En 1997 Najmeh Shobeyri, por primera vez en castellano, presentó a la gran poetisa iraní Forugh Farrojzad en la revista 'Caminar conociendo' (ya cerrada hace algún tiempo) y tradujo 3 poemas: 'regalo', 'muñeca de cuerda' y 'renacer'. En este blog encontrará numerosos escritos de la poetisa iraní y de otros poetas.
jueves, 14 de junio de 2012
Reseña de 'Las Puertas del Infierno'
LUNES, 14 DE MAYO DE 2007
José Mª Amigo Zamorano (*): 'Las Puertas del Infierno'
Para una antología contra el racismo
*
Las Puertas del Infierno de Ryunosuke Akutagawa
El que había de ser un clásico de la literatura japonesa, Ryunosuke Akutagawa, nació el año de 1892, hizo un tránsito fugaz por la tierra y luego se suicidó en 1927.
Fue miembro de un grupo literario formado en torno a Natsume Soseki, famoso escritor que enseñaba en la Universidad de Tokio la doctrina del 'Sokuten Syoshi', según la cual, la felicidad sólo se halla en la contemplación imaginativa. Esta doctrina llegó a fascinar a Ryunosuke que, parece ser, había captado esta técnica en los estilos literarios de Prosperó Merimee y Anatole France.
Los entendidos, eso si, advierten en los trabajos de Riunosuke Akatugawa la influencia de Chesterton, Byron e incluso de Keats. Influencia inglesa que no es de extrañar ya que estudió ese idioma en la Universidad de Tokio.
También nos dicen, estos entendidos, que conocía bien los clásicos chinos.
Las traducciones al inglés de las novelas Kashomon y Kappa y el cine, que las ha representado, han proporcionado al público occidental un atisbo de lo que es la obra de Akutagawa. El más prestigioso premio literario japonés lleva su nombre.
Pero nada de eso sabía yo hace quince años, cuando entré en una librería de la ciudad de Irún.
No sé por qué entré allí aquel día. Conocía, eso si, a las dueñas. Eran hijas de maestros y, aunque no he sido muy proclive al corporativismo, en el ambiente profesional se oía, frecuentemente, el nombre de esta librería. Así que, como me gustan los libros, había ido varias veces por allí.
Tengo que decir que hubo una temporada en que no había día que no comprara algún libro, fuera el que fuese. Aquel día, creo, entré por charlar un poco. No a otra cosa. Las dueñas eran dos mujeres encantadoras. Las llegué a apreciar. Aún hoy las recuerdo, y creo que, horadando las distancias, va mi simpatía y ellas la sienten. En fin, la librería, en el Paseo de Colón, fue sustituida por un negocio de chucherías. Yo lo sentí y ellas, a pesar de que ahora (por entonces) ganaban muchísimo, creo que también lo sentían. Pero la vida es así. Contaban que el trabajo en la librería era muy esclavo, y ya se sabe que los esclavos reciben poco del amo.
Cuando llegaban clientes a la librería me retiraba a un lado prudentemente. Miraba las estanterías. Hojeaba los libros... En uno de esos intervalos, mientras esas amigas atendían a los potenciales compradores, me di de bruces con Las Puertas del Infierno, obra que la editorial de Barcelona, Luis de Caralt, publicó en 1965, traducida por A. L. Pérez, de este escritor japonés que comento.
Aún se me pone la carne de gallina. Aún siento un desasosiego que no ha podido borrar el tiempo. La he leído varias veces. No es más que un cuento y sin embargo me estremezco al recordarlo y hasta el estómago se me revuelve: me siento moral y físicamente mal. Después me he enterado, por los que saben de literatura japonesa, que a este escritor le iba un poco lo macabro.
Yo, la verdad, me llevé el libro por lo exótico de la literatura (no sabía nada de ella) y por lo exótico del nombre del autor (porque el nombre se las trae). Supongo que con el mismo exótismo con que ellos verán nuestra literatura y nuestros nombres, vi yo la suya y sus nombres.
El libro quedó arrumbado en casa.
Una noche, por azar, lo comencé a leer. Se trataba de una colección de diez cuentos.
