerta en achaques de comprar huevos y entrávase en casa. Yo, al principio de su entrada, pesábame con él e avíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas, de que vi que con si venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía pan, pedazos de carne y en el invierno leños, a que nos calentábamos.

De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba e ayudaba a calentar.

Y acuérdome que, estando el negro de mi padrastro trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre e ami blancos y a él no, huía de él con miedo para mi madre y, señalando con el dedo, decía: '¡Madre, coco!'

Respondió él riendo: '¡Hideputa!'

Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mi: '¡Cuántos debe de haber en el mundo, que huyen de otros, porque no se ven a si mismos!'(1).

-Vale. Con eso ya me has dicho todo. Hasta se me ha puesto la carne de gallina. De vergüenza... ¡Qué vergüenza!... ¡Soy una mierda!...

Había escondido la cara entre sus manos. Pidió perdón por su cobardía. Y miró en derredor por si alguien más hubiera notado algo. Nadie. Todos los camareros estaban trabajando y los clientes ensimismados en sus cosas. 

El guadalupano intervino para decirle que esa era un actitud hipercrítica. En realidad, con la sonrisa hermanada a las risas de las mozas del autobús, había realizado un acto de cobardía interior que pudiera trascender un día a la realidad. De momento solo había sido eso: un espíritu arrugado ante la realidad racista. Pero de los errores se aprende para no volver a cometerlos. Hasta ahora lo más grave, había seguido razonando el guadalupano, es que ese negro grandullón había sido derrotado por el sistema esclavista y él en vez de haber sentido un compromiso de rebeldía ante él se unió a la chacota general: lo que implicaba en buena manera una traición hacia todos los esclavos del mundo, hacia todos los explotados del mundo... en espíritu.

Y ¿eso que es? Nada. Un materialista dialéctico debe entender que es el movimiento y no la quietud lo que transforma la realidad. Dicho de otra manera: cuando de verdad tendrías que hacerte autocrítica es cuando tu acción se uniera a la de los enemigos de clase. Por lo que tu angustia es una simple actitud hipercrítica de naturaleza moralmente burguesa.

No entendió del todo el discurso del guadalupano, pero se dio cuenta de que sus disgustos tenían menos importancia real de la que él le había dado. Fue así mismo como una cura de humildad. Quería decir que su acción, por muy sonora o sangrienta que hubiera sido, no dejaba de ser eso: un hecho individual que nada hubiera cambiado en el orden evidente de la discriminación racial. 

Estuvo unos días mal, debatiéndose entre el orgullo de ser negro, de su negritud sin tacha, que no cuajaba con su comportamiento en el tranvía o su inmersión en la Humanidad, una Negritud sin soberbia, sin odio, pertrechada de autocrítica, empezando por los de su raza con los defectos y virtudes que había ido acumulando a lo largo de la Historia con mayúscula.

-Me niego a considerar mis hinchazones como glorias venideras. Y me río de mis antiguas imaginaciones pueriles. Me escondía tras una vanidad estúpida.. y he aquí el hombre derribado. Su frágil defensa dispersa. ¿Mas qué extraño orgullo súbitamente me ilumina? Oh luz amiga... soy de los que no inventaron ni la pólvora ni la brújula, ni el vapor ni la electricidad, ni exploraron mares, ni cielos... mas sin ellos la tierra no sería tierra... mi negrura no es una piedra... se hunde en la carne roja del suelo, en la carne ardiente del cielo... (*)

Esa era su Negritud, una comunión con los suyos sin malquerencias hacia los demás, pero sin dejarse pisar por nadie. Y para eso necesitaban una publicación donde plasmar sus posturas ante la vida...

Al fondo de la plaza ya aparecían algunos de los esperados. Dos viejas, camino de la iglesia, les miraron con miedo apartándose de ellos. Pero a estas alturas de la historia ya no les importaba. Los rostros negros del senegalés y el guadalupano se confundían con el gris del ambiente. Caminaban deprisa envueltos en gabardinas negras. Tenían que debatir muchos puntos. Entre ellos el título de la revista: 'El Estudiante Negro' o tal vez 'Legítima Defensa'. O, quién sabe... otra cualquiera como... El tiempo lo diría.

El estudiante, que era negro, la piel de su rostro así lo delataba, los miraba desde el ventanal del café, se había apostado, al poco de llegar a París, tras unas breves escaramuzas, a una defensa legítima ante el ambiente hostil que, en un primer momento, lo sorprendió desarbolándolo. Y con ellos llevará a cabo su...
___________
(*) Cuaderno de un retorno al país natal: poemario de Aimé Césaire. Reeditado en España por la Fundación Sinsonte con el título 'Retorno al país natal. Diciembre de 2007. Zamora.