El título del libro lleva el del primer cuento Las Puertas del Infierno: un pintor deforme y malvado vive bajo los auspicios de un gran señor feudal, con una hija preciosa a la que adora: "El amaba tiernamente a su única hija, que era doncella de servicio en palacio. La amaba con devoción, con una ternura que rayaba casi en el desvarío y la locura", se lee en el cuento. A este pintor, deforme y malvado, que ya he dicho, le encargaron que hiciera un cuadro sobre los horrores del infierno. Poco a poco va haciendo su trabajo con extraordinaria y admirada maestría, pues hay que decir que, aunque monstruoso y odiado, todos reconocían en él a un gran artista. Un día "el gran señor de Horikawa, el más grande señor que el Japón tuvo jamás", recibió al pintor, quien le comunicó que no podía terminar el cuadro, pues necesitaba ver para pintar: "Lo que tengo que pintar es el coche de un poderoso señor que, consumiéndose entre llamas, se despeña con una dama dentro". El señor estalló en una risa fresca y le dijo que todo eso lo vería. Algunos días después llevaron al pintor a las afueras de la ciudad. El carruaje estaba preparado. El pintor preparó sus achiperres. Comenzó a arder el vehículo y comenzó a pintar el pintor. El coche se fue deslizando cuesta abajo. El viento agitó las llamas. Un trozo de cortina cayó dejando ver a una dama que, encadenada, se retorcía con la angustia, el miedo y la desesperación en los ojos desorbitados.
En ese momento, el pintor, que estaba de rodillas, saltó sobre sus pies extendiendo las manos, en un intento de precipitarse hacia el carruaje. Los samurais se lo impidieron, lanzándolo atrás.
Era su querida hija la dama del coche que se iba muriendo consumida por el fuego. Víctima inocente por haber rechazado los requiebros amorosos del gran señor de Orikawa.
El pintor terminó su pintura y abandonó el mundo.
Al día siguiente de concluir el cuadro, "el hombre se colgó por el extremo de una cuerda, sujeta a una gran viga".
Estremecedor y elemental como la vida misma.
(*) José Mª Amigo Zamorano es el director de la revista 'Caminar Conociendo'.
LEIDO EN LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO', NÚMERO 0-1 DE 1992 SIN PAGINACIÓN. AL PIE DE LA REVISTA APARECE LA FRASE DE JOSÉ HIERRO:
'ESPADAS DESNUDAS.
OJOS HERIDOS POR EL ALBA'
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José Mª Amigo: El proceso desamortizador en Las Navas del Marqués (*)
MIÉRCOLES, 16 DE MAYO DE 2007
Historia: El proceso desamortizador de Juan Álvarez Mendizabal(*)
EL PROCESO DESAMORTIZADOR DE MENDIZABAL EN LA PROVINCIA DE AVILA (1836-1883)
ALGUNOS COMPRARON EN LAS NAVAS DEL MARQUÉS
Según el Diccionario Alcubilla, desamortización es el acto jurídico en cuya virtud los biene amortizados dejan de serlo, volviendo a tener la condicón de libres de propiedad particular ordinaria.
Al alborear el siglo XIX, la casi totalidad de las tierras de Ávila estaban amortizadas, fuera del libre comercio, bien en manos de señores laicos, comunidades religiosas, iglesias, capellanías, etc. La Iglesia en España había acumulado una enorme cantidad de bienes...
Las Cortes casstellano-leonesas de los siglos XIII al XV protestan de que las tierras pasen a propiedad de manos muertas.
La enorme catidad de bienes en poder de las muertas había preocupado también a políticos del siglo XVIII como Olavide y Jovellanos. Pero la venta de bienes del clero, para los ilustrados del siglo XVIII tampoco podía hacerse sino era mediante negociación con al Santa Sede.
Hacia 1830 la monarquía estaba endeudada hasta las cejas. El origen de la enorme deuda pública se remonta al reinado de Carlos IV y la Guerra de la Inpendencia.
Es, pues, como dice Miguel Artola, la necesidad de amortizar la deuda, el primer argumento en pro de la desamortización, pero no es el único por cuanto influye con igual fuerza el deseo de afianzar la burguesía rural y el régimen.
Según Tomás y Valiente dio origen a la aparición de nuevos propietarios.
Aunque, al vender en pública subasta los bienes de la Iglesia y del común, no fue una verdadera reforma agraria, tuvo efectos positivos, pero en general los ricos se hicieron más ricos.
Sirvan estos párrafos de homenaje a Irene Ruiz-Ayucar, que investigó estas cuestiones en ávila y que antes de terminar su investigación murió. Nosotros hemos extraído de su libro algunos de los que compraron en desamortización en Las Navas del Marqués por aquellos tiempos.
(*)Nació en 1790 y falleció en 1853. Mendizábal fue uno de los más destacados políticos españoles del siglo XIX. Tomó parte en la Guerra de la Independencia y se adhirió en 1820 al movimiento de Riego. Ya en su juventud se hizo notar por sus grandes conocimientos hacendísticos. Fue ministro de Hacienda tres veces (1835-1842) y, durante su gestión, llevó a cabo la desamortización y venta de los bienes de las comunidades religiosas.