(1) El Lazarillo de Tormes, Anónimo.

viernes, 30 de mayo de 2008

Aimé Cesaire: 'Hábil tallador de pedernal'

(En recuerdo y homenaje a Miguel Ángel Asturias)


hábil tallador de pedernal
sembrador al voleo de semillas de oro en la densa
crin de la noche hipocampo
cultivador demente de diamantes
mellador de hachas como ningún árbol de la selva
Miguel Ángel se sentaba en el suelo
y ponía un amuleto en el huesecillo de sus palabras
cuatro palabras de sol blanco
cuatro palabras de ceiba roja
cuatro palabras de coralillo

Miguel Ángel se tomaba un buen trago
de aguardiente de estrellas maceradas por nueve noches
que hervía en la garganta no extinta de los volcanes
y su tráquea de obsidiana

Miguel Ángel contemplaba en el fondo de sus ojos
las semillas que alcanzaban gravemente su perfil de árboles

Miguel Ángel acariciaba con su pluma
la gran bóveda de los vientos y el remolino polar

Miguel Ángel iluminaba con pinos verdes
la cabeza azul de los papagayos en la noche

Miguel Ángel bañaba con sangre de estrellas lácteas
de venas esmaltadas y frondas de luz
la huella gris
de la hora del día de los días del tiempo de los tiempos

y luego
Miguel Ángel desataba sus músicas severas
una música de arco
una música de olas y jícaras
una música de ríos que gimen
puntuada por cañonazos y frutos del curupay
y los buriles de cuarzo tamborileaban
las agujas de jade despertaban a los cuchillos de pedernal
y los árboles resinosos
Miguel Ángel hechicero de los versos relucientes

el samán se tambaleaba con sus locos brazos enredados
con todos sus dijes de máquinas extraviadas
con la risilla del mar en calma
en el cuello cosquilludo de las caletas
y la amistad minuciosa del Gran Viento

cuando las flechas de la muerte alcanzaron a Miguel Ángel
no lo encontraron yaciente
sino erguido en su gran estatura
al fondo del lago que se iluminó

Miguel Ángel hundió su piel de hombre
y se puso su piel de delfín

Miguel Ángel se quitó la piel de delfín
y se volvió arcoiris

Miguel Ángel se desvistió la piel de agua azul
vistió su piel de volcán

y se instaló montaña siempre verde
en el horizonte de todos los hombres -



De Poesía completa© Editions du Seuil— Traducción de Una Pérez Ruiz

jueves, 17 de abril de 2008

Aimé Césaire muere a los 94 años


HA FALLECIDO A LOS 94 AÑOS
Césaire Aimé: el poeta de Martinica que formó parte del movimiento de la 'negritud'
Se negó a reunirse con Sarkozy cuando éste era ministro del Interior francés
Defendió la identidad cultura africana tanto en su vida literaria como política


Aimé Césaire, promotor de la identidad cultural negra. (Foto: AFP)
Actualizado jueves 17/04/2008 16:23

EFE
PARÍS.- El poeta y político de Martinica Aimé Fernand David Césaire (1913), fallecido a los 94 años de edad hoy jueves 17 de abril de 2008, pasará a la historia por haber puesto su actividad literaria al servicio de sus ideas, profundamente anti-coloniales y definidas en el término de 'negritud'.
El concepto lo utilizaría por primera vez en su libro de poemas 'Cahier d'un retour au pays natal' ('Cuaderno del retorno al país natal', 1947), afirmando que "soy de la raza de los oprimidos". Lo hacía afinado en el contacto con otros estudiantes de colonias francesas, como el senegalés Léopold Sédar Senghor -padre de la independencia de Senegal- y el guayanés Léon-Gontran Damas.
Además de ese emblemático libro, la publicación en 1950 de su 'Discurso sobre el colonialismo', amplificó el eco de sus posiciones en el Caribe y África, además de contribuir a dar a su obra un carácter universal.
Césaire entendía la 'negritud' como una reacción a la asimilación cultural que imponía el colonialismo francés y como un fomento del sustrato africano de la cultura de su tierra, desprestigiado por el racismo colonial blanco.
En la defensa de esos valores empeñó parte de su vida, tanto en su literatura, centrada en la poesía -aunque también cuenta con piezas de teatro, ensayos y obras históricas- como en su dilatada carrera política.
Su entrada en política se produjo de la mano del Partido Comunista Francés (PCF), con el que conquistó en 1945 la alcaldía de Fort-de-France, un puesto que no abandonó hasta 2001. En la actualidad ostentaba todavía el cargo de alcalde honorario de la ciudad.
Descontento con la posición del PCF frente a la revuelta de Hungría, dejó la formación en 1956, un año antes de fundar el Partido Progresista Martiniqués (PPM), con el que reivindicaba la existencia de una comunidad martiniquesa y apostaba por una amplia autonomía, no por la independencia.
De su puño y letra salió la ley que transformó en departamentos franceses las antiguas colonias ultramarinas Martinica, Guadalupe, Guayana y Reunión, una labor que le valió críticas entre los sectores independentistas de su isla.
Entre 1946 y 1993 fue elegido y reelegido por la circunscripción de Martinica diputado en la Asamblea Nacional francesa, en la que primero estuvo con el PCF, posteriormente con los no inscritos y, desde 1978, con el Partido Socialista.
Respetado en Martinica y en la Metrópoli, Césaire mantuvo su posición anti-colonial hasta los últimos días de su vida.
En 2005 expresó de forma pública su oposición a una ley que reconocía el papel positivo de la presencia francesa en Ultramar por considerarlo colonialista y, por ello, se negó a reunirse con el entonces ministro del Interior, Nicolas Sarkozy.