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LAS NAVAS DEL MARQUÉS
LOS BERNANLDO DE QUIRÓS Y LOS SEGOVIA COMPRARON EN DESAMORTIZACIÓN
Año 1845
Las Navas del Marqués.
San Pablo de Dominicos, que se subastó en los siguientes términos: "Edificio que fue convento de dominicos de Las Navas del Marqués, situado al norte del pueblo, con inclusión de la iglesia, capilla, sacristía, cuadra, cija y corral, el consta de 29.423 pies horizontales. Tasado en 42.000 Rls. por lo que sale a subasta" (Bol. núm. 1908, de 7 de marzo de 1845). El remate fue por 200.040 reales, que pagó el vecino de Las Navas, Vicente Segovia. En la escritura realizada el 10 de enero de 1851 se dice que cedió la iglesia, capilla y sacristía para aplicarlos a la parroquia (AMP. Prost. 5914, ante José Delgado)
CELESTINO MIGUEL SEGOVIA
Vecino de La Adrada, residente en ávila. Propietario. Compra en 1866 principalmente y algo en 1867. De las 22 fincas que adquiere, todas para si, 16 están situadas en el Partido de Cebreros. El importe total de las 22 fincas es de 396.890 reales. Muere en 1873, dejando como heredero y testamentario a su padre Vicente Andrés Segovia.
ANDRÉS BERNALDO DE QUIRÓS
Vecino de Las navas del marqués. Propietario muy acomodado. Diputado Provincial en 1835-36. Procurador en Cortes en 1841, 42 y 43. Forma sociedad con otros para la explotación de una mina de plomo argentífero en Casas de Navas del Rey.
En 1842 compra seis fincas en Las Navas por las que paga 371.700 reales.
NICASIO BERNALDO DE QUIRÓS
Vecino de Peguerinos. Labrador propietario. Fue desterrado por carlista a Valladolid en 1874.
Compra en desamortización en 1859, 10 suertes de heredad de prados y tierras que en Peguerinos tenía el Hospital del Espinar (Nicolás Pablo Rocandio, Protocolo 5975). En 1860 adquiere otra finca en su pueblo procedente de Propios. En 1869 remata en Villanueva de Gómez una carnicería de Propios del pueblo para Valentín Sñanchez Monje )AHPA. Cja núm. 87). Paga por todo 109.999 reales.
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TOMADO DE LA REVISTA 'CAMINAR CONOCIENDO, NÚMERO 0-1, DEL AÑO 1992 SIN PAGINAR, PERO EN EL LUGAR DE LA PÁGINA APARECE EN CADA PÁGINA UNA FRASE, DICHO, PROVERBIO (CASI SIEMPRE AFRICANO) O VERSO.
EN ESTA CASO DICE:
'LA HIENA SE PASÓ DÍA Y NOCHE ORANDO..., MAS LAS CABRAS NO SE FÍAN'
(Proverbio peul)
José Mª Amigo Zamorano: Rematando las 'Campanas de Jericó'
JUEVES, 28 DE JUNIO DE 2007
José Mª Amigo Zamorano: Epílogo de las 'Campanas de Jericó'
epílogo
.... y que antes de volar a USA decidió hacer, con sus nuevos amigos, una fiesta de despedida en el Bosque de Yehuda Haleví, vertiendo agua y vino en el olivo que, el sabio hebreo Hain Beinart, plantara... y que fue la fiesta no a la pagana manera, sino a la hebrea... y que, para los judíos, los primeros templos fueron los bosques y su Yahvéh no desdeñó comparecer en las zarzas... y que conocida es la importancia que da la Torá a todo lo que se relaciona con los árboles... y sin que por ello se quiera ofender a Diana, la virginal señora del bosque de Nemi, ni a Sileno, ni a ninguno de los otros, pues en esto de la elección de divinidades tutelares todo el mundo es muy libre de tener sus propios santos... y que simplemente le complació comparecer en este bosque que lleva nombre del admirado autor del Cuzarí, ese libro maravilloso cuya primera traducción al castellano, del siglo XV, se proponía editar, en facsímil, el entrañable Antonio Escudero, muy pronto... y que un poco bebidos, "la ebriedad es un don", se sentaron en torno del olivo... y que León incomprensiblemente en un arrebato sorprendió a sus amigos haciendo un anillo con juncos entrelazados... y que cogiendo el anillo lo introdujo con suma delicadeza en una rama del olivo, plantado por el sabio israelí Hain Beinart, diciendo solemnemente: "Yo, León Saldaviel Anqaua, incrédulo como mi padre, y como el admirado mentor y judío universal Carlos Marx que tuve tantos años, nieto, biznieto y tataranieto de rabinos, te tomo, Sara Saldaviel Alfageme por esposa, y a ti, Sefarad, por madre reencontrada que cobijóme, antaño, en su seno, en este olivo para que sea testigo de mi palabra, según las costumbres de Moisés y de Israel"... y que no entendieron, a decir verdad, sus nuevo amigos, cabalmente, todas y cada una de las palabras pronunciadas pero que se emocionaron visiblemente... y que les resbalaron unos lagrimones por sus mejillas... y que poco después, con los ojos y la cara encendidos, les dijo a sus amigos extendiendo el brazo: "ese toro que por allí aparece, con alas verdes y llevando en su grupa a mi adorada paloma blanca, es el mismo que cabalgó mi antepasado Efraím Anqaua, El Rabino; mirad como mueve impaciente las chitas para que yo vaya"... y que Antonio dijo, con la sorna que a veces sacaba, sonriendo: "eso que ves allí es, efectivamente, un toro, un toro jardo; y que lo que se dice llevar, llevar, amigo León, si que lleva algo, y no son precisamente alas verdes, sino unos hermosos cuernos, unas afiladas astas"... y que, al parecer, exclamó muy enfadado: "parece mentira, amigo Antonio, que no te acuerdes de la promesa que hice, en nombre de Moisés y de Israel, de tomar por esposa a mi prima Sara a la que le introduje un anillo en el dedo; ahora viene a reclamarme el cumplimento de esa promesa; yo no quiero ni puedo negarme; y como dice el amigo Carlos: 'acción y pensamiento van unidos'... y que se levantó de súbito sin que pudieran detenerlo... y que dirigiéndose, valeroso, al toro iba diciendo: "me voy a subir a lomos del astado de Sefarad; y abrazaré a mi amada; y marcharé volando por todas las tierras de Sefarad; de manera que, ni cristianos, ni moros, ni Cristo que lo fundó, me robarán lo que mas quiero como se lo robaron, antaño, a mi pariente Efraím Anqaua, el Rabino que Montaba un Toro Embridado de Culebras"... y que la familia del barrio judío le voceaba: "atiende, amigo León, que ese toro no sabe de judíos, moros, ni cristianos; que lo que parecen alas verdes son las matas de juncos de la ribera donde se ha parado y que sobresalen a ambos lados como si de alas se tratara; y lo que parece lleva a la grupa no es sino el álamo que al fondo se recorta"... y que no les hizo caso a pesar de que el toro se le arrancó corriendo de frente ... y que, menos mal, León hizo un pequeño quiebro y el toro no le dio de lleno... y que los amigos y algunos campesinos de Hervás consiguieron apartar al toro de allí hasta que llegó la ambulancia... y que eso era todo lo que había podido averiguar ya que el paciente solo recuerda fragmentos que expresa sin un razonamiento continuado ni coherente.
--Muchas gracias por su información --le dijo muy nerviosa, Sara Saldaviel Alfageme, al médico que le había hablado.
Los negros ojos, "dolientes" --que cautivaran a León Saldaviel Anqaua, hijo de irreverente, y nieto, biznieto y tataranieto de rabinos-- estaban humedecidos por el llanto.
--Señora, no se preocupe: se recuperará; eso si, muy lentamente y con paciencia -- le expresó el doctor interpretando las lágrimas como una muestra de desesperanza.
Sara se aleja por los rincones del olvido en dirección al portón de salida del manicomio. La reclamaba un hombre autoritariamente desde la acera de la calle.
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José Mª Amigo Zamorano: ¡Envidia y solo envidia!
DOMINGO, 12 DE AGOSTO DE 2007
José Mª Amigo Zamorano: ¡Envidia cochina!
Salió a pasear su ociosidad. Mas, antes de seguir su sendero, quería dejar constancia que le hubiera gustado tenderse en prado de fina yerba, al lado de una piscina hecha para él solo.
Ya antes de comenzar la cuesta, la vio en su cama o en su casa o en su nido, que todo viene a ser lo mismo donde uno descansa.
Salió, como digo, a dar una vuelta por el pueblo; a ver, cómo, la vida corría sin necesidad de su concurso; a comprobar, una vez más, que el fluir de la existencia sigue, imparable, sin importarle qué garbanzo o pimiento, u otro semilla cualquiera, entre en la cocedura.
Con esta amarga conciencia, de realismo extremo, caminaba calle arriba oyendo el rodar y rozar de coches sobre el asfalto mojado. Con el calor que hacía, seguro que el dicho asfalto se embriababa de de contento ante el doble despilfarro de agua. Doble, porque, por una parte, el agua venía saltando tapias de jardines privados y, por otra, procedía del desbordamiento de setos, por donde pasaba la tubería de goma, del riego por goteo, ¡qué risa!; agua que venía incrementado su caudal despilfarrador, calle abajo, desde los alcorques de los árboles.
Árboles y plantas, adornaban de manera irregular todo lo largo de la calle. Decimos irregular, si, pues, puestos, como lo fueron, hace años, no habían sido cuidados con el debido esmero y, claro, algunos se habían secado, quedando de planta a planta, claros o calvos demasiado evidentes, lo que hacía de esta irregularidad, para qué negarlo, un verdadero adefesio.
Pero bueno, irregular o no, las fincas, con sus casonas a ambos lados de la carretera, lo agradecían. O, por lo menos, seguro que su precio se había incrementado un poco más. A los dueños les importaría un bledo, unas plantas mas o menos; ya, de por sí, sus jardines estaban de flora a rebosar. Por cierto, bien protegidos por muros de considerable altura. Así impedían que su intimidad fuera violada por miradas impertinentes. De modo que, los setos y árboles callejeros, ni los veían.
Había salido a pasear.
Dicen los higienistas que es muy bueno para la salud…
Y él decía, porque tenía su opinión al respecto, que, igualmente bueno para la salud… ¿igualmente bueno?... ¡no!, ¡mucho más!, era tumbarse en una hamaca bajo el palmeral rumoroso de playas caribeñas; por ejemplo: las de Cuba; o tirado en arena suave y blanquísima de un paraíso tropical cualquiera (para qué discriminar a nadie) con olas de movimiento blandengue, cansado, mecidas por brisas con aromas de jazmines (u otros aromas cualesquiera, buena gana de relegar a unos por otros) y el agua, claro, casi, en calma chicha…
-"Lo cierto es que, bueno, sí... -asentía con la cabeza- reconozco la bondad del pasear, sin necesidad de que higienistas u otros ‘istas’ lo digan; pero siempre en unas determinadas condiciones… Porque, pienso yo -se decía- el solo pasear, sin más ni más, no vale… Porque, vamos a ver, ¿alguno ha tenido en cuenta el efecto malsano que puede tener el cabreo que produce, en el caminante, como yo, la cara insultante de las mansiones citadas, exhibiendo, obscenas, su riqueza?…"
No. No lo han tenido en cuenta.
-"Son científicos de andar por casa, de tres al cuarto, de pacotilla, ¡oh!... me callo porque sino… la lío".
-"Pero… -y se paraba- no, no, yo lo voy a decir… Voy a decir lo que hago frente a esas putas casas: aprieto los puños, arrugo el ceño y sigo adelante, ya de mala leche todo el camino. Y porque no me queda otro remedio... Aunque bien quisiera asaltarlas, nacionalizarlas, municipalizarlas, comunizarlas… Pero sigo el paseo como un gilipollas... Y eso que estoy convencido de que estaría mejor junto a una piscina echado a la bartola. O zambulléndome en el agua sin que nadie pudiera atisbar ni un pelo, de mi poblada piel de mono hecho hombre. ¡Ah, qué gozo, qué placer sería tirarme en la yerba todo lo largo que soy… ser acariciado por el aire y por el suave y húmedo césped…!".
Como esa que veía ahí arriba. Y que la había atisbado nada más emprender el camino calle arriba. En esa especie de rascacielos verde. Enorme. Altísimo. Exhibiendo su veraneo en la cúspide. En la cima. En lo más alto. Y en medio de la finca. De esa mansión...
-"Para envidia de los que vamos a ras de suelo, como gusanos" -pensó.
La miró fijamente: allí estaba con su colorido binario: como una gran dama: de blanco y negro: en actitud lánguida: desmayada: desmadejada: suelta: toda tumbada, como a él le hubiera gustado hallarse, en lugar de pasear respirando el humo, la mierda que despiden, por los tubos de escape... a veces, casi a chorros negros y otras, en suaves humaredas de un gris blanquecino, esos automóviles que pasan continuamente.
Respirando muerte lenta, pero muerte.
Y además, para mas inri, nos contemplan, desde los ventanales de sus palacetes, (porque algunos lo eran), ricachones que, a esas horas, levantan los culos de sus camas o poltronas. O incluso permanecen en ellas riéndose de los que, como él, observan con envidia, con ansia, no sólo porque quisieran poseer la casa, sino poseer y yacer con su matrona y, si fuera posible, en el propio tálamo.
-"Pero no tenemos otra alternativa -se dice para si- que seguir zambulléndonos en el aire viciado, ya que no podemos hacerlo en la propia piscina, por el humo de los coches. Muchos conducidos por hijos, sobrinos o nietos de esos mismos gandules que, sin haber dado un palo al agua, tienen todo el agua que quieren, piscinas enteras… ¡hostias!"
Se paró en mitad de la cuesta. Miró hacia atrás. La volvió a ver. En el abeto alto como un rascacielos. El negro de su vestimenta se disimula un poco con el verde oscuro del rascacielos, pero el blanco, ¡ah el blanco!, cae, alargándose, hacia un lado. Como si quisiera escurrirse. Una demostración palpable…
-"¡Alto ahí!... -exclama para sus adentros- Más que palpable, que más quisiera yo, visible... de cómo se deja acariciar por el viento de la altura. De esa altura donde goza del verano, sin importarle lo más mínimo lo que puedan murmurar, -para murmurar ya lo hace ella-, los mirones: como yo, que la contemplo alelado."
Su equilibrio sobre el abismo da hasta miedo; y envidia y rencor... por no poder estar donde ella se encuentra: en posesión del dominio placentero de los sentidos; así, en plural...
No se puede aguantar más. Siente la irresistible atracción de ella. Coge los prismáticos. Como un viejo verde. Como un voyerista. Es un placer que se puede permitir. Este sí. Un instrumento, además, que le hace volar de nido en nido, de ventana en ventana... Ahora lo ve todo perfectamente. No es lo que pensaba. Ni por asomo.
¡Pobre! La cigüeña está muerta en lo que parece un abeto centenario. Altísimo. Como rascacielos. Su cuello y su pico caen de un lado, nido abajo. Eso es lo que semejaba una postura desmayada, desmadejada, tumbada…
-"Los del chalé, por lo que se ve, se han cansado de oír el machaqueo del ajo de la cigüeña. Y, como está en su finca, la mataron. ¡Malditos! ¡Ricos tendrían que ser para ser buenos! Una república les bajaría..."
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José Mª Amigo Zamorano: Urbano Blanco Cea y sus amores
LUNES, 10 DE DICIEMBRE DE 2007
José Mª Amigo Zamorano: 'Sobre los amores de Urbano Blanco Cea'
En escrito anterior nos atrevimos a calificar a Urbano Blanco Cea, que acaba de publicar el poemario titulado 'El Alijar jara en flor', como emigrante en Madrid donde trabaja, por lo que trasluce la lectura de su libro.
Ya el sólo título nos orienta para adentrarnos en los recovecos de su almario, compuesto de recuerdos de la tierra que le viera nacer: su pueblo. Y más que las gentes, la naturaleza y sus pobladores: flores, árboles, pájaros...
Eso ha llenado su ser y lo ha convertido en poesía con su olor a pino, a jara que, antaño, embriagaran a Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso (o eso supone el poeta Urbano) Para los que no estén al tanto de estos pormenores poéticos, sepan que los poetas Dámaso Alonso y sobre todo Vicente Aleixandre, se iniciaron a la poesía por estos lugares allá por el año 1917.
Una parte, un fragmento del libro de Urbano (porque toca temas muy diversos) está colmado de referencias a ese mundo que nos rodea (la naturaleza) que nos marca de niños y que luego, ya adultos, cuando nuestro espíritu se llena de otras imábenes, vamos arrumbándolo, e incluso nos distanciamos de él, sin darnos cuenta que somos naturaleza y sigue influyéndonos fundamentalmente, aunque parezca que está en segundo plano. .
Pero en esa niñez que hemos citado se va moldeando nuestra escultura poética: árboles nevados, vuelo de golondrinas y vencejos, besos de lluvia, piedras convertidas en oro por el sol... Es el tiempo en que el murmullo del agua al caminar por el cauce del riachuelo nos hace escucharlo con arrebatada pasión (o eso creemos cuando somos maduros) que no se nos va del todo. El poeta navero ama todo eso y lo dice en un poema de dos versos: "más que quienes nos suponen / somos lo que amamos".
Por supuesto, lo que ama no está en las calles de Madrid abarrotada de coches, de luces, de ruidos, de trajines, de humos... está al amanecer "cuando nacen los colores", cuando el alba toca con su varita de mágica luz y resucita todo ese mundo que recordábamos antes: escarchas, rocíos, trinos, pinos, jaras... Colores que Madrid no guarda. El poeta, en la urbe, se convierte en avecilla: "se me ha escapado un pájaro del nido de los anhelos olvidados". Y vuela al campo a recobrar esos anhelos. No es que Urbano lo escriba así. Es una licencia que nosotros nos tomamos.
Desde que nosotros saludamos su primer libro, el poeta ha madurado adquiriendo un estilo propio. Sin embargo, el poso machadiano sigue y, suponemos, seguirá siempre en su almario urbaniano, dado que sus amores hacia el campo castellano, hacia Las Navas, hacia su pueblo, lo une a la concepción de Castilla que Machado tenía y se refleja en uno de los poemas más largos dedicado a ella. Esa Castilla que se va muriendo abandonada por sus hijos y los que se quedan "dormitan al calor de la lumbre", recordando tiempos jóvenes, recordando la faz pedregosa, las espigas, la primavera que anuncian los amendros en flor...
Son, como dice el poeta "El beso de lluvia que cava / en el fondo de mi pozo seco".
Mas con toda esa muerte anunciada, presentida, o quizás por eso, el poeta que es Urbano Blanco Cea declara como una condición testamentaria: "Llevadme al campo cuando ya no vea / cuando esté cansado y no pueda andar".
Castilla, escribe en el poema que le dedica, "te amo con la misma mansedumbre", lo que nos hace recordar el poema ya mencionado: "Mas que quienes nos suponen / somos lo que amamos". Amén.
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José Mª Amigo Zamorano: Por desgracia... se le olvidó
JUEVES, 4 DE MARZO DE 2010
José Mª Amigo Zamorano: El cepillo de dientes
1. El Atadijo
Era la primera vez que tomaba posesión de una escuela, después de haber aprobado las oposiciones brillantemente.
A pesar de haber preparado, concienzudamente, la maleta, se le había olvidado el cepillo de dientes. Había mirado y remirado entre las prendas que se apilaban encima de la cama; había hurgado en los bolsillos; y nada, no aparecía el cepillo.
Y este hecho, aparentemente anodino, le había producido un malestar del que no podía liberarse fácilmente a pesar de los esfuerzos que hacía; no era por el cepillo en si, que también, sino porque no encontraba explicación a su descuido.
Recordaba haber cogido el lápiz y escrito, uno por uno, todos los utensilios que necesitaba para vivir en ese pueblo; recordaba igualmente el cuaderno; lo recordaba porque había dudado entre comprarse uno nuevo o hacerlo en el que, desde que estudiara el bachillerato, siendo una joven pipiola, había destinado para volcar sus inquietudes; y que finalmente se decidió por esa especie de diario que guardaba, celosamente, y que, de vez en cuando, palpaba y hojeaba con cariño. Y es que allí recogió los sentimientos que le embargaron al morir su padre; y que mas natural sería que guardara recuerdos también de este acontecimiento -como los guardó de aquel- que, con el paso tiempo, iba a ser decisivo en su vida -qué duda cabe- hasta el momento en que, el Misericordioso Alá, la llamara a su seno como lo había hecho con su padre, que en gloria esté.
2. La Cuerda
¡Ah, su padre!: su muerte fue un golpe duro, terrible, para ella; cómo decirlo, como una losa gigantesca que se le vino encima; de repente se dio cuenta lo inerme que estaba ante la vida; esa vida que había pasado dulcemente, sin las mordidas que da a los más humildes, esos que ella había llamado pobres, con una mezcla de conmiseración y de desprecio...; y de repente ¡zas! comprende que ella se encontraba entre esa misma franja de la sociedad que tiene que ganarse el pan atada a un trabajo, a un sueldo, como el resto de pobres de la tierra.
Se rompió el paracaídas que era su padre y se encontró al raso. Debía de cuidar de ella misma de lo contrario nadie la iba a cuidar. Y el olvido del cepillo no era un buen augurio.
Su padre, militar de profesión, no era una persona rica; de manera que al morir, la paga que le quedó a su madre viuda, no llegaba, o llegaba a duras penas, para pasar el mes, por lo que, a ella, su madre, la envió con la abuela...; además su padre había sido un pilar básico para todos ellos; más que un pilar, todo un paracaídas como ya se ha dicho, que les protegía de cualquier adversidad; es mas, si algún contratiempo se abatía sobre la familia, no llegaba a ninguno de los hijos; o cuando se enteraban, si se enteraban, la tormenta ya había pasado.
Verdaderamente fue todo un sólido paracaídas.
Eso de paracaídas era una palabra que siempre utilizaba su padre que había servido en el arma de aviación; bien es verdad que en servicios auxiliares y jamás había subido a un avión y menos, claro está, se había lanzado en paracaídas; pero le parecía muy apropiado usar esa palabra para hacer ciertas comparaciones y, a decir verdad, que en este caso le venía como anillo al dedo; su padre fue, para ellos, un pilar y un paracaídas y su muerte se dejó notar en la casa que, a partir de entonces, ya no fue la misma.
Y no fue porque la madre, débil de carácter, no supo seguir con la disciplina que el padre había implantado, quizá como un reflejo de la milicia; los hermanos se rebelaban a menudo; y la madre no sabía, no podía o no quería enfrentarse a ellos y los dejaba a su libre albedrío; mas de una vez, ella, había tenido que llamarles la atención; a pesar de no convivir con sus hermanos, sino, como ya se ha dicho, en casa de la abuela, le sublevaban la indisciplina y falta de respeto a su madre.
--¡Si padre viviera!, exclamaba.
Tenía verdadera fijación por el difunto padre; ya en vida la había tenido igualmente; y todos los valores del progenitor se habían vuelto a reencarnar en ella.
Por eso, el olvido del cepillo de dientes, le había afectado tanto; a su modo de ver era un ultraje a la memoria de su padre que, acostumbrado al trabajo de los servicios auxiliares, le había inculcado la meticulosidad en todas sus tareas, la labor bien hecha y sin un fallo, según él la entendía; el secreto está en la organización rutinaria, solía decir; y se enfadaba si ella dejaba algo a la improvisación.
Por ello había organizado su marcha, casi militarmente; entendida la milicia igual que su padre; de manera que ese fallo absurdo le había desequilibrado; sabía que había otras cosas de mayor entidad que el cepillo de dientes; pero, sin ser vital, resultaba imprescindible para prevenir un montón de enfermedades que comenzaban en la boca; su padre, sin duda, habría censurado su imprevisión; imprevisión no era la palabra exacta, ya que figuraba en la lista del cuaderno, como se ha apuntado, sino atolondramiento; se había dejado llevar por la emoción de ser libre por primera vez; por la emoción de ganar su primer sueldo.
Decididamente, no se lo iba a perdonar mientras viviera.
3. El Ahorcamiento
Miró un momento la habitación, por ver si en algún rincón de la misma lo había dejado abandonado; la señora de la casa, donde había encontrado alojamiento, mirando al esposo, se había apresurado a ofrecerle el cepillo de su hijo.
--"No se preocupe, señorita, cuando venga mi hijo del campo le dejará el suyo".
No supo contestarle con una negativa rotunda; es mas, no supo qué contestarle; y para ella, tan generoso ofrecimiento, era una amenaza de muerte.
Amenaza que se haría realidad en cuanto viniera el hijo de arar con las mulas, ¡El Altísimo lo remedie!; lo terrible es que no tendría escapatoria, ni paracaídas con que cubrirse, ¡Oh, Jehová, el de Suprema Bondad!, puesto que el lavabo común, no había otro, estaba en la cocina; una cocina amplia que tenía, en su frente, un hogar con chimenea y, a ambos lados, dos escaños; uno de ellos servía para poner las comidas del día; ahora no recordaba si a la derecha o a la izquierda estaba el fregadero; pero, al lado, había un lavabo con palancana o jofaina; allí tendría que lavarse los dientes, ¡El Señor del Universo no lo quiera!, a la vista de toda la familia, con el cepillo del hijo; solo de pensarlo le daban mareos; el techo se le vino encima y se tuvo que agarrar al respaldo de la silla, ¡Dios le perdone sus pecados!...
Había cenado sin ganas, siempre pensando en el cepillo de dientes del hijo de la señora; su corazón le había latido con bastantes pulsaciones; el hijo, para más inri, era tonto perdido; tenía la boca oscura cual noche de lobos, y dientes igualmente oscuros, amarillentos y carcomidos, como madera podrida; se lo había presentado el marido de la señora, poco antes de la cena.
--"Si, si, maestra, maestra", "buena, buena", -le había dicho él, pasándole su enorme manaza por la espalda.
Un estremecimiento de asco le corrió de arriba a abajo; estremecimiento del que ya se estaba recuperando al comprobar, como comprobaba, el paso del tiempo hablando de mil cosas insulsas y vanales, sin que recordaran u ofreciesen el dichoso cepillo de dientes. ¡Alabado sea Yavé!.
Se levantó para irse a la cama.
Estaba muy cansada del viaje y las emociones. No aguantaba mas.
--"Hasta mañana, si dios quiere; y que ustedes descansen", dijo despidiendo a los dos comensales.
--"Buenas noches, señora", añadió a la que estaba fregando.
La aludida se limpió las manos con la rodilla. Se dio la vuelta y, con la sonrisa en los labios, pronunció obsequiosamente:
--Tome, señorita.
Y le alargó el cepillo de dientes de su hijo.
La maestra de escuela, desbocado el corazón por mil latidos, emitió un sonido gutural, puso amarillenta su cara, cayendo al suelo, fulminada, todo lo larga que era.
El tonto, asustado por los gritos de su madre, con lagrimones en los ojos, repetía:
--"Maestra buena, buena".
Y se la quedó mirando con su oscura, podrida y desvencijada boca.
